La chimenea

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El olor a humo inunda la estancia. Pero un humo agradable y cálido. Del que te lleva de regreso a los hogares de las casas antiguas, de frotar las manos al acercarse a la lumbre, muy alejado de la calefacción “limpia” que tenemos hoy en día.
Acercarse a las chimeneas, y extender brazos y manos nos dice que tenemos frío y buscamos calor.
Comentaba hace poco con un amigo que ya no siento extremos como antes. Las calefacciones en invierno y el aire acondicionado en verano, hace que seamos unos almendros a punto de florecer en invierno porque no tienen los ritmos naturales. La botella de agua en la oficina hace que la sed no se sacie con la misma ansia. La máquina de sándwiches hace que el hambre no sea tan intenso, y el ascensor, coche o autobús, hacen que no sintamos cansancio en nuestro día a día.
Jamás diré que estoy en contra de tal progreso, pero quizás recuperar las sensaciones extremas nos lleve de nuevo hacia nuestra verdadera naturaleza, la que nuestros mayores respetaron durante siglos y nosotros nos empeñamos, día a día en aplanar arriesgándonos a sentir un escalofrío al salir de nuestra ducha de temperatura controlada o si  la previsión del tiempo falla.

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