El olor del otoño

Cada sensación te transporta a otro tiempo o a otro lugar. El calor de una chimenea a verdaderos inviernos con carámbanos en las ventanas, el sabor del chocolate siempre me traslada a los domingos con mi abuela, el olor del incienso a vacaciones de Semana Santa o el sabor del pan de un día para otro que todavía sigo sin entender porqué dejarlo endurecer teniéndolo tierno y caliente, me traslada a las meriendas de pan, embutido, navaja y pimiento untado en sal.

Pero la sensación más intensa y la que me traslada año tras año a otro tiempo es la del olor a pimientos asados: para mi el olor del otoño.

Hoy en día la gente se refugia en huertas o se esconde en la parte trasera de las casas, pero hubo un tiempo en el que las familias sacaban los asadores fabricados artesanalmente con bidones, patriarca al frente con unas toscas pinzas y un cubo de agua para refrescar los pimientos una vez asados, y poder pelarlos con facilidad. El resto de la familia se afanaba en pelarlos sobre improvisadas mesas ( a veces alrededor de una vieja carretilla) y guardándolos en bandejas de barro para después embotarlos o congelarlos. Por supuesto, durante los siguientes días la guarnición de diferentes platos eran las tiras de los pimientos que se habían rasgado en la limpieza.

Gemma Campos Flickr
Parecía como si una tregua en las vendimias hacía que todo el pueblo se pusiera de acuerdo para realizar está labor. Paseando por las calles, cada portal desprendía un olor a pimiento y humo.

 Y ese olor es el que se me impregnó en la memoria. Y cuando me llega ese aroma por estas fechas, esté donde esté, un escalofrío me dice que hay que desempolvar la chaqueta e ir afilando el corquete, que llega el otoño, la época favorita de este narrador de recuerdos.

Sierra de Segura

Este fin de semana disfrutamos de unos días en la impresionante Sierra de Segura. Fue un encuentro de familia, y sin embargo amigos, enmarcada por montañas, bosques, riachuelos y cascadas. 

Siempre que me adentro en zonas donde la orografía es tan agresiva, me pregunto cómo era la vida de esta gente hace 50 años. Me contaron de la dureza de aquella vida en esta zona donde  las aldeas no cuentan con más de una veintena de casas, donde la soledad era una constante todo el año: en otoño los hombres partían hacia la recogida de la Oliva, en invierno con sus copiosas nevadas que los dejaban aislados. Y en época de tala, volvían a partir los hombres para bajar los troncos por la cuenca del Segura. Aún existe un río llamado Madera por donde bajaban de otra vertiente los troncos hacia el torrente principal del Segura.


Existe por aquella zona un museo autollamado eco, compuesto por herramientas encontradas por toda la Sierra  y que debería dedicarse a la memoria de toda esa gente que sobrevivió en aquellas condiciones y que vio como poco a poco las aldeas fueron siendo abandonadas. 

Menos mal que un grupo de locos ha vuelto a repoblarlas, aunque sea los fines de semana, inundando de música y alegría las preciosas noches estrelladas.

Cantando a las columnas

Son una especie en peligro de extinción. Suelen ir en grupo aunque en algunas ocasiones alguno destaca sobre el resto.Vaso en mano a modo de micrófono, mano a media altura como un Juanito Valderrama entonando el estribillo de una copla, casi de puntillas dirigiéndose al público, que varía entre asustado y emocionado. Me refiero a las cuadrillas, generalmente compuestas por hombres, que recorren los bares del barrio tomando unos vinos y, animado por ellos, lanzándose a cantar.

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El otro día, a la hora del vermout,  nos encontramos con una de estas cuadrillas y recordé que, en cada ciudad que he estado,  me los he encontrado a esta gente ya sea cantando bilbainadas de poteo por lo viejo de Bilbao, que se arrancan por alegrías en Cádiz, coplas por la Plaza Mayor de Madrid o jotas por la Laurel de Logroño. El escenario, siempre callejuelas estrechas llenas de bares y el ambiente lo ponen las planchas y freidoras de los mismos.

Siempre recordaré con cariño a un paisano mío , de nombre muy familiar, que, llegando a casa de mis abuelos en los soportales, cantaba de columna en columna agarrándose para no caerse un día sí y otro también, siempre con su boina ladeada y su mano en la oreja. Sus canciones hablaban de juerga, de tradiciones y de amores. Y estas últimas, las cantaba con tanto entusiasmo que me quedaba esperando que le diese un beso al pilar.

