Los que se quedan

Recuerdo que cuando los domingos volvíamos a casa, cargábamos el coche con las verduras que en ese momento ofrecía la huerta, habitualmente de invierno pues las de verano las saboreábamos allí mismo. Un capazo con patatas, cebollas y ajos, conservas y unas botellas de vino recién rellenadas del garrafón que descansaba en la bodega completaban la carga. El olor a huerta, siendo niños, nos mareaba  mucho más que las curvas.

Al marchar, dos figuras ancianas nos despendían, quedándose como guardianes de la esencia de la que nos llevábamos un pedazo, seguros de que su vida seguiría tranquila, hasta la próxima visita.

Hoy son nuestros padres los que nos despiden en la puerta, habiéndonos llenado el maletero con los mismos productos que hace años recogían ellos. Y nuestras hijas quejándose como lo hacíamos nosotros por el olor a huerta que llevábamos a casa. Supongo que en unos años lo relacionarán con la familia, el origen, la tierra de donde vienen.

En cierta forma siento envidia de esa imagen del que despide, viéndose reflejada en el espejo retrovisor del que se va. Sabedores de la figura de anfitriones que representan. Diciendo aquello de tanta paz llevéis como dejáis. Y mientras el coche se aleja, el silencio vuelve a reinar en las calles vacías, que mañana es día de escuela, algún perro ladra a lo lejos, última mirada al cielo para saber si esa noche helará, antes de cerrar la puerta tras de sí con dos vueltas.

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