Jugando a las cartas a la fresca


Decía un paisano lenguaraz que, cuando muriese, prefería ir al infierno, porque en el cielo no había nada más que viejas jugando al julepe a peseta.

Esa es la imagen con la que crecimos de señoras mayores jugando a las cartas en corro.

Si bien en la anterior entrada decía que los corrillos en las entradas o salidas de los pueblos estaban formados, generalmente, por hombres. En éstos de los que hablo hoy es la mujer la protagonista.

Recuerdo, en invierno, el olor del brasero debajo de la mesa camilla mientras un grupo de señoras de pelo cano, alguna vestida de negro y moño jugaban a las cartas, convirtiéndose el juego en excusa, muchas veces en silencio, otras, con conversaciones de lo más variopintas y en muchas de esas partidas la risa producida por ocurrencias y anécdotas divertidas, y por alguna copilla de anís. No hay risa más sonora que la risotada múltiple de un corrillo con mujeres que han perdido la vergüenza y cuya carcajadas terminan en chillos de divertimento acompañado de lágrimas y golpes en las rodillas exagerando los aspavientos.

Esos corros eran especialmente populares y multitudinarios en verano cuando se buscaba la fresca en la calle a falta de aire acondicionado y conversación con los vecinos en vez de concursos de televisión veraniegos. Cualquier banqueta, caja o silla era bienvenida. Nosotros, con la libertad de un niño en un pueblo en verano, sorteábamos estos grupos mientras nos perseguíamos con las desvencijadas bicicletas por estrechas calles jugando a Tres Navíos en el Mar. 

Cuando llegaba a casa agotado, solía asomarme a escuchar a estas mujeres que,  hacía tiempo,  habían guardado las cartas y charlaban alegremente. De vez en cuando, se les paraba un hombre a saludar y ellas le replicaban socarronas, volviendo a aullar de risa y dando palmas. A ver quién le tosía a estas matriarcas.

Cuando por fin levantaban la timba, cada una se iba para casa con esas pesetas ganadas al julepe, la brisca o el cinquillo para la próxima ocasión y el silencio volvía a reinar en las calles que se habían convertido, por unas horas, en una suerte de casino al aire libre. 

Los corrillos de sabios

Reza una ley no escrita, que un núcleo rural, por minúsculo que sea, siempre que no mengüe hasta el tamaño de una aldea, para ser llamados pueblo ha de poseer entre sus características ayuntamiento, iglesia y/o ermita, abrevadero, plaza y corrillo de viejos. De toda la lista anterior, el último punto es condición sine qua non.

Vaya por delante que mi abuelo forma parte de  uno de ellos, así que mis palabras nos son ofensivas sino de inmenso cariño.

Estos corrillos tienen a bien situarse en la entrada de la población. Si ésta tuviera dos entradas, como es el caso de mi pueblo, habrá dos grupos vigilando el tránsito de cuantos vehículos y viandantes. Así aumentaría el número de corrillos aritméticamente según los accesos que existan.

El número de integrantes de los mismos varía dependiendo de los habitantes que cruzan el umbral octogenario, sin contar con las bajas que se producen puntualmente por enfermedades comunes. Pero generalmente es un grupo entre 3 y 6 individuos que son los culos que caben en un banco o en la invadida parada de autobús, haciendo despistarse al más espabilado de los chóferes. El género de los mismos suele ser masculino, en una sociedad en la que parece que el hombre ha de tener descanso al cumplir cierta edad mientras que las mujeres evitan esa vida contemplativa, lanzándose a la caminata vespertina.

Aunque el nombre de corrillo invita a pensar en una formación circular, la posición del grupo es lineal, siempre mirando al frente, hieráticos. Siempre. Cuando hablan miran al frente. Cuando discuten miran al frente. Cuando saludan, esperan a saludar a que el conocido pase por delante, haciéndose los despistados. Es como si en ese preciso momento y lugar no pudieran mover el cuello nada más que para asentir inclinando la cabeza hacia su interlocutor o disentir inclinándola hacia el lado contrario.