Cada vez se canta menos. Y es una pena. Cuando me los encuentro, me quedo observándolos absorto, recordando a Campos y su eterno cante..

 

Buscando el agua

Poco a poco estamos llegando al final de la época estival. El campo se torna seco después de la cosecha del cereal, las vides pronto enrojecerán y los árboles poco a poco empezarán a sembrar de hojarasca los bosques. Pero la huerta se mantiene  en todo su esplendor: Tomates, pimientos, patatas, las eternas acelgas, melones y sandías y, por supuesto los inesperados frutales, que tan pronto amargan con sus tempranos frutos, como se pudren en nuestras neveras al no dar a basto con la avalancha de los mismos.2016-08-29_11-46-43

Para que las huertas luzcan como ahora, es necesario su cuidado todo el año, pero más aún en verano que es cuando más delicado está el fruto y, de no regarlo o regarlo en demasía podríamos perderlo. De ahí la importancia de tener acceso al agua en esta época y controlarla.

Hoy en día, estancas, regadíos, tubos de goteo, hacen más fácil la labor que en otra época era costosa. Una reminiscencia de entonces quedan las dómedas ( o turnos de riego) que se sorteaban al principio de verano para decidir quien empezaba a regar.

Recuerdo a mi abuelo de noche o al amanecer ( según la huerta que deseaba regar), yendo a buscar el agua. Yo, una especie de Indiana Jones en miniatura, le acompañaba   entusiasmado pensando en una aventura, con azadilla en una mano y una linterna de las viejas de pila de petaca en la otra, y la luz de la luna dando ambiente. Escuchando expresiones como dejarla guiada, la parada, recorrer el agua o el tempero pasaba los ratos muertos hasta que el bendito agua anegaba las distintas regaderas labradas en las diferentes tablas de la huerta como si un ingeniero los hubiera diseñado. Admito que alguna vez estaba torcida y se excusaba en que  así recogía más agua la planta. Más de una zapatilla mal atada se quedó en el fango y más de una vez regresé a casa con una mascarilla de barro natural.IMG_20160829_233756

Llegará el día en que abramos el grifo en cada huerta sin tener que recorrer ningún camino en su busca, pero mientras tanto disfrutaremos de los recuerdos y anécdotas, como contaba un amigo recientemente, recordando a su abuelo ( nos habrá dado por recordar a todos) que al tocar regar de madrugada, él y su hermano , unos tipos tremendos, se quedaban dormidos con la mano en la regadera a la espera de que el agua les despertara.  Última tecnología, oiga.

 

Madrugando para ir al puerto

Por las mañanas se levantaba temprano. Procuraba no despertarnos para darse su paseo matinal. Alguna vez lo oía cambiarse de ropa y me unía a su excursión. Eran sus vacaciones y elegía madrugar en vez de perderse el comienzo del día en la cama.

Siempre pasábamos unos días en zona de playa y siempre el paseo consistía en llegar al puerto, estuviese cerca o lejos.20160801_185357.jpg

Un día, en Galicia, pasando unas semanas en las Rías Baixas, lo acompañé hasta O´Grove, típico puerto pesquero gallego, con un impresionante mercado. No menos impresionantes eran los pescados y moluscos allí expuestos. Mi padre eligió, tras pasar por varios puestos idénticos, algún pescado que saborearíamos en la comida, y algún tipo de marisco que no llegué a identificar con mi escaso aprecio por ellos.

          ¿Y unos mejillones?- Pregunté.

          Ten paciencia.- Me contestó.

Al salir entendí a qué se refería. Fuimos a hablar con una señora mayor, vestida con ropas demasiado ajadas y pañuelo a la cabeza. Mi padre negoció, como si de una bazar se tratase, el precio de una red de mejillones, unas navajas y unas ostras por un precio que me pareció ridículamente barato.

Cuando volvíamos al coche, vimos varios barcos que se aproximaban, cargados con barcas llenas de pescado. Mi padre me dio una palmada en el hombro y me animó a acercarme al pesquero. Una vez amarrado en el muelle, mientras descargaban la mercancía que luego subastarían en la lonja, comenzó a entablar conversación con uno de los pescadores. Al parecer era su modus operandi para conseguir un precio barato.20160801_190814

Al poco volvíamos al coche con un pulpo que sería cocido nada más llegar, henchido por el orgullo de haber obtenido una ganga.

