Aquellos domingos de chopera

Iba ataviado con pantalones cortos, camisa estampada, una gorra de Caja Rural y una chaqueta de chándal. No quise bajar la mirada por si el conjunto lo combinaba con sus eternos mocasines.

Armado con una espumadera y un capazo con verduras  delimitó la zona que, a modo de Mariscal de Campo había conquistado: una mesa a la sombra en una frondosa chopera. Era amigo de mis padres. No digo amigo de la familia porque ese título lo ostenta alguien de cuya amistad, nadie de la familia quiere hacerse cargo, y en este caso sí que era querido.

Detrás venía el séquito del resto de familia y amigos cargados con mantas y neveras. Las sandías rodando al igual que los balones y nosotros, como  buenos niños, dábamos patadas a ambos. De hecho, las mallas de cuerda de éstos últimos fueron la red que sujetaba la sandía cuando las sumergieron en el río, una suerte de frigorífico improvisado y sin Fresh Zone.

Recogimos palos secos por alrededor de la zona donde habíamos instalado el campamento que pronto ardieron. El aroma a humo en época estival reconforta y te traslada a épocas más frescas aunque haya un calor de justicia.

Los ingredientes se fueron sucediendo y el autor de la paella dominguera manejaba la cuchara sin parar ante mi estupor ajeno a la magia de que granos de arroz duro acabarían convirtiéndose en un meloso manjar. Todo el mundo intervenía para opinar sobre el sabor, la sal o incluso la falta de caldo. 

_A mi me gusta el socarrat, soltaba uno. _Por Dios, que no lo quemen, decían las que preparaban la ensalada. 

Porque esa es otra: hombres que no habías visto cocinar en la vida, cuando se trata de preparar comida de domingo, se avían el delantal, para pasar a ser estrellas, mientras que las resignadas madres, que nos daban de comer los otros seis días de la semana, les dejaban hacer.

Después de dar cuenta de paella, regándola con vino los mayores, y pescar las sandías de la cuquera del río, nos echaron a los pequeños a jugar con la pelota lejos para que ellos se echaran una rápida siesta. Qué pérdida de tiempo, pensaba entonces. Qué envidia pienso ahora. 

Y esa simplicidad para pasar un domingo que hoy en día intentamos recuperar con los amigos muy de vez en cuando, es lo que me evoca una mesa de hormigón en alguna zona recreativa que pasamos de largo para llegar a algún restaurante, a ser posible con chiquipark. Seremos bobos.

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