Vareando almendros

La fina neblina empezaba a disiparse. El frío me atenazaba y sin embargo tenía buen humor. Toda la familia pasaríamos el día recogiendo almendrucos.  

Tras colocar las mantas en el suelo, mi abuelo, sacando del carro la lata ( palo largo y recto que sirve para varear las ramas altas), comenzó a golpear con suavidad pero firmemente las ramas. Rápidamente nos unimos mi padre y yo con unas varas más pequeñas, mientras que el resto se disponía a revisar alrededor de las mantas o entre ellas los escurridizos almendrucos.

Moviendo las mantas y vareando uno tras otro, fue trascurriendo la mañana. A lo lejos, el sonido de motor nos adelantaba que en poco tiempo, hasta la más simple tarea agrícola sería mecanizada. Recogiamos variedades comunes que luego se pagaban a distinto precio: marcona ( la más apreciada), largueta, común…

A medida que las mantas pesaban, íbamos vaciandolas procurando retirar las ramas y hojas que caían, trasladándolo a cestos y, éstos, a sacos. A usados mil veces.

Al terminar el día, ayudaba a mi padre a atar los sacos con nudos precisos, cargarlos  en el carro, para bajarlos a casa, donde, con paciencia terminabamos de limpiarlos para dejarlos secar, extendidos,  hasta su venta.

Cultivos de subsistencia de pequeñas parcelas, siempre víctimas de heladas primaverales y recolección por esta época. Siempre recuerdo un puñado almendrucos en las alforjas para poder cascarlos con dos piedras y echarse un bocado en el campo.

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