La Venta del Agua

Atardecía cuando llegó a los Llanos, arreó a la yegua pues quería llegar a la venta antes de que anocheciese. Restos de nieve hacían presagiar que la noche sería fría. El ruido de los cascos en el barro se perdía en el susurro de las ramas de aquel robledal infinito moteado de hayas. Había recorrido en una jornada varias leguas para poder llegar a tiempo esa misma noche. Atrás había dejado a su hermana en Soto, a pesar de su insistencia en esperarla para subir al día siguiente con su marido. Bien casada con el hijo de un tintorero con taller propio en la entrada a una sierra camerana. Talleres para cardar la lana, para teñirla o tejerla proliferaban por el camino hasta los pastos en las zonas altas de la sierra, donde el ganado moraba con sus cuidadores durante el estío, buscando tierras las cálidas castellanas en época invernal.

Lejos había quedado una dura infancia trabajando en la venta que sus padres regentaban en el alto de aquella serranía en el paso de un valle al otro con parada de posta. Algo más cercanos el viaje a ultramar con doce años buscando un futuro más colorido con un hermano de su madre despensero de un buque mercantil. Reciente, volver a partir, esta vez como pasajero, en otro barco muy distinto al que llegó a una tierra hostil, como la que estaba acostumbrado, y quizás por eso terminó haciéndose un hueco a empujones en el negocio del algodón.

Llegó a la Venta del Agua con la noche bien entrada iluminando el camino una tímida luna oculta entre nubes de gasa negra. Un escalofrío le recorrió la espalda al ver la fachada con la tenue luz que salía de la casa. Llamó con fuerza mientras descargaba una alforja. Tardó en abrir un anciano con barba prominente y mirada huidiza.

          Buenas noches nos de dios.- Saludo el indiano esperando la reacción del padre.

          Frías noches para rondar por estos lares… solo.- Contestó con hosquedad sin reconocer al hombre que tenía ante sí.

          Busco una cama caliente para pasar la noche y continuar mañana camino.- Continuó con la farsa.

          Pase, pase, caliente no sé si estará pero tenemos varios cuartos vacíos. Llevaré la montura a la cuadra.

De buena gana pasó, buscando el calor de la lumbre que resplandecía la fondo. Recorrió la estancia con la mirada de aquel niño que corría perseguido por su hermana por aquella estancia. De pronto se encontró con una señora mayor, delgada y seca como la mojama con una cara arrugada y una miranda tan severa como la de su marido escondida en una sonrisa fingida.

          Buenas noches, ¿pasará la noche en esta Venta?

          Así es. No está la noche como para continuar mi viaje.- Se contuvo para no ir a abrazar aquella mujer otrora jovial y feliz, ahora prácticamente irreconocible.

          ¿Querrá echar un bocado? – Y, sin esperar respuesta, colocó un pedazo de paz rancio, un pedazo de queso de cabra y una jarra de vino, denso, algo avinagrado.

Se sentó y empezó a dar cuenta de la frugal cena mientras la ventera fue a buscar a su marido que, un momento antes le había llamado. Mientras refrescaba la garganta con aquel brebaje oscuro la pareja había rebuscado en la alforja que había dejado en la montura algún objeto valioso. Sólo encontraron pliegos de papel donde aparecían firmas y parecían importantes, pero no pudieron leerlo pues no sabían.

Entraron juntos y encontraron al visitante acabando la cena. Se levantó y sacó la bolsa de la alforja. Fue a pagar mostrando la bolsa que traía repleta de reales como presentación de su verdadera identidad de indiano con fortuna que volvía a casa, pero se encontró la mirada avara de su madre y la navaja cabritera de su padre insertada en sus costillas. No pudo pronunciar palabra pues una nueva estocada, esta vez en el pecho, silenció para siempre la voz del hijo que yacía a sus pies. Antes de que el vacío llegara a los ojos de aquel hombre, la señora quiso ver algo familiar en aquella mirada, pero su vista rápido se volvió a posar en la bolsa y una suerte de sonrisa se quiso formar en aquel rostro quemado por el sol.

Al amanecer se deshicieron del cadáver en un barranco que daba a un bosque cerrado donde, seguramente, las alimañas rápidamente harían desaparecer el rastro y el equipaje que no les pareció útil o valioso lo quemaron en la chimenea ennegrecida por el uso.

Todavía intentaban limpiar la sangre del suelo cuan. ¿Cuando llegó la hija llegó desde Soto con su marido? Salieron a su encuentro. Después de los abrazos y las caricias, les preguntó por un forastero que, seguramente, hubiera llegado la noche anterior. Ansiosa por desvelar el final de la historia, les describió al viajero, su yegua, las ropas y el sombrero que llevaba.

          ¿No lo habéis reconocido? – Les preguntó.

          No.- Contestaron al unísono y el temor sobrevino a sus rostros. ¿Quién era?

          ¿Era? ¿Ya se ha ido? Es mi hermano.

Un grito de madre rasgó el aire. Ambos asesinos se arrodillaron en el suelo con el rostro cubierto de lágrimas y le confesaron a su, ahora, única hija, su crimen.

Huyeron esa misma noche a lomos de la yegua de su hijo dejando una venta en llamas con la vergüenza y la culpa ardiendo como ardería siempre, mientras viviesen, el alma.

La hija de los venteros, volvió a teñir lana, olvidando para siempre sus apellidos y su origen. No volvió a ver la venta en la que se crió junto a su hermano asesinado por su propia sangre. Todavía hoy en día, en las faldas del Hoquín, unas ruinas invadidas por árboles y maleza, recuerdan la matanza de la Venta del Agua.

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