Este año traté de emularlo. Me levanté pronto, me di un paseo hasta un puerto gallego que no reconocí. No había ancianas tratando de sobrevivir gracias al poco género que vendían. Sólo llegó un barco, entablé conversación con uno de la tripulación y me instaron a que fuera a la lonja por la tarde, pero sólo se vendían lotes completos, al que supiese negociar con ellos o, al menos, entender el dialecto que utilizan, que más parece una apuesta de un partido de pelota, que una venta entre gente civilizada. Con las manos vacías y cabizbajo regresé a casa pasando por el mercado, que, a pesar de ser extraordinario, se me tornó pequeño y el pescado y marisco expuesto, a pesar de ordenado, fresco y colorido, no me animó a comprar nada más qué unas navajas, por no llegar a casa sin trofeo.

Me di cuenta dejando atrás la zona portuaria, que los puertos no han cambiado, siguen hablando el mismo dialecto y mantienen su preciosa estética, el duro trabajo de su gente y su aroma inconfundible. Somos los que paseamos por sus muelles los que somos distintos. Habrá que conformarse con pagar la turistada en una terraza con vistas al mar mientras tratamos de retener el aroma salado el máximo tiempo posible, porque dentro de poco se verá sustituido por la rutina laboral.IMG_20160802_220204.jpg

Preparando zurracapote para fiestas

Un par de semanas antes de las fiestas, las carretillas se apiñaban en la cooperativa portando garrafones con el que retirar el clarete que se servía sólo en esas fechas. No se veían coches. Sólo carretillas. Llevábamos los cupones que correspondían a una cántara de vino cada uno.

Cada uno tiene su propia receta. Cada uno sus recipientes y utensilios, y cada cuadrilla tenía una bodeguita, un merendero o un chamizo donde elaborarlo.

Los chamizos eran lonjas o bajeras donde, cada cuadrilla, trataba de limpiar, decorar y llenar de todo tipo de muebles que mendigabamos por las casas o reciclabamos. Los días previos a fiestas se nos acumulaba el trabajo colocando bombillas de colores y un equipo de música prestado de algún hermano mayor generoso o despistado. Sólo faltaba una cosa: el zurracapote.

A nuestra cuadrilla nos lo enseño a hacer el tío de dos de nosotros: Chuchi. Hombre menudo de bigote poblado, andares amplios y una sonrisa siempre en el rostro, con su eterno pañuelo con nudos en la cabeza cuando llegaban las fiestas. 

Tomamos nota de las medidas, mientras nos las enumeraba. Algunos, decía, le echan melocotón. Yo no, concluía muy  ortodoxo él. Sus recios brazos removían el líquido con delicadeza mientras estrujaba los limones para que soltasen todo el jugo. Y al cabo de un rato, dejamos preparado un bidón que no llegaría al final de fiestas a base de rellenar porrones.

1 cántara de clarete ( medida antigua que corresponde a 16 litros)

2 kg de azúcar

2 ramas de canela hervida en 1/4 de litro de agua

4 ó 5 limones.

Disolver el azúcar bien en el vino y mezclar el resto de ingredientes. Dejar reposar al menos un día.

Esta es la receta que aprendí de él. Sencilla. Con sabor a la tierra, olor a pólvora de cohetes y sonido de pasadobles y jotas.

Espero que la disfruten.

Pasen buen verano y disfruten de las fiestas. 

Aquellos domingos de chopera

Iba ataviado con pantalones cortos, camisa estampada, una gorra de Caja Rural y una chaqueta de chándal. No quise bajar la mirada por si el conjunto lo combinaba con sus eternos mocasines.

Armado con una espumadera y un capazo con verduras  delimitó la zona que, a modo de Mariscal de Campo había conquistado: una mesa a la sombra en una frondosa chopera. Era amigo de mis padres. No digo amigo de la familia porque ese título lo ostenta alguien de cuya amistad, nadie de la familia quiere hacerse cargo, y en este caso sí que era querido.

Detrás venía el séquito del resto de familia y amigos cargados con mantas y neveras. Las sandías rodando al igual que los balones y nosotros, como  buenos niños, dábamos patadas a ambos. De hecho, las mallas de cuerda de éstos últimos fueron la red que sujetaba la sandía cuando las sumergieron en el río, una suerte de frigorífico improvisado y sin Fresh Zone.

Recogimos palos secos por alrededor de la zona donde habíamos instalado el campamento que pronto ardieron. El aroma a humo en época estival reconforta y te traslada a épocas más frescas aunque haya un calor de justicia.

