Navidades de antes

Por fin se han  acabado las Navidades! No es que no me gustan, pero creo que han degenerado en una época que dista mucho del recuerdo infantil que vaga por mi memoria.

Recuerdo que las Navidades empezaban con el cajón de Navidad que le entregaban a mi padre. Eso era una cajón. Literalmente, porque en muchas ocasiones era de madera. Y allí encontrabas los más diversos manjares y dulces para una mente infantil y sencilla. Turrones, naranjas, bacalao, cava, una pletilla, medio cordero, whisky. Madre mía!! Cuando lo vaciábamos mi hermana y yo cabíamos dentro. Si bien es cierto que era una reminiscencia en una época en la que esa ayuda  y el aguinaldo era la ayuda para pasar las navidades, y los últimos años he recibido cajones con más mesura, me pasé 15 años yendo a casa el último día de trabajo con las manos vacías y la imagen del cajón de mi padre.navidad-blanco-negro-L-J03FMu.png

Eran otras Navidades y las campañas de publicidad y marketing todavía no estaban enfocadas al consumismo exacerbado que impera hoy en día, al horror vacui de la mesa y a la tonelada de regalos que los niños reciben y abandonan el mismo día abrumados y sin saber decidir con cuál empezarán a jugar.

Siempre he pasado las Navidades en mi pueblo ( en los últimos años también en casa de la familia de mi mujer). Recuerdo que cuando llegabas descargando las maletas para quince días de disfrute, te cruzabas con mujeres con cestas. Un año decidí seguirlas y descubrí que en tesoro de esos capazos eran mazapanes que llevaban a hornear al horno de pan. Me pareció una congregación deliciosa. Hoy en día se compran ya elaborados de manera industrial con varios embalajes y apenas se prueban por la inmensidad de oferta que la mesa nos ofrece después de la opípara cena.

Mi abuelo era pastor y agricultor, y sus productos, que ahora llaman de km0, llenaban nuestros platos: cardo, consomé de gallina, escarola, cordero y los dulces que mi abuela elaboraba. Hoy en día hemos perdido el norte al colocar en la mesa productos por los que pagamos el doble que en cualquier época del año hasta atiborrarnos, para luego pagar a un dietista para recuperar la forma humana de nuevo.

Para terminar las fiestas, llegaban los Reyes Magos. En eso nada ha cambiado. Con mis hijas sigo  colocando los dulces, la copita de Supurao ( una bebida que se realiza con uvas pasas muy típica de mi tierra riojana) y agua para los camellos ( mi abuelo les dejaba cebada de sus animales, yo sólo dispongo de muesli), sin embargo el resultado me parece abrumador. Los niños van de casa en casa encontrando una barbaridad de regalos y organizando dónde jugarán con cada uno de ellos.

Este año escuhé un debate en una radio local sobre si adelantar o no la iluminación de la ciudad porque aumentarían las compras prenavideñas un 10%. Nos estamos volviendo locos.

Echo de menos unas navidades más sencillas donde, celebres lo que celebres ( juntarte con la familia, fechas entrañables, fin de año con amigos, días señalados para los vreyentes o no celebrar nada para otros). Y guardando los últimos adornos navideños y realizando el último viaje al contenedor de papel y cartón, agradecí el fin de la Navidad y la vuelta a la tranquilidad del invierno. Las luces ya están apagándose.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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