Un día especial

Apenas había dormido pensando en lo que me esperaba al día siguiente.
–          Nos levantaremos cuando amanezca – me aviso mi abuelo la noche anterior -así que descansa.

Estaba pasando las vacaciones de Semana Santa en casa de mis abuelos, como cada día libre que tenía en el colegio. Me crié entre dos mundos .Vivía en una ciudad, pero mi tiempo libre lo pasaba en mi pueblo. Siento que todavía vivo a caballo entre esos dos mundos y ambos tiran con fuerza

Y al alba, la rugosa mano de mi abuelo me acarició la cabeza.

–          Vamos hijo! Que se nos va a hacer tarde. – Me susurró al oído. No quería despertar a mi hermana que dormía en la cama de al lado.

–          Voy abuelo. – Respondí desperezándome, al tiempo que saltaba y me vestía con un chándal que había dejado preparado el día anterior.

Desayunamos lo mismo, un tazón de leche con pan (él dio cuenta de un cueceleches lleno de sopas del mismo pan que el mío).

–          Hay que desayunar fuerte – me avisó –  que luego no volvemos hasta la noche. Abrígate. Te espero abajo.

Cogí una cazadora que tenía por la habitación y bajé tiritando hasta el portal. Allí estaba mi guía por un día atándose las botas. Se echó al hombro una alforja que tenía preparada, se aseguró que llevaba las llaves y su eterna navaja sin color en el mango y desgastada por la cantidad de afilados que llevaba a cuestas.

Bajamos a la cuadra donde guardaba el ganado que íbamos a sacar a pastar . También dormían en aquel recinto, Lana, la perra ovejera que acompañaba al rebaño y una yegua de carga que mi abuelo llamaba de varias formas según el día, pero que yo siempre llamaba Lucera.

Sacamos del establo la yegua, después de darle a beber agua, la dejamos pastando en una huerta al lado del establo sujeta por una estaca pero con suficiente ramal para que se moviera con libertad hasta que acabara el día y viniéramos a recogerla. Echamos de comer a las cabras y a los conejos y nos dispusimos para salir.

–          Abre cuando te avise.- Me gritó mi abuelo. Al cabo de un minuto chifló con fuerza,  levanté el pestillo y abrí la portezuela para que el rebaño saliera del recinto donde se mantenían calientes en estas noches primaverales.

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Empezamos a andar dejando nuestro rastro inequívoco en el camino, mi abuelo con su vara, la alforja, una gorra (la boina ya se veía desfasada y hoy en día  apenas tiene uso) y atento a la perra y yo a su lado aterido de frío, con una vara más pequeña que me había preparado el día anterior intentando.

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En seguida dejamos casas y ante nosotros sólo se abrían caminos. Fuimos pasando por varias fincas yecas donde poder pastar tratando de evitar la zona de cultivos de cereal, en esta época verde y apetitoso para los animales.

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Bajamos por veredas, pasamos la muga del pueblo vecino haciendo altos y parando, más para que yo descansara que para que lo hicieran las ovejas, y almorzar frugalmente. Me indicó el camino lanzado una piedra. Se esforzó en que fuera lejos y lo consiguió. Nunca había visto lanzar tan lejos una piedra. Para un niño de mi edad, criado en un pueblo, ese tipo de cosas eran las importantes: aprender a chiflar, lanzar piedras o trepar a los árboles.

A medio día dimos con una chopera cerca del río donde los animales pudieran resguardarse del sol, que ya empezaba a pegar con fuerza.
Colocó el tapabocas en el suelo y nos tumbamos a dar cuenta de la comida que mi abuela había preparado el día anterior. Sacó una fiambrera con unas costillas con fritada que me supieron a gloria, algo de queso que elaboraba ella misma y un par de naranjas. Me parecieron los mejores manjares que había probado nunca.

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–          Te quedas al mando. – Me ordenó muy marcial, se apoyó contra un árbol y se bajó la gorra. Tenía una estampa de mexicano en un western.
Nervioso por la responsabilidad  para un niño de 6 años, hice ronda, comprobando que no se movía ni un solo animal de su sitio. Algunos retozaban, todo lo más.
Terminamos la tarde volviendo por otros caminos, bordeando el río hacia el pueblo.

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Cuando llegábamos al establo el sol ya estaba bajo.  Se volvió hacia aquella puesta de sol impresionante que tenía de rojo las viñas por las que acabábamos de pasar y me comentó echándome la mano por encima del hombre:

–          Es precioso, eh? Siempre que saludes al sol, despídete también de él. Lo verás con distintos ojos, porque te ha acompañado todo el día.

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Llegamos a casa y nos descalzamos en el portal dejando el polvo del camino. Subimos las escaleras y saludé tímidamente a mi abuela que estaba despachando queso y leche a varias señoras que habían venido con sus lecheras. Fui derecho a la sala de estar a esperar que me llamaran para cenar. No hice caso a mi hermana que estaba jugando con unas gomas en el mirador contiguo. Me acurruqué en una butaca tapándome con la cazadora que me había quitado.
Debí quedarme dormido al instante. Aparecí en la cama con el pijama puesto al día siguiente.
Fue el día más impresionante en mis 6 largos años de vida. Había cuidado del ganado, había aprendido nombres de árboles, de plantas y lanzado piedras. Decidí que de mayor sería pastor. Probablemente esa temprana vocación duraría un par de semanas más, hasta que decidí que, finalmente, sería futbolista; aunque mi regate nunca llegó a pasar del campo de tierra en el que jugábamos los amigos. Con el tiempo olvidé la vara y la alforja por un teclado y un ratón, las vistas de atardeceres por un monitor y la fría hierba por una cómoda pero helada silla.
Sin embargo, la semilla del campo  fue germinando en mi interior y siempre me ha acompañado, aunque nunca llegó a brotar. Por eso, siempre que huelo a tierra húmeda, me emociono. Quizás es la savia que se está moviendo interior y hace que no me olvide de dónde vengo.

 

 

 

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