Madrugando para ir al puerto

Por las mañanas se levantaba temprano. Procuraba no despertarnos para darse su paseo matinal. Alguna vez lo oía cambiarse de ropa y me unía a su excursión. Eran sus vacaciones y elegía madrugar en vez de perderse el comienzo del día en la cama.

Siempre pasábamos unos días en zona de playa y siempre el paseo consistía en llegar al puerto, estuviese cerca o lejos.20160801_185357.jpg

Un día, en Galicia, pasando unas semanas en las Rías Baixas, lo acompañé hasta O´Grove, típico puerto pesquero gallego, con un impresionante mercado. No menos impresionantes eran los pescados y moluscos allí expuestos. Mi padre eligió, tras pasar por varios puestos idénticos, algún pescado que saborearíamos en la comida, y algún tipo de marisco que no llegué a identificar con mi escaso aprecio por ellos.

          ¿Y unos mejillones?- Pregunté.

          Ten paciencia.- Me contestó.

Al salir entendí a qué se refería. Fuimos a hablar con una señora mayor, vestida con ropas demasiado ajadas y pañuelo a la cabeza. Mi padre negoció, como si de una bazar se tratase, el precio de una red de mejillones, unas navajas y unas ostras por un precio que me pareció ridículamente barato.

Cuando volvíamos al coche, vimos varios barcos que se aproximaban, cargados con barcas llenas de pescado. Mi padre me dio una palmada en el hombro y me animó a acercarme al pesquero. Una vez amarrado en el muelle, mientras descargaban la mercancía que luego subastarían en la lonja, comenzó a entablar conversación con uno de los pescadores. Al parecer era su modus operandi para conseguir un precio barato.20160801_190814

Al poco volvíamos al coche con un pulpo que sería cocido nada más llegar, henchido por el orgullo de haber obtenido una ganga.

Este año traté de emularlo. Me levanté pronto, me di un paseo hasta un puerto gallego que no reconocí. No había ancianas tratando de sobrevivir gracias al poco género que vendían. Sólo llegó un barco, entablé conversación con uno de la tripulación y me instaron a que fuera a la lonja por la tarde, pero sólo se vendían lotes completos, al que supiese negociar con ellos o, al menos, entender el dialecto que utilizan, que más parece una apuesta de un partido de pelota, que una venta entre gente civilizada. Con las manos vacías y cabizbajo regresé a casa pasando por el mercado, que, a pesar de ser extraordinario, se me tornó pequeño y el pescado y marisco expuesto, a pesar de ordenado, fresco y colorido, no me animó a comprar nada más qué unas navajas, por no llegar a casa sin trofeo.

Me di cuenta dejando atrás la zona portuaria, que los puertos no han cambiado, siguen hablando el mismo dialecto y mantienen su preciosa estética, el duro trabajo de su gente y su aroma inconfundible. Somos los que paseamos por sus muelles los que somos distintos. Habrá que conformarse con pagar la turistada en una terraza con vistas al mar mientras tratamos de retener el aroma salado el máximo tiempo posible, porque dentro de poco se verá sustituido por la rutina laboral.IMG_20160802_220204.jpg

Preparando zurracapote para fiestas

Un par de semanas antes de las fiestas, las carretillas se apiñaban en la cooperativa portando garrafones con el que retirar el clarete que se servía sólo en esas fechas. No se veían coches. Sólo carretillas. Llevábamos los cupones que correspondían a una cántara de vino cada uno.

Cada uno tiene su propia receta. Cada uno sus recipientes y utensilios, y cada cuadrilla tenía una bodeguita, un merendero o un chamizo donde elaborarlo.

Los chamizos eran lonjas o bajeras donde, cada cuadrilla, trataba de limpiar, decorar y llenar de todo tipo de muebles que mendigabamos por las casas o reciclabamos. Los días previos a fiestas se nos acumulaba el trabajo colocando bombillas de colores y un equipo de música prestado de algún hermano mayor generoso o despistado. Sólo faltaba una cosa: el zurracapote.

A nuestra cuadrilla nos lo enseño a hacer el tío de dos de nosotros: Chuchi. Hombre menudo de bigote poblado, andares amplios y una sonrisa siempre en el rostro, con su eterno pañuelo con nudos en la cabeza cuando llegaban las fiestas. 

Tomamos nota de las medidas, mientras nos las enumeraba. Algunos, decía, le echan melocotón. Yo no, concluía muy  ortodoxo él. Sus recios brazos removían el líquido con delicadeza mientras estrujaba los limones para que soltasen todo el jugo. Y al cabo de un rato, dejamos preparado un bidón que no llegaría al final de fiestas a base de rellenar porrones.