Armados con un inseparable bastón, y protegiéndose del tiempo con viseras, sombreros y gorros dependiendo de la época del año, son cronistas de de hechos que, obviamente, sólo ellos pueden contar de primera mano. Puedes acudir a ellos si quieres información histórica, nombres de términos del pueblo, localización de fincas, anécdotas infinitas, recopilación de proverbios, algunos de los cuales disparan sin cesar en sus conversaciones. Éstas también versan de política. Todos tienen la  misma solución: “mandar a los dirigentes a sacar cantos a una finca que tienen y ya veríamos qué rápido espabilaban”. Y por supuesto del tiempo. Cometan lo que han oído en el parte. Expertos en prever un cambio de climatología  “por los huesos, hijo”. Y porque cuando van a lanzar su pronóstico, miran al cielo. Nosotros agachamos la cabeza para mirar la aplicación de móvil que nos dirá a qué hora empezará a llover. Por último, zanjan cualquier duda sobre el cambio climático con un ” pues si es la primavera más calurosa de los últimos 50 años, hace 50 hizo igual de calor, no?”.

El otro día pasaba cerca del corrillo al que es asiduo mi abuelo, con las niñas, y al saludarle, levantaron la mirada bajo su visera los cuatro integrantes, como si de una película del oeste se tratara, para luego decirle a los amigos con un orgullo de superviviente que ha llegado a coexistir con cuatro generaciones de la misma familia:

– El nieto y las bisnietas. – Informó.

– ¿ Cómo?- le preguntó el compañero alzando la voz, pero sin mover la cabeza en una posición muy marcial.

– Las bisnietas.- Repitió en un tono aún más alto que el compañero- Me parece a mí que estás perdiendo el oído.

Y se quedó tan ancho. ¡Como si él estuviera para dirigir al Orfeón Donostiarra! 

Entre vinos y risas

Un tópico entre las bodegas hoy en día es el de ” cambiarlo todo para que todo permanezca”. Una bodega amiga, más que cambiarlo, le ha dado la vuelta. Una vuelta de tuerca al producto, al vino, haciéndolo amable, joven, fresco, animando a los jóvenes a probarlo; otra más al marketing: moderno, directo, divertido; y otra vuelta a la creatividad buscando distintas experiencias, a cual más extraordinaria, rarezas que explican sus creadores con entusiasmo. Parece como si lo único que permaneciera fuera la huella y el nombre del fundador que se pasea de vez en cuando, contando alguna historia, orgulloso de la labor que las nuevas generaciones hacen de un producto de siempre.
Precisamente esa huella,  es lo que permanece. La esencia de la tierra, del esfuerzo, del trabajo. Un trabajo serio que trasmiten de una manera divertida.
Una mesa entre amigos, una botella abierta y risas, muchas risas.
Seguid sacándonos una sonrisa. Seguid haciendo esos vinos. Seguid dejando huella.

La esencia del Baztan

Hacía años que no volvía por aquella zona a pesar de tenerla tan cerca. La idea era un fin de semana por el Baztan. 

He de reconocer que el origen del viaje fue la tan manida Trilogía de Dolores Redondo. Más que las novelas con las que disfruté, fue con la película. Más que con la película en sí, fue con el ambiente brumoso y húmedo de la zona.

Sin embargo, muy a mi pesar, y para alegría de mi compañera de aventura, lució un sol espléndido que nos dejó contemplar la belleza de un valle especialmente verde en esta época.

Comenzamos nuestra ruta en el alto del valle del Bidasoa. Pueblos como Etxalar, sumamente cuidados, nos encantaron, con su arquitectura tradicional. Tras dejar el pueblo nos dirigimos a Zugarramurdi por una carretera que se adentraba por unos kilómetros en Francia. Al pasar a aquella zona, el estilo de las casas cambia con los inconfundibles caseríos con maderas rojas, propias del País Vasco francés.  Sare, Ainhoa, al igual que otros pueblos más cercanos al mar como San Juan de Luz, tienen el mismo estilo. Todo muy francés, oiga. Acabábamos de escuchar euskera y ahora hablaban en francés a tan poca distancia.

Por fin llegamos al pueblo de las brujas, cambiando de nuevo de estilo hacia el estilo tradicional. Muchas de ellas datan del siglo XVII. Muchas de ellas lucen el distintivo de Casa Rural. 

Después de la obligada visita a la cueva y el paseo por aquel precioso pueblo, bajamos a comer a Urdax, parada en Amaiur y fin del trayecto en Elizondo, puerta del Baztan, y escenario de novelas y película con la que comenzamos el viaje y que habíamos olvidado.

Mientras pusimos la guinda al día con uno de los mejores chocolates que hemos probado. Y mientras lo saboreábamos, acompañado de un txantxigorri, para mimetizarnos con el ambiente, debajo de un póster de la película El Guardián Invisible, me dió por pensar en brujas y valles, en casonas y montañas.

