Entre las ruinas

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Nos atacaban desde aviones imaginarios y nos resguardábamos en los cuartos de casas abandonadas a su suerte. Luchábamos en ermitas donde hacía tiempo que no se cantaba una misa. Nos guarecíamos de la lluvia en chozas donde la naturaleza se había abierto paso y los árboles habían horadado el tejado. Una edificación derruida podía ser un campo de batalla digno de película o el mejor escondite para jugar a tres navíos en el mar.

De ese tipo de edificaciones  teníamos a nuestra disposición en el pueblo donde me críe, antes de que los nuevos edificios con ascensor llenasen su vacío.

Por supuesto, los clavos oxidados, los hierros del encofrado doblados o las astillas de las puertas de madera podrida, hacía que la antitetánica estuviese al orden del día.

Esos escenarios, esas imágenes, a otras personas les producen repulsión, siempre buscando paredes inmaculadas o ventanales luminosos. Sin embargo a mí me reconfortan y me atraen especialmente, quizás porque me llevan de vuelta a veranos en los que cada día era una aventura. Encuentro consuelo en que no soy el único que lo hace. Mi pareja siempre que puede, dirige el objetivo de su cámara a paredes desconchadas y puertas desvencijadas.

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Sin embargo, esa rara belleza se convierte en desconsuelo cuando visitas pueblos abandonados hoy en día. Gentes que optaron, como lo he hecho yo, en buscarse la vida al albor de la industria o los servicios urbanos. Los paseos por esos pueblos, abundantes en toda España, a menudo, son silenciosos. Tratamos de imaginar cómo sería la vida en los mismos. Donde tendrían los muebles o la cama. Qué animales tendrían en la cuadra o si un cercado derruido sería el gallinero o el aseo de aquella época. Los grandes hogares con chimeneas daban protagonismo a la estancia principal. Y las iglesias, hacen que te detengas para admirar como el abandono ha hecho mella en la otrora belleza arquitectónica del, casi siempre, edificio principal del pueblo en cuestión. Más aún, cuando ese pueblo ha sido cubierto por las aguas de un pantano y puedes visitarlo en veranos de gran sequía.

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Las tradicionales ferias de verano, recrean cómo era la vida en aquella época en la que el pueblo estaba habitado. Oficios tradicionales con vestuarios limpios para la ocasión y adornos por doquier. La próxima vez que vaya a uno de estos eventos, mientras empiezan con el ritual de la molienda, volveré a perderme entre aquellas casas y entraré a las derruidas para respirar aromas de sombra y maleza, antes de ir a comerme unas migas y un trago vino, eso sí.

 

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