1 cántara de clarete ( medida antigua que corresponde a 16 litros)

2 kg de azúcar

2 ramas de canela hervida en 1/4 de litro de agua

4 ó 5 limones.

Disolver el azúcar bien en el vino y mezclar el resto de ingredientes. Dejar reposar al menos un día.

Esta es la receta que aprendí de él. Sencilla. Con sabor a la tierra, olor a pólvora de cohetes y sonido de pasadobles y jotas.

Espero que la disfruten.

Pasen buen verano y disfruten de las fiestas. 

Aquellos domingos de chopera

Iba ataviado con pantalones cortos, camisa estampada, una gorra de Caja Rural y una chaqueta de chándal. No quise bajar la mirada por si el conjunto lo combinaba con sus eternos mocasines.

Armado con una espumadera y un capazo con verduras  delimitó la zona que, a modo de Mariscal de Campo había conquistado: una mesa a la sombra en una frondosa chopera. Era amigo de mis padres. No digo amigo de la familia porque ese título lo ostenta alguien de cuya amistad, nadie de la familia quiere hacerse cargo, y en este caso sí que era querido.

Detrás venía el séquito del resto de familia y amigos cargados con mantas y neveras. Las sandías rodando al igual que los balones y nosotros, como  buenos niños, dábamos patadas a ambos. De hecho, las mallas de cuerda de éstos últimos fueron la red que sujetaba la sandía cuando las sumergieron en el río, una suerte de frigorífico improvisado y sin Fresh Zone.

Recogimos palos secos por alrededor de la zona donde habíamos instalado el campamento que pronto ardieron. El aroma a humo en época estival reconforta y te traslada a épocas más frescas aunque haya un calor de justicia.

Los ingredientes se fueron sucediendo y el autor de la paella dominguera manejaba la cuchara sin parar ante mi estupor ajeno a la magia de que granos de arroz duro acabarían convirtiéndose en un meloso manjar. Todo el mundo intervenía para opinar sobre el sabor, la sal o incluso la falta de caldo. 

_A mi me gusta el socarrat, soltaba uno. _Por Dios, que no lo quemen, decían las que preparaban la ensalada. 

Porque esa es otra: hombres que no habías visto cocinar en la vida, cuando se trata de preparar comida de domingo, se avían el delantal, para pasar a ser estrellas, mientras que las resignadas madres, que nos daban de comer los otros seis días de la semana, les dejaban hacer.

Después de dar cuenta de paella, regándola con vino los mayores, y pescar las sandías de la cuquera del río, nos echaron a los pequeños a jugar con la pelota lejos para que ellos se echaran una rápida siesta. Qué pérdida de tiempo, pensaba entonces. Qué envidia pienso ahora. 

Y esa simplicidad para pasar un domingo que hoy en día intentamos recuperar con los amigos muy de vez en cuando, es lo que me evoca una mesa de hormigón en alguna zona recreativa que pasamos de largo para llegar a algún restaurante, a ser posible con chiquipark. Seremos bobos.

El verano que conocí a Daniel, el Mochuelo

Esperaba aquel autobús con nervios. Atrás habían quedado los exámenes y las notas. Me había despedido de los amigos de mi ciudad hasta septiembre y la ropa ya la habían llevado mis padres a casa de mis abuelos para pasar todo el verano.

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Pronto llegarían las excursiones en bici, los baños en pozas de los ríos o las tardes enteras leyendo en la piscina. Fumar el primer cigarrillo, tratar de robar el primer beso. Mañanas de frontenis y tardes paseo. Huertas repletas de fruta madura que disfrutar tratando de que no nos pillara el dueño. Tardar semanas en preparar el chamizo para fiestas y noches intensas corriendo con las bicis  por las calles y plazas haciendo gritar a  corros de señoras jugando al julepe. Sortear  a la interminable sucesión de sillas donde los hombres  tomaban la  fresca después de un duro día de trabajo. Supongo que en aquella época no habría concursos de verano en la televisión.

La bofetada de calor nada más bajar del autobús nunca me supo tanto a libertad. La sensación de verte libre durante todo un verano. Esa libertad que se fue perdiendo por el camino y que, ahora, solo saboreamos dos semanas al año. Dos semanas para tratar hacer todo lo que durante el año no pudimos hacer y a la vez descansar, desconectar, broncearnos, hincharnos a platos de la zona donde estemos y hacer deporte, casi sin deshacer la maleta, animados por anuncios de veranos perfectos, regados de cervezas.

El lento disfrute del tiempo, a sabiendas de que tenía todo el verano por delante, es lo que más echo de menos. Cuando por estas fechas veo chavales con la mochila cogiendo autobuses hacia sus pueblos, me viene a la cabeza la imagen de El Mochuelo montado en uno para dejar el suyo después de tantas aventuras. Yo también recorrí El Camino hace tiempo.