Y es que la gente de esta zona ha sabido conservar la esencia de sus pueblos gracias a la dificultad, que, tiempo atrás, existía para comunicar estos valles. Los pastos y la ganadería, como principal medio de vida. Aislados. Creando su propio folklore. Sus propias tradiciones. Una mitología rica unida a la Tierra, Ama Lur.  Hoy en día, ya comunicados, siguen conservando esa esencia y explotándola. El turismo rural ha arraigado, en pueblos especiales, con encanto, les llamamos. Con excursiones guiadas.  Pero lo que de verdad nos gusta es descubrir que el encanto reside en preservar ese amor a la Tierra, en mantener aquellas casonas con el espíritu de aquellas brujas, para llevarnos una parte de vuelta a casa. A nuestras pisos sin ese alma y alejados del suelo.

El libro

“En  cuestiones de cultura y de saber, sólo se pierde lo que se guarda; sólo se gana lo que se da”

Antonio Machado

 

Hacía tiempo que no subían al altillo de aquella vieja casa. Abrieron la puerta desvencijada y el olor a polvo,  a humo de chimenea y a recuerdos encerrados se coló por aquella escalera empinada. La única bombilla alumbraba la estancia a duras penas y daba vida  los bultos inertes a base de sombras. Les acompañaba la abuela que insistió en subir, pese al esfuerzo porque, según decía, la vida se le escapaba a cada suspiro, y quería echar un vistazo a lo que había sido la suya. Y como si quisiera retenerla, acariciaba cada objeto con las yemas de los dedos temblorosos.

Allí estaban las viejas vasijas que acabarían inexorablemente como parte de la decoración de alguna casa de campo. La radio antigua, de válvulas, que amenizó, a base de imaginación, las largas noches de su juventud. Unos butacones tapados con sábanas rasgadas a los que se les prometió un uso en el futuro. Se paró ante unos cuadros con el lienzo roto. Uno de ellos representaba la imagen de una Inmaculada descolorida. Llegaron al fondo, había que agacharse para poder pasar, donde se escondía un baúl de madera con algunas lamas rotas y  la sombra de lo que fue una cerradura. Al abrirlo encontraron fotos antiguas, alguna escritura más antigua aún de terrenos que hacía tiempo que la familia no cultivaba. La abuela sacó del fondo una bulto envuelto en trapos y anudado con un lazo. Se los llevó al pecho como si quisiera abrazarlos, suspiró y se dejó caer en uno de los tresillos. Abrió el fardo descubriendo un par de libros. El primero lo desechó sin apenas mirarlo. Era un formato relativamente reciente de Campos de Castilla y debajo apareció un tomo de Soledades, Galerías y Otros Poemas. ajado y amarillento. Una de las primeras ediciones Lo abrió y pasó las páginas lentamente y una lágrima afloro de esos ojos que habían visto casi un siglo y que jamás su familia vio llorar. Ya he llorado bastante, decía.

– ¿Qué pasa madre?- Preguntó preocupada su hija.

– Este libro…- Intentó arrancar a hablar. Pero la emoción le pudo.

– ¿Qué pasa con este libro?- Preguntó inquieto el nieto- ¿Es de un escritor importante?

Su abuela, conmovida por la ignorancia de una generación que había desterrado a la poesía a una estantería entre los libros de espiritualidad y viajes en cualquier librería, volvió a suspirar, esta vez con resignación.

– Hijo, este libro mató a mi padre, a tu bisabuelo.

– Madre- Le inquirió su hija.- No diga tonterías. Al abuelo lo mataron en la Guerra.

– En la Guerra sí. Pero no en combate.- Ante la mirada atenta de su hija y nieto, carraspeó y tomó aire con fuerza para viajar de nuevo a su infancia.

” El abuelo Fermín, como casi todo el mundo en el pueblo por aquellos años, se dedicaba a sobrevivir. Y gracias. Tenía un par de viñas pequeñas y un corrito de huerta. Solían ganarse el jornal trabajando para gente con dinero. Con hacienda. Cosechaban, podaban, labraban, antes de que las máquinas aparecieran.