Los ingredientes se fueron sucediendo y el autor de la paella dominguera manejaba la cuchara sin parar ante mi estupor ajeno a la magia de que granos de arroz duro acabarían convirtiéndose en un meloso manjar. Todo el mundo intervenía para opinar sobre el sabor, la sal o incluso la falta de caldo. 

_A mi me gusta el socarrat, soltaba uno. _Por Dios, que no lo quemen, decían las que preparaban la ensalada. 

Porque esa es otra: hombres que no habías visto cocinar en la vida, cuando se trata de preparar comida de domingo, se avían el delantal, para pasar a ser estrellas, mientras que las resignadas madres, que nos daban de comer los otros seis días de la semana, les dejaban hacer.

Después de dar cuenta de paella, regándola con vino los mayores, y pescar las sandías de la cuquera del río, nos echaron a los pequeños a jugar con la pelota lejos para que ellos se echaran una rápida siesta. Qué pérdida de tiempo, pensaba entonces. Qué envidia pienso ahora. 

Y esa simplicidad para pasar un domingo que hoy en día intentamos recuperar con los amigos muy de vez en cuando, es lo que me evoca una mesa de hormigón en alguna zona recreativa que pasamos de largo para llegar a algún restaurante, a ser posible con chiquipark. Seremos bobos.

El verano que conocí a Daniel, el Mochuelo

Esperaba aquel autobús con nervios. Atrás habían quedado los exámenes y las notas. Me había despedido de los amigos de mi ciudad hasta septiembre y la ropa ya la habían llevado mis padres a casa de mis abuelos para pasar todo el verano.

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Pronto llegarían las excursiones en bici, los baños en pozas de los ríos o las tardes enteras leyendo en la piscina. Fumar el primer cigarrillo, tratar de robar el primer beso. Mañanas de frontenis y tardes paseo. Huertas repletas de fruta madura que disfrutar tratando de que no nos pillara el dueño. Tardar semanas en preparar el chamizo para fiestas y noches intensas corriendo con las bicis  por las calles y plazas haciendo gritar a  corros de señoras jugando al julepe. Sortear  a la interminable sucesión de sillas donde los hombres  tomaban la  fresca después de un duro día de trabajo. Supongo que en aquella época no habría concursos de verano en la televisión.

La bofetada de calor nada más bajar del autobús nunca me supo tanto a libertad. La sensación de verte libre durante todo un verano. Esa libertad que se fue perdiendo por el camino y que, ahora, solo saboreamos dos semanas al año. Dos semanas para tratar hacer todo lo que durante el año no pudimos hacer y a la vez descansar, desconectar, broncearnos, hincharnos a platos de la zona donde estemos y hacer deporte, casi sin deshacer la maleta, animados por anuncios de veranos perfectos, regados de cervezas.

El lento disfrute del tiempo, a sabiendas de que tenía todo el verano por delante, es lo que más echo de menos. Cuando por estas fechas veo chavales con la mochila cogiendo autobuses hacia sus pueblos, me viene a la cabeza la imagen de El Mochuelo montado en uno para dejar el suyo después de tantas aventuras. Yo también recorrí El Camino hace tiempo.

Una forma diferente de hacer vino

 

 

Descalzo y con los pantalones remangados. Horquillo en la mano levantando los orujos para que se prense por su propio peso. Espacios oscuros iluminados, a veces, por una bombilla lejana. Lagos de hormigón y piedra y una gavilla de sarmientos a modo de filtro.

Esas son sus únicas  herramientas para trabajar a la antigua usanza, cuando cualquier cueva o caño era el lugar propicio donde construir un lago donde elaborar vino. Vino con el saciar la sed durante año. Ajeno a la barrica.

La escena, aunque actual, me remonta a una época en la que la vinificación no estaba tecnificada. En el que la experiencia y la suerte iban unidas para conseguir un producto digno y a veces duro.  Me pasan la copa del vino recién elaborado esperando esa rudeza y encuentro un dulzor y una finura que me devuelve a la época actual.

Damos cuenta de un aperitivo, sentados en los salientes de piedra del caño centenario donde se elabora este vino nuevo y joven con esencia antigua, recordando cuando mi abuelo me contaba que iban a las bodegas de su pueblo a echar un trago y pasar la tarde con un soldado viejo como única merienda. Nos llevamos el vaso a la boca sin los protocolos ortodoxos y evitando la parafernalia al que hoy en día nos tienen acostumbrados.

 Detrás de los muros de esta bodega en la Sonsierra riojana, dejo la esencia  de antaño habiendo disfrutado del Placer con todos los Sentidos.

 www.elvinoprodigo.com