Los crímenes de la abadía

Desde pequeño tengo fascinación por los monasterios. Quizás por haber crecido leyendo El nombre de la Rosa. Siempre que emiten una película cuyo escenario es un monasterio siempre  me las arreglo para convencer a todo el mundo y poner ese canal (aunque la haya  visto varias veces. Si está aderezado con algún misterio o asesinato, mejor aún). Si cae en mis manos alguna novela de dudosa calidad literaria pero con una portada con monjes franciscanos o claustros sombríos, suelo posponer la novela con la que esté en ese momento para zambullirme en su lectura.

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Repasando fotos encontré las de hace algún tiempo de uno de los más impactantes que he podido visitar. Al pasar la enésima curva, su figura esbelta te golpea sin previo aviso. Parada obligada para fotografiar cómo emerge desde el mar el Mont St-Michel. Al pasar el puente que la une a tierra y adentrarse en sus empinadas cuestas, te adentras en otra época.

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Si consigues que la aglomeración de visitantes con sus cámaras no te distraiga y no te deslumbre  los carteles de venta de souvenirs, el escenario de las novelas que yacen en tu cabeza se hace realidad. Imaginarte que las tiendas son tabernas y los vendedores siguen siendo los mismos tras siglos de intentar vender al peregrino cerveza, vino o huesos de algún santo.

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Una vez que escalas las escalinatas y llegas a la abadía propiamente dicha, la grandiosidad de las salas totalmente vacías y despojadas de adorno alguno, sí que te transporta a la novela de Umberto Ecco. En cada estancia, a la que tienes que llegar por enrevesados pasajes, puedes imaginar a Fray Guillermo de Baskerville  y Adso de Melk atravesando pasillos en busca de alguna pista que le conduzca al libro prohibido.

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El claustro de StMichel es una maravilla  soportada por cruceros que dan lugar a nuevos espacios, también vacíos. Pero quizás la luminosidad de los claustros se aleja de la oscuridad que trasmiten esas novelas en abadías con pequeños vanos, y siempre busco la sombría frialdad de los muros desnudos y la humedad de sus oscuras salas, a menudo estratégicamente poco iluminadas para intimidar al turista.

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Atravesar la sala capitular a la espera de algún novicio, ir en busca del herbolario, personaje perpetuo en cada ficción de este género, visitar las cocinas, los huertos o los scriptorium son algunos ejercicios de imaginación que suelo realizar mientras, sentado, aspiro el olor a incienso de alguna de las salas todavía vivas.

Me ocurre en cada monasterio que visito: el cercano y precioso Monasterio de Yuso con sus códices emilianenses, en el claustro de Silos, en el pequeño y agazapado San Juan de la Peña, cuando me alejo , suelo girarme, como Christian Slater en la escena final de la película homónima, consciente de las notas, a modo de glosas, he tomado al margen para entender esa parte de la Historia.
 

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