                En los días del levantamiento, le llamaron para cavar una finca. Estuvo tres días trabajando de sol a sol. Pero cuando fue a cobrar aquel señor, ya viejo, casi desahuciado no tenía con qué pagarle. Don sin din, campana sin badajo, decía padre por tantos que, pese a tener apellido, habían perdido su fortuna. Como pago le dio un cuadro, ahí detrás lo tenéis- dijo señalando con el pulgar- y un par de libros de poesía. Para tus hijas, le dijo. El abuelo aceptó el pago, pese a que no sabía leer, esperando que las letras forjaran un futuro sin polvo ni cayos en las manos.

                Los hijos de aquel hombre, que terminaron en Madrid después de la guerra, maldita sea su estampa, cuando se enteraron del pago, acusaron al abuelo de robar el cuadro y los libros. Quizás por alguna riña antigua. Quizás por lindes ,vete a saber.  Éste avisado por unos parientes, los escondió en una alacena donde guardaban un par de sacos de harina para poder amasar sin dar explicaciones. Yo, que de siempre había tenido afición a la lectura, no pude reprimir la curiosidad de sacar uno de los libros, Campos de Castilla,  y pasaba las noches leyendo con una lámpara de aceite las desventuras de Alvargonzález.

                Una noche aparecieron en casa unos guardia civiles acompañados de uno de los hijos de aquel hombre. ¡En qué momento fue a cavar aquella maldita finca! Registraron la casa y encontraron el libro. Mi libro. No encontraron nada más.

– Venga con nosotros, Fidel.- Le dijeron los que le conocían.

– Espere que a que me ponga los zapatos.

– Allá donde va no necesita zapatos.- Le dijo un forastero socarrón. Y los demás bajaron la mirada.

                Padre nos miró con candidez, como despidiéndose, y, ante mis gritos de desesperación, me sonrió y me acarició la cara tratando de disimular el temblor  de su mano. Olía a miedo. Pero no dijo nada. Nos besó las manos, esas manos que como siempre dijo prefería que portaran libros que no haces de trigo. Y se lo llevaron En esos años, igual daba de qué color fueses, la envidia y el rencor se las guardaban hasta que tuviesen la oportunidad de dar el paseo a cualquier desgraciado, de noche, como cobardes.

                Y me quedé sin padre y con un libro llamado Soledades. Madre nos hizo prometer guardarlo y hacer caso a padre en llenar mi vida de libros.

                Así terminé siendo maestra y las letras cubrieron el vacío que aquellos malnacidos me dejaron. Con el tiempo encontré otra edición de aquel Campos de Castilla y lo empaqué como si tuviese miedo a que una noche volvieran a buscarlos. Que no vuelva otra guerra, hijos, que no vuelva…”

Al levantar la mirada encontró los ojos llenos de lágrimas de su hija y su nieto. Y fue ella quien las sonrió, como lo hizo su padre hacía ya ochenta años. Sabiendo que no todo estaba perdido.

De chozos y chozas

Puntualmente tengo que desplazarme por motivos laborales. Siempre sigo el mismo itinerario. Buena parte del trayecto transcurre por una carretera entre viñas. Veo como el paisaje cambia mes a mes. Peladas durante el invierno, verdeando en esta época, exhuberante en poco tiempo y con un rojizo espectacular en otoño. Todo cambia.

Sin embargo, hay algo que permanece inmutable, y es un chozo junto a una viña cercana a la carretera. Un chozo o guardaviñas es una edificación de piedra, generalmente con forma circular cuya techumbre tiene forma de falsa cúpula. Eran utilizados por la gente que trabajaba las viñas o pastores cuando les sorprendía algún temporal.

Junto a ese guardaviñas siempre suele estar aparcado un todoterreno. Ese coche lleno de barro por su uso, demuestra el desuso en el que la edificación de al lado ha caído. Hoy en día podemos volver a casa si cualquier inclemencia se nos presenta. Hace tiempo, cuando se pasaba todo el día en el campo sí que era refugio ante la lluvia o resguardo a la sombra para echar un bocado antes de continuar la tarea.

Hoy en día el muchas de estas chozas con otros formatos yacen semiderruidas pasto de la naturaleza donde quien busca refugio son los temporeros que en época de vendimia no tienen otro lugar donde cobijarse.

Sigo mi camino recordando las veces que habíamos usado estas chozas cuando, al cabo de un rato, ya en tierras alavesas, paso cerca de un caserío que siempre me roba una mirada, situado en un entorno verdísimo con un puñado de ovejas pastando y un inmenso pinar al fondo. Siempre me ha parecido envuelto en un halo de decrepitud y me he preguntado si estaría habitado y a qué se dedicarían sus moradores en el caso de que los tuviera. Quizás a elaborar queso de leche de las ovejas cercanas. 

