Zurracapote para la fiestas

Un par de semanas antes de las fiestas, las carretillas se apiñaban en la cooperativa portando garrafones con los que retirar el clarete que se servía sólo en esas fechas. No se veían coches. Sólo carretillas. Llevábamos los cupones que correspondían a una cántara de vino.

Cada uno tiene su propia receta. Cada uno sus recipientes y utensilios, y cada cuadrilla tenía una bodeguita, un merendero o un chamizo donde elaborarlo.

Los chamizos eran lonjas o bajeras donde, cada cuadrilla, trataba de limpiar, decorar y llenar de todo tipo de muebles que, nosotros que éramos chavales, mendigábamos por las casas o reciclábamos. Los días previos a fiestas se nos acumulaba el trabajo colocando bombillas de colores y un equipo de música prestado de algún hermano mayor generoso o despistado. Sólo faltaba una cosa: el zurracapote.

El zurracapote es una bebida elaborada a base de vino ( en mi pueblo con clarete) que, servida fría, se preparaba para degustar en fiestas.

A nuestra cuadrilla nos lo enseño a elaborar el tío de dos de nosotros: Chuchi. Hombre menudo de bigote poblado, andares amplios y una sonrisa siempre en el rostro, con su eterno pañuelo con nudos en la cabeza cuando llegaban las fiestas.

Tomamos nota de las medidas, mientras nos las enumeraba. Algunos, decía, le echan melocotón. Yo no, concluía, muy ortodoxo él. Sus recios brazos removían el líquido con delicadeza mientras estrujaba los limones para que soltasen todo el jugo. Y al cabo de un rato, dejamos preparado un bidón que no llegaría al final de fiestas a base de rellenar porrones.

RECETA

1 cántara de clarete ( medida antigua que corresponde a 16 litros)

2 kg de azúcar

2 ramas de canela hervida en 1/4 de litro de agua

4 ó 5 limones.

Disolver el azúcar bien en el vino y mezclar el resto de ingredientes. Dejar reposar al menos un día.

Esta es la receta que aprendimos de él. Sencilla. Con sabor a la tierra, olor a pólvora de cohetes y sonido de pasodobles y jotas.

Espero que la disfruten.

Pasen buen verano y disfruten de las fiestas.

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Otra forma de disfrutar del río

Los que pasaron los veranos de su infancia en las cloradas aguas de una piscina, quizás no lo entiendan. Pero los míos los pasé sumergiéndonos una y otra vez en las aguas de los ríos que rodean Murillo.

Foto de El Muro Ilustrado

Desde por la mañana hasta que el sol nos invitaba a cambiar nuestro campo de juegos, pasábamos las horas en aquella playa de interior de piedras romas que tratábamos de amortiguar con zapatillas viejas o sandalias cangrejeras que rozaban más que los cantos que utilizábamos para lanzar al agua.

No había árbol del que no saltamos ni cuquera en la que no nos metiéramos a buscar peces.

Más tarde llegaron las piscinas a la vez que la adolescencia en la que todo lo de antes nos parecía aburrido ( aunque alguna vez nos escapársemos a Jubera a saltar de las rocas como en el mejor de los parques acuáticos).

Pero con el tiempo dejamos atrás esas pozas y el río y, como en una casa que no se habita, todas sus orillas fueron sucumbiendo al tiempo y la naturaleza se volvió a apoderar de lo que una vez fue suyo.

A pesar de los intentos por adecuarlo de nuevo, tan solo se veían gente paseando a los perros o adolescentes buscando un rincón secreto donde realizar algún escarceo.

Fotos de El Muro Ilustrado

Y ahora van una panda de locos y les da por organizar un festival de música en el Leza.

Foto de El Muro Ilustrado

Ver de nuevo esa zona engalanada y llena de gente, degustando los caldos de Murillo, escuchando música en un ambiente espectacular hasta la noche iluminada por mil bombillas, hizo que me alegrara. Tanto más cuando, al llegar, nos indicaron que al fondo se encontraba la zona de catas y alguien añadió: “y más al fondo la zona de baño”. Y hasta allí fui con mis hijas para enseñarles donde nos bañábamos de niños esquivando el pelo de rana con el que no ha podido el tiempo.

Foto de El Muro Ilustrado

Desde aquí les mando mi enhorabuena a los integrantes del Muro Ilustrado, el Ayuntamiento y a todos los que echaron una mano para que el festival El Puente Suena fuera posible, por dinamizar la vida de nuestro pueblo y por volver a sentir que el Río Leza sigue presente, no sólo en el apellido de Murillo. Seguid así.

La playa estaba desierta

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Casi no llego. Por fin ha venido el buen tiempo. Empieza el verano. Y como cada año las playas se llenarán de toallas y sombrillas. Gente tomando el sol, hombres paseando con sus torsos desnudos y sudorosos por la orilla en línea de a tres, chavales jugando a las palas y niños con la arena para crear un castillo tan alto que aquellos hombres que pasean por la orilla se tropiecen.

