El libro

“En  cuestiones de cultura y de saber, sólo se pierde lo que se guarda; sólo se gana lo que se da”

Antonio Machado

 

Hacía tiempo que no subían al altillo de aquella vieja casa. Abrieron la puerta desvencijada y el olor a polvo,  a humo de chimenea y a recuerdos encerrados se coló por aquella escalera empinada. La única bombilla alumbraba la estancia a duras penas y daba vida  los bultos inertes a base de sombras. Les acompañaba la abuela que insistió en subir, pese al esfuerzo porque, según decía, la vida se le escapaba a cada suspiro, y quería echar un vistazo a lo que había sido la suya. Y como si quisiera retenerla, acariciaba cada objeto con las yemas de los dedos temblorosos.

Allí estaban las viejas vasijas que acabarían inexorablemente como parte de la decoración de alguna casa de campo. La radio antigua, de válvulas, que amenizó, a base de imaginación, las largas noches de su juventud. Unos butacones tapados con sábanas rasgadas a los que se les prometió un uso en el futuro. Se paró ante unos cuadros con el lienzo roto. Uno de ellos representaba la imagen de una Inmaculada descolorida. Llegaron al fondo, había que agacharse para poder pasar, donde se escondía un baúl de madera con algunas lamas rotas y  la sombra de lo que fue una cerradura. Al abrirlo encontraron fotos antiguas, alguna escritura más antigua aún de terrenos que hacía tiempo que la familia no cultivaba. La abuela sacó del fondo una bulto envuelto en trapos y anudado con un lazo. Se los llevó al pecho como si quisiera abrazarlos, suspiró y se dejó caer en uno de los tresillos. Abrió el fardo descubriendo un par de libros. El primero lo desechó sin apenas mirarlo. Era un formato relativamente reciente de Campos de Castilla y debajo apareció un tomo de Soledades, Galerías y Otros Poemas. ajado y amarillento. Una de las primeras ediciones Lo abrió y pasó las páginas lentamente y una lágrima afloro de esos ojos que habían visto casi un siglo y que jamás su familia vio llorar. Ya he llorado bastante, decía.

– ¿Qué pasa madre?- Preguntó preocupada su hija.

– Este libro…- Intentó arrancar a hablar. Pero la emoción le pudo.

– ¿Qué pasa con este libro?- Preguntó inquieto el nieto- ¿Es de un escritor importante?

Su abuela, conmovida por la ignorancia de una generación que había desterrado a la poesía a una estantería entre los libros de espiritualidad y viajes en cualquier librería, volvió a suspirar, esta vez con resignación.

– Hijo, este libro mató a mi padre, a tu bisabuelo.

– Madre- Le inquirió su hija.- No diga tonterías. Al abuelo lo mataron en la Guerra.

– En la Guerra sí. Pero no en combate.- Ante la mirada atenta de su hija y nieto, carraspeó y tomó aire con fuerza para viajar de nuevo a su infancia.

” El abuelo Fermín, como casi todo el mundo en el pueblo por aquellos años, se dedicaba a sobrevivir. Y gracias. Tenía un par de viñas pequeñas y un corrito de huerta. Solían ganarse el jornal trabajando para gente con dinero. Con hacienda. Cosechaban, podaban, labraban, antes de que las máquinas aparecieran.

                En los días del levantamiento, le llamaron para cavar una finca. Estuvo tres días trabajando de sol a sol. Pero cuando fue a cobrar aquel señor, ya viejo, casi desahuciado no tenía con qué pagarle. Don sin din, campana sin badajo, decía padre por tantos que, pese a tener apellido, habían perdido su fortuna. Como pago le dio un cuadro, ahí detrás lo tenéis- dijo señalando con el pulgar- y un par de libros de poesía. Para tus hijas, le dijo. El abuelo aceptó el pago, pese a que no sabía leer, esperando que las letras forjaran un futuro sin polvo ni cayos en las manos.

                Los hijos de aquel hombre, que terminaron en Madrid después de la guerra, maldita sea su estampa, cuando se enteraron del pago, acusaron al abuelo de robar el cuadro y los libros. Quizás por alguna riña antigua. Quizás por lindes ,vete a saber.  Éste avisado por unos parientes, los escondió en una alacena donde guardaban un par de sacos de harina para poder amasar sin dar explicaciones. Yo, que de siempre había tenido afición a la lectura, no pude reprimir la curiosidad de sacar uno de los libros, Campos de Castilla,  y pasaba las noches leyendo con una lámpara de aceite las desventuras de Alvargonzález.

                Una noche aparecieron en casa unos guardia civiles acompañados de uno de los hijos de aquel hombre. ¡En qué momento fue a cavar aquella maldita finca! Registraron la casa y encontraron el libro. Mi libro. No encontraron nada más.

– Venga con nosotros, Fidel.- Le dijeron los que le conocían.

– Espere que a que me ponga los zapatos.

– Allá donde va no necesita zapatos.- Le dijo un forastero socarrón. Y los demás bajaron la mirada.

                Padre nos miró con candidez, como despidiéndose, y, ante mis gritos de desesperación, me sonrió y me acarició la cara tratando de disimular el temblor  de su mano. Olía a miedo. Pero no dijo nada. Nos besó las manos, esas manos que como siempre dijo prefería que portaran libros que no haces de trigo. Y se lo llevaron En esos años, igual daba de qué color fueses, la envidia y el rencor se las guardaban hasta que tuviesen la oportunidad de dar el paseo a cualquier desgraciado, de noche, como cobardes.

                Y me quedé sin padre y con un libro llamado Soledades. Madre nos hizo prometer guardarlo y hacer caso a padre en llenar mi vida de libros.

                Así terminé siendo maestra y las letras cubrieron el vacío que aquellos malnacidos me dejaron. Con el tiempo encontré otra edición de aquel Campos de Castilla y lo empaqué como si tuviese miedo a que una noche volvieran a buscarlos. Que no vuelva otra guerra, hijos, que no vuelva…”

Al levantar la mirada encontró los ojos llenos de lágrimas de su hija y su nieto. Y fue ella quien las sonrió, como lo hizo su padre hacía ya ochenta años. Sabiendo que no todo estaba perdido.

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