Pero hoy luce distinto. Una pila de tejas se acumula en un lateral, hay alguien trabajando en las ventanas y una hormigonera da vueltas junto a la puerta.

Parece, me digo a mi mismo, que todavía hay esperanza.

De visita en el pajar

Cruzar la puerta de antiguos pajares, casas de labranza o cocheras en cualquier pueblo puede ser un deleite si se hace con una mirada cariñosa al pasado. En muchos casos, la propia fachada del cobertizo se sostiene a duras penas y,  si el observador tiene la sensibilidad suficiente,  puede encontrar una especie de belleza en ruinas que le atrapa. Si la puerta del edificio sigue la misma línea de decrepitud, el conjunto da para varias fotos.

Una vez dentro, antiguas herramientas se amontonan en rincones polvorientos a la espera de que una nueva operación de limpieza acabe con ellas de manera definitiva. Guadañas, picas, horcas y horquillos, hoces y cribas todas herrumbrosas custodiadas por arados y vertederas que se usaban con animales de tiro. Colgados encima de éstos, las cabezadas con mil remiendos testigos mudos de otra época, algunos en mejor estado por el sebo aplicado con pericia por los que antes los usaban y ahora los observan con añoranza.

Algunos con suerte, acabarán decorando las paredes de algún merendero rústico, muy rústico aunque el edificio donde esté situado sea moderno, muy moderno. Porque nos encanta asomarnos al pasado de vez en cuando. A veces dejamos esa ventana abierta y otras las cerramos con pestillo.

Todos estos aperos y herramientas almacenados en aquel cobertizo del que hablaba al principio, han de dejar sitio, procurando no estorbar, a las nuevas maquinarias: tractores y abonadoras, carros de tratamiento y cosechadoras, técnicas de plantación por láser y vendimiadora son las que ahora tienen el protagonismo y una solitaria azadilla, es el último vestigio de una tarea manual que se niega a desaparecer. 

Cuando observo esa imagen me viene a la cabeza un relato que leí hace tiempo y que me recuerda que la irrupción de estas tecnologías en nuestra vida la hace más fácil y nos ahorra tiempo, pero tenemos que llenar ese vacío con más trabajo y menos ocio: ‘Un grupo de misioneros se adentró en un lugar perdido de la amazonía brasileña y se topó con un grupo de indios que se dedicaba fundamentalmente a cortar leña con instrumentos primitivos. Los misioneros decidieron hacer un esfuerzo y obsequiaron a los indios con unos cuchillos de acero. Un par de años más tarde regresaron de nuevo a esa región, se encontraron con los indios y uno de los misioneros preguntó- “¿Y los cuchillos qué tal?”- El indio respondió-“Bien, ahora tardamos la mitad en cortar la leña”. – Inmediatamente terció el misionero- “¿Entonces produciréis el doble de leña?”- El indio respondió perplejo-“No, señor. Seguimos produciendo la misma cantidad que antes, que es la que necesitamos, sólo que ahora disponemos del doble de tiempo libre”. 

Hace tiempo que dejamos de tener el sentido común de esos indios. Justo cuando empezamos a fabricar mesas con los trillos de los abuelos.

La Venta del Agua

Atardecía cuando llegó a los Llanos, arreó a la yegua pues quería llegar a la venta antes de que anocheciese. Restos de nieve hacían presagiar que la noche sería fría. El ruido de los cascos en el barro se perdía en el susurro de las ramas de aquel robledal infinito moteado de hayas. Había recorrido en una jornada varias leguas para poder llegar a tiempo esa misma noche. Atrás había dejado a su hermana en Soto, a pesar de su insistencia en esperarla para subir al día siguiente con su marido. Bien casada con el hijo de un tintorero con taller propio en la entrada a una sierra camerana. Talleres para cardar la lana, para teñirla o tejerla proliferaban por el camino hasta los pastos en las zonas altas de la sierra, donde el ganado moraba con sus cuidadores durante el estío, buscando tierras las cálidas castellanas en época invernal.

Lejos había quedado una dura infancia trabajando en la venta que sus padres regentaban en el alto de aquella serranía en el paso de un valle al otro con parada de posta. Algo más cercanos el viaje a ultramar con doce años buscando un futuro más colorido con un hermano de su madre despensero de un buque mercantil. Reciente, volver a partir, esta vez como pasajero, en otro barco muy distinto al que llegó a una tierra hostil, como la que estaba acostumbrado, y quizás por eso terminó haciéndose un hueco a empujones en el negocio del algodón.