Los chiringuitos ya tienen preparados helados y refrescos y ensaladilla rusa con la que jugársela. El olor a crema solar is in the air. El sonido de las chanclas por el paseo marítimo crea una melodía a juego con las camisetas de tirantes de ellos y los pareos de ellas. Dentro de poco tendremos que ponernos after sun por las espaldas rojizas y tratar las quemaduras de tercer grado en la planta de los pies que se han generado mientras acarreas la sombrilla, la barca hinchable, la nevera y la esterilla que va arrojando arena a tus quejosos vecinos.

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Para muchos de los que somos de interior, el mar lo asociamos a la semana de vacaciones de Agosto, con todos los estereotipos que he enumerado más arriba. A nosotros, en 12 Celemines, lo que realmente nos atrae es poderlo ver fuera de temporada. Y digo que casi no llego porque ese verano de costa, de paella y pescadito frito casi nos pilla sin haberlo visto en su cotidianeidad.

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Puede que sea de locos, pero nos encanta pasear por una playa desierta, incluso con mal tiempo, con una tormenta que se acerca. Tiene algo hipnótico poderlo disfrutar en silencio observando cómo las olas rompen sólo para ti. Andar por la arena bajo tus pies gustosa, jugando con ella con los dedos, tan fría que hace que te cierres más la chaquetita que tu madre siempre te dice lleves por si por la noche refresca de uso obligatorio unos días antes.

Y así, viendo como aquella nube negra va a descargarte encima, disfrutas de la última bocanada de aire salado y fresco para recordar que otra forma de disfrutar de playa es posible. La canción del verano ya está aquí.

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¿Quién da la vez?

Sorprende la rapidez con la que hemos perdido la sociabilidad. Como en pocos años la tecnología a cambiado la manera de comunicarnos. A veces para bien, otras para peor.

Antiguamente ir al médico o a la compra se convertía en un modo de saludar a la gente. Hoy se ha sustituido con un emoticono en cualquiera de las aplicaciones que tenemos instaladas en nuestros móviles.

Recuerdo ir con mi madre al hospital y saludar a cualquier desconocido preguntándole de dónde eran y terminar hablando de tal o cual fulano del que conocían a una prima y averiguar dolencias varias de los allí presentes.

Así mismo, cuando se hacía la compra con carro, otra época por supuesto, las colas en las tiendas eran excusa para saludar a vecinos, enterarse de las últimas novedades y tantear recetas con las viandas que compraban los que pedían antes, pudiendo saber, en todo momento, el menú que tendrían en casa de menganito.

No creo que la sanidad pública haya mejorado tanto como para reducir el tiempo de espera, ni que habernos lanzado al consumo de bandejas haya hecho que las colas de los supermercados sean menores, aunque nos lleven prácticamente de la mano a cada caja o podamos prepagar con el teléfono la compra antes de llegar a la misma. Sin embargo, un gesto ha hecho que el silencio se apodere de estas situaciones y es el de agachar la cabeza para zambullirnos en una pantalla mientras esperamos lo que sea.

La semana pasada, tuve que ir a una oficina de Correos a recoger un paquete y, al llegar, encontré la máquina que expende los tickets del turno averiada. Lo que encontré fue a todo el mundo mirando su teléfono sin que nadie, con un gesto, me indicara qué debía hacer. Así que lancé aquella pregunta que tantas veces había oído y que parece más anticuada que un pasodoble: “¿quién da la vez?”

Apenas un par de cabezas levantaron la mirada de su puñetero aparato, pero fue una señora, la única que tenía la cabeza erguida mirando a ver quién entraba, la que me respondió que una chica, que estaba sentada en un banco apartado, era la que había entrado antes que yo. Se lo agradecí y permanecí atento a ver quién era el siguiente incauto que entraba por la puerta para pasarle el relevo.

Estuve a punto de introducir en el buzón de sugerencias la idea de utilizar un utensilio que se usaba en la bodega cooperativa de mi pueblo: la bandera. Consistía en una bandera fabricada de madera con el lema: ” Yo soy el último”. Se clavaba en el último remolque que llegaba a la bodega cuando se paraba para comer y no había nadie que atendiera. Así sabías quién era el inmediatamente anterior a ti. De esta manera, tanto en supermercados, como en oficinas de correos o cualquier otro sitio que hubiera que hacer cola, podríamos seguir con la cabeza gacha, sin mirarnos a la cara, no vaya a ser que nos perdamos el último tweet de algún personaje de moda.

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Guardando Recuerdos

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Llevo un tiempo sin escribir nada. No por falta de ganas, sino de instrumentos. Hace unas semanas, en el mismo día, perdí el móvil y el ordenador dejó de funcionar.

En el primer caso, para más INRI, fue en casa, así que algún día lo encontraré junto con un montón de calcetines desparejados que se fueron quedando por el camino. A pesar de que la mayoría de las fotografías y archivos los tenía guardado en la nube, algunas de ellas se perdieron para siempre.

