Los días de lluvia

Días de mirar al cielo y aprovechar para tareas de interior. Siempre dan paz

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Siempre me han gustado los días de lluvia. Parece un punto de inflexión en las tareas diarias. No puedes desplazarte con tanta facilidad e invita al recogimiento.
De los recuerdos de los días de infancia, además del tan trillado olor a tierra mojada, hay dos que siempre me vienen a la cabeza.
Uno es la imagen de mucha gente refugiándose de la lluvia en los soportales de la calle Mayor, siempre a última hora de la mañana o de la tarde, cuando ya estaba todo estaba decidido y podían entregarse a tomarse un vino, agricultores que no podían seguir con la tarea que habían dejado el día anterior, albañiles que cambiaban la paleta por un cigarrillo durante un rato, mientras se apoyaban en los pilares a la espera de que escampara. Señoras que les había pillado con la compra sin poder llegar a casa y deambulaban portales arriba y abajo a la espera de no mojarse o niños jugando a mojarse en los chorros de alguna bajante rota.

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La otra imagen que siempre me viene a la cabeza es la de mi abuelo en su lonja en una sillita pequeña, demasiado pequeña a primera vista pero cómoda para realizar cualquier tarea manual que emprendía. Desde ese puesto desgranaba habas, limpiaba alubias, ensartaba ajos en rastras o afilaba las tijeras de podar. Daba sebo a las cabezadas de la yegua para que pudieran aguantar tiempo colgados aun cuando hacía tiempo que no tenía animal  alguno. No levantaba la mirada de la tarea con la que se encontrara, salvo para echar un vistazo al astro ( como decía él), se estiraba, y cerraba los ojos, respiraba y volvía al tajo. Eran días oscuros en los que, para poder dar claridad a los espacios, había parte del tiempo se dedicaba a limpieza y el orden, y largas tardes de paseo entre charcos para recoger caracoles que luego degustaríamos.
Esa imagen de zapatero antiguo en su pequeña silla tapado con un saco es la que hoy en día, algo más actualizada, veo en mi padre. Sin embargo el producto y las maneras son las mismas. Quién sabe si algún día seré yo el que, espero que con el acierto de mis antecesores,  afile las tijeras los días de lluvia

Olió a tierra mojada y recordó a dónde pertenecía

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