Llegó a la Venta del Agua con la noche bien entrada iluminando el camino una tímida luna oculta entre nubes de gasa negra. Un escalofrío le recorrió la espalda al ver la fachada con la tenue luz que salía de la casa. Llamó con fuerza mientras descargaba una alforja. Tardó en abrir un anciano con barba prominente y mirada huidiza.

          Buenas noches nos de dios.- Saludo el indiano esperando la reacción del padre.

          Frías noches para rondar por estos lares… solo.- Contestó con hosquedad sin reconocer al hombre que tenía ante sí.

          Busco una cama caliente para pasar la noche y continuar mañana camino.- Continuó con la farsa.

          Pase, pase, caliente no sé si estará pero tenemos varios cuartos vacíos. Llevaré la montura a la cuadra.

De buena gana pasó, buscando el calor de la lumbre que resplandecía la fondo. Recorrió la estancia con la mirada de aquel niño que corría perseguido por su hermana por aquella estancia. De pronto se encontró con una señora mayor, delgada y seca como la mojama con una cara arrugada y una miranda tan severa como la de su marido escondida en una sonrisa fingida.

          Buenas noches, ¿pasará la noche en esta Venta?

          Así es. No está la noche como para continuar mi viaje.- Se contuvo para no ir a abrazar aquella mujer otrora jovial y feliz, ahora prácticamente irreconocible.

          ¿Querrá echar un bocado? – Y, sin esperar respuesta, colocó un pedazo de paz rancio, un pedazo de queso de cabra y una jarra de vino, denso, algo avinagrado.

Se sentó y empezó a dar cuenta de la frugal cena mientras la ventera fue a buscar a su marido que, un momento antes le había llamado. Mientras refrescaba la garganta con aquel brebaje oscuro la pareja había rebuscado en la alforja que había dejado en la montura algún objeto valioso. Sólo encontraron pliegos de papel donde aparecían firmas y parecían importantes, pero no pudieron leerlo pues no sabían.

Entraron juntos y encontraron al visitante acabando la cena. Se levantó y sacó la bolsa de la alforja. Fue a pagar mostrando la bolsa que traía repleta de reales como presentación de su verdadera identidad de indiano con fortuna que volvía a casa, pero se encontró la mirada avara de su madre y la navaja cabritera de su padre insertada en sus costillas. No pudo pronunciar palabra pues una nueva estocada, esta vez en el pecho, silenció para siempre la voz del hijo que yacía a sus pies. Antes de que el vacío llegara a los ojos de aquel hombre, la señora quiso ver algo familiar en aquella mirada, pero su vista rápido se volvió a posar en la bolsa y una suerte de sonrisa se quiso formar en aquel rostro quemado por el sol.

Al amanecer se deshicieron del cadáver en un barranco que daba a un bosque cerrado donde, seguramente, las alimañas rápidamente harían desaparecer el rastro y el equipaje que no les pareció útil o valioso lo quemaron en la chimenea ennegrecida por el uso.

Todavía intentaban limpiar la sangre del suelo cuan. ¿Cuando llegó la hija llegó desde Soto con su marido? Salieron a su encuentro. Después de los abrazos y las caricias, les preguntó por un forastero que, seguramente, hubiera llegado la noche anterior. Ansiosa por desvelar el final de la historia, les describió al viajero, su yegua, las ropas y el sombrero que llevaba.

          ¿No lo habéis reconocido? – Les preguntó.

          No.- Contestaron al unísono y el temor sobrevino a sus rostros. ¿Quién era?

          ¿Era? ¿Ya se ha ido? Es mi hermano.

Un grito de madre rasgó el aire. Ambos asesinos se arrodillaron en el suelo con el rostro cubierto de lágrimas y le confesaron a su, ahora, única hija, su crimen.

Huyeron esa misma noche a lomos de la yegua de su hijo dejando una venta en llamas con la vergüenza y la culpa ardiendo como ardería siempre, mientras viviesen, el alma.

La hija de los venteros, volvió a teñir lana, olvidando para siempre sus apellidos y su origen. No volvió a ver la venta en la que se crió junto a su hermano asesinado por su propia sangre. Todavía hoy en día, en las faldas del Hoquín, unas ruinas invadidas por árboles y maleza, recuerdan la matanza de la Venta del Agua.