En el caso del ordenador, tuvimos que formatearlo y, por lo tanto, perdí también toda la información que tenía almacenada. Una vez más había perdido unas fotos que sólo las tenía guardadas en el disco duro.

Después de esta pérdida, estuve repasando las fotografías guardadas en la nube. Y comprobé que la mayoría podría borrarlas. Y sin embargo, había varias que había perdido y que eran muy importantes para mi.

Y es que muchas de ellas eran fotografías antiguas de mi familia. Estas fotografías que te hacen saber de dónde vienes. Que hacen que pongas cara a los antepasados que sólo conoces por los comentarios de tus padres en comidas familiares.

A lo largo de la historia de una familia, estos retratos, fotografías o pinturas, sobreviven varias generaciones. Sin embargo, cuando el que las contempla, ni siquiera ha conocido en vida a la persona, se convierte en personaje histórico casi de ficción. Así, lo normal no es que perduren tantos recuerdos físicos de gente conocida, sino que se pierdan, como ha ocurrido siempre, entre mudanzas, incendios, extravíos varios, y con los que quedan, nos hagamos una idea de esa persona en cuestión.b1da5e7f8d346f52c38ee52b11efc15a

Sin embargo, hoy en día, con un click tenemos acceso de nuevo a toda la morralla que nos da por guardar y quita romanticismo a todo recuerdo. Considerando, además, que almacenarlos es, supuestamente, gratis, no como antes que había que pensarse muy mucho apretar el botón para sacar una foto. De ahí que aquellas fotos tengan esa sensación de seriedad, de marcialidad.

¿Os imagináis a vuestro bisabuelo poniendo morritos vestido de cabo con su mujer sentada al lado haciendo el gesto de la paz y una expresión como queriendo decir “Holi” ?

La matanza

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Ahora que ya tenemos en las mesas los primeros embutidos que preparamos hace unas semanas, justo cuando el invierno toca a su fin recordamos un tema que antaño se realizaba mucho antes para poder subsistir en aquellos duros inviernos sin provisiones.20180225_215038

Son innumerables los refranes sobre el cerdo y la matanza. De ahí la importancia a lo largo del tiempo de este animal como un clásico de la subsistencia y del aprovechamiento en épocas de escasez como el invierno. La crianza de este animal está ligada a la cultura popular y a tradiciones que se han perpetuado durante siglos.

A día de hoy, se impone una forma de vida y las viejas casas con corrales en la parte de atrás han desaparecido. Y las nuevas generaciones no conocen todo el proceso y, en muchas ocasiones, sienten repulsión por esta actividad. Sin embargo, todavía quedan románticos que se afanan por mantener estas tradiciones. Los hay que siguen criando algún cerdo. Algunos, compran el cerdo ya criado para dar uso a la banca para matar al cerdo. Otros tantos, lo adquieren ya muerto y realizados los obligatorios análisis, y se afanan en descuartizarlo planteando un método de conservación para cada parte. Las chuletas, el lomo, la cabeza, la piel, los jamones y las paletas, hasta el rabo. Hay incluso gente que compra el lomo y las especies y elabora el embutido para luego secarlo, incluso en los trasteros de las ciudades.

Cualquier excusa es buena para hacer familia. Si, además, se prepara una caldereta con huesos sobre la marcha o unos huevos con el picadillo sobrante, la jornada no puede acabar de mejor manera.

Al final del día, cuando terminas de colgar en el alto todo el arsenal de lomos, chorizos y salchichones, y el olor impregna la escalera, tienes la sensación de haber viajado a otra época, en la que, el que tenía un cerdo, tenía garantizado el alimento para pasar el invierno.

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La chimenea

No hay invierno que no veamos el mismo gesto. Alguien se aproxima a un fuego, acerca las manos a las llamas y las frota de nuevo para entrar en calor. Y es que una estancia calentada a base de quemar leña es doblemente acogedora: por el calor en sí que proporciona una chimenea bien cargada y el ambiente que genera la danza de las llamas.
Han pasado muchos meses desde que cortamos la leña para que se secara, una vez colocado en pilas, de cara al invierno. Ahora toca utilizar esa leña en los cortos días y en las gélidas noches.
Chimeneas las hay de muchos tipos: cerradas con puertas y empotradas, las que se sitúan en medio de una estancia con el tubo que atraviesa el techo, de gas, incluso eléctricas. Mención especial hay que hacer a aquellas chimeneas de las casas antiguas en las que se cocinaba (colgada de una cadena o con una trébede, utilizaban el fuego para guisar) y calentaba que les llamaban “el hogar” pues la vida se hacía en torno a aquella amplia chimenea y no había más estancias que las habitaciones.
Nuestra favorita es la que está empotrada y abierta. Poder acceder al fuego sin problemas. La llenamos de leña, pequeña primero, con gruesos troncos después, y guardamos un cesto para ir alimentándola el resto del día. Que venga la siguiente ola de frío, que estamos preparados contemplando las llamas bailar hipnóticamente y que el aroma inunde la estancia para hacer más agradable la velada.IMG_20171207_141454_249