Una forma diferente de hacer vino

 

 

Descalzo y con los pantalones remangados. Horquillo en la mano levantando los orujos para que se prense por su propio peso. Espacios oscuros iluminados, a veces, por una bombilla lejana. Lagos de hormigón y piedra y una gavilla de sarmientos a modo de filtro.

Esas son sus únicas  herramientas para trabajar a la antigua usanza, cuando cualquier cueva o caño era el lugar propicio donde construir un lago donde elaborar vino. Vino con el saciar la sed durante año. Ajeno a la barrica.

La escena, aunque actual, me remonta a una época en la que la vinificación no estaba tecnificada. En el que la experiencia y la suerte iban unidas para conseguir un producto digno y a veces duro.  Me pasan la copa del vino recién elaborado esperando esa rudeza y encuentro un dulzor y una finura que me devuelve a la época actual.

Damos cuenta de un aperitivo, sentados en los salientes de piedra del caño centenario donde se elabora este vino nuevo y joven con esencia antigua, recordando cuando mi abuelo me contaba que iban a las bodegas de su pueblo a echar un trago y pasar la tarde con un soldado viejo como única merienda. Nos llevamos el vaso a la boca sin los protocolos ortodoxos y evitando la parafernalia al que hoy en día nos tienen acostumbrados.

 Detrás de los muros de esta bodega en la Sonsierra riojana, dejo la esencia  de antaño habiendo disfrutado del Placer con todos los Sentidos.

 www.elvinoprodigo.com

Ya no se canta en el campo

Es de noche oscuro cuando los primeros hombres salen de sus casas camino de la finca donde dejaron el tajo el día anterior. Cierran los ojos respirando el frescor del amanecer, queriendo retenerlo al máximo porque, dentro de poco, el sol no les dará tregua.

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Con los primeros rayos las mujeres se ponen en marcha, acarreando las cestas para la comida. Unas van en carro donde los botijos recién llenados de agua fresca saciarán la sed que da el duro trabajo de la siega. Cuando llegan a la finca, ya tienen tarea, pues el grueso de los hombres armados de hoces y guadañas y protegiéndose con zoquetas los dedos y sombreros de paja la cabeza, han ido abriendo camino en el campo de trigo.  Ellas empiezan a doblarse para comenzar a espigar. Van  amontonando las mieses que luego cargarán en carros para llevarlos a las eras.

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Ata bien y siega bajo, aunque te cueste trabajo. Repiten a los más jóvenes.

La conversación, las chanzas y las canciones van animando la mañana.

Canta alegre, el segador

en medio de la faena.

No es suya la mies y canta,

¡qué sería si lo fuera!

A la hora de la comida, cuando el sol está más alto, buscan cobijo en alguna sombra. Unos apoyan la espalda contra los árboles que hacen las veces de comedor improvisado. Otros tumbados cual largos son, tratan de aliviar el dolor de riñones. Un jota rompe el silencio de la sobremesa. Alguno se queja, pues no le dejan echar una cabezada.

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Segadora, segadora,

¡qué aborrecida te ves!

Todo el día en el rastrojo

y agua no puedes beber.

                                              

El entusiasmo va languideciendo como el sol. A última hora de la tarde, los carros devuelven a los trajinados segadores a sus casas para recuperarse para la siguiente extenuante jornada. Las canciones han dado paso a refranes y frases hechas que invitan a recogerse. Unos pocos se llegan hasta la era. Más tarde saldrán a la fresca. Los más valientes se animan a un trago.

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Hoy en día el aire acondicionado de las cabinas deja fuera el calor y el asiento el dolor de espalda. En la radio se escuchan tertulianos debatiendo sobre política y economía. Ya no se canta mientras se siega.

 

 

 

Sin foto no hay aventura

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Semanas atrás, pasamos un fin de semana en Broto, en el corazón del pirineo oscense.

El sábado hicimos la típica excursión a Ordesa hasta la Cola de Caballo y el domingo aprovechamos para visitar pequeños pueblos de los pirineos.

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El sábado temprano comenzamos la ruta de las cascadas a un ritmo pausado, charlando y disfrutando del paisaje espectacular, dentro de una marcha intermitente de paseantes de lo más heterogéneo: domingueros de ropa de Quechua recién estrenada, familias con hijos pequeños, montañeros equipados para pasar la noche a los pies de Monte Perdido y hasta alguna pareja con mocasines y camisa blanca.

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Como digo, la marcha transcurría tranquila  admirando los torrentes de agua que se precipitaban al vacío. En cada parada obligatoria, al cerrar los ojos podías sentir las gotas de agua que quedaban suspendidas después de la caída de las cascadas, el ruido ensordecedor….hasta que  un palo de selfie se encontró delante de mi.

– Disculpe – Me dijo el padre de la  familia que había llegado antes que nosotros a la segunda cascada.                      

-Dele, dele- le animé.

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Todo el camino estuvo salpicado de paradas donde los distintos grupos se retrataban en tan majestuoso lugar. Respiré aliviado cuando pasamos las gradas de Soaso( precioso lugar para tomarse un descanso y dejar pasar el tiempo viendo correr el agua) al entrar en una amplio valle, que finaliza en la Cola de Caballo.

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Animados por la euforia general, aprovechamos para hacernos una foto de recuerdo y dar cuenta del bocadillo que ya empezaba a pesar en la mochila. Los selfies continuaron durante la parada de avituallamiento

A la vuelta comprobamos que la gente con la que compartíamos camino no se paraba a realizar fotos. El recuerdo ya lo tenían en su móvil. Aprovechamos para parar en los puntos que, a la subida, estaban atestados de gente.

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Recordé entonces un reportaje que había leído en un suplemento dominical, que trataba de un reportero de mediados de siglo XX. No recuerdo el nombre del aventurero pero sí la frase que, a modo de titular, coronaba el artículo: “…uno de los últimos reporteros que, para sus crónicas,  apuntaba el objetivo al punto del que hablaba y no le daba la espalda”.

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Dudo mucho que, una vez que enseñen sus fotos, puedan decir que disfrutaron de todo el esplendor de Ordesa porque lo recordarán a través de solo  5 pulgadas y nunca llegarán a sentir las heladas gotas de agua el rostro.

 

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El vino supurao en La Rioja . larioja.com

Recuerdo aquella botella que se abría en Navidades cuando aún era un niño. Era el único licor permitido.
Años más tarde mi tía Corti volvió a elaborar unas botellas de las que tuve la suerte de degustar una. La última noche de Reyes, la c opa de Melchor acabó con la misma.
Deseando que se anime con una nueva cosecha.

http://www.lomejordelvinoderioja.com/noticias/201606/16/vino-supurao-rioja-20160616003619-v.html
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Fumus Vendidi

Auge de las ferias medievales: trovadores y titiriteros, artesanos. Vendedores de humo

En los últimos tiempos se han popularizado las ferias de época. Sobre todo las medievales. Cualquier monumento medianamente bien conservado, cuando no es todo un conjunto histórico, es la excusa para disfrazar todo un pueblo o ciudad en un escenario  de película histórica. Vaya por delante que asisto encantado a todas las ferias que puedo

La mayoría de los puestos que se apelotonan en los cascos antiguos o alrededor del monumento histórico de la zona suelen ser de venta. Ya sea de abalorios, artesanías de madera, juguetes tradicionales y productos típicos de la zona. Son los mismos puestos de otras fiestas populares cuyos propietarios han utilizado una indumentaria más propia de la época que la feria pretende recrear. Todo amenizado por cuentacuentos, luchas ficticias, compañías de teatro callejero, espectáculos de fuego, cetrería y titiriteros… Y con banderas y blasones que penden de los balcones para que todo luzca imponente.

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Pasear por estos decorados al aire libre totalmente edulcorados y limpios te intenta trasportar a otra época a la que estamos acostumbrados por la imaginería cinematográfica. Aunque  nada tiene que ver con los verdaderos mercados medievales sucios, insalubres y de escaso género. Incluso suelo mirar para otro lado cuando paso por los puestos que tengan a la vista algún tipo de anacronismo que rompa la estética ya de por si artificial de la fiesta.

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Al igual que hace un tiempo hablaba de los monasterios, la misma atracción  pesa sobre mi respecto a estas ferias.. Quizás porque otro de mis libros favoritos, El médico de Noah Gordon,  tiene como escenarios, en su primera parte, las ferias de una Inglaterra medieval. Trata de la vida de un aprendiz de cirujano barbero cuya vida va unida a su amo del que aprende  a tratar enfermedades, vender hidromiel y una panacea universal, y ofrece como gancho, un espectáculo de malabarismos para atraer a las personas que se acercan a la feria de la región. Siempre ganando lo suficiente para obtener provisiones para  pasar el invierno, época en la que prepararán los productos que venderán en la siguiente temporada, pero sin obtener demasiados ingresos para dejar esa  vida errante.

Han pasado varios siglos desde la época de la novela pero la vida de las personas que vagan de feria en feria no ha cambiado. Mientras recorro los puestos me los imagino en su taller u obrador en las frías mañanas de invierno preparando sus productos, como Barber en su cabaña, mientras alimenta el fuego y practica malabares con las pelotas, a la espera de la próxima primavera para seguir vendiendo humo.

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