Sabor a fiesta

Aunque ya están en los kioscos las colecciones  del otoño y llevamos varias noches forrando libros para la vuelta al cole, el verano se niega a desaparecer. Todavía quedan pueblos que apuran sus fiestas más tardías.

Os dejo uno de los artículos de la revista de verano de 12 Celemines.

Más veraniego que los paseos en bici o las noches a la fresca son las fiestas en los pueblos. Unos días en los que parece que todo está permitido: meterse a la cama tarde cuando eres niño; saltarse la dieta a base de almuerzos trasnnochados, comidas contundentes y cenas opíparas; gastar dinero que para eso son fiestas y encontrarte con un vaso en la mano a cualquier hora del día y de la noche.

El núcleo central en cualquier pueblo en fiestas está en la plaza del mismo donde las orquestas amenizan mediodías de aperitivos, tardes de terraza y noches de bailes hasta el alba. Sin embargo hay zonas satélites al ambiente de la plaza donde las fiestas se viven con una poco más de tranquilidad. Son los chamizos. Antaño numerosos, hoy menos concurridos, aunque siempre hay alguno que abre sus puertas al visitante y le ofrece un trago.

Los chamizos son lonjas o bajeras donde, los jóvenes, tratan de limpiar, decorar y llenar de todo tipo de muebles que mendigan por las casas o reciclan. Los mayores, suelen tener locales mejor acondicionados, pero la simplicidad siempre forma parte del decorado. Recuerdo que los días previos a fiestas se nos acumulaba el trabajo colocando bombillas de colores y un equipo de música prestado de algún hermano mayor generoso o despistado. Sólo faltaba una cosa: el zurracapote.

Un par de semanas antes de las fiestas, las carretillas se apiñaban en la cooperativa portando garrafones con el que retirar el clarete que se servía sólo en esas fechas. No se veían coches. Sólo carretillas. Llevábamos los cupones que correspondían a una cántara de vino (16 litros) por cada uno.


Cada uno tiene su propia receta. Cada uno sus recipientes y utensilios, y cada cuadrilla tenía una bodeguita, un merendero o un chamizo donde elaborarlo.

A nuestra cuadrilla nos lo enseño a hacer el tío de dos de los miembros: Chuchi. Hombre menudo de bigote poblado, andares amplios y una sonrisa siempre en el rostro, con su eterno pañuelo con nudos en la cabeza cuando llegaban las fiestas.

Tomamos nota de las medidas, mientras nos las enumeraba. Algunos, decía, le echan melocotón. Yo no, concluía muy ortodoxo él. Sus recios brazos removían el líquido con delicadeza mientras estrujaba los limones para que soltasen todo el jugo. Y al cabo de un rato, dejamos preparado un bidón que no llegaría al final de fiestas a base de rellenar porrones.

1 cántara de clarete ( medida antigua que corresponde a 16 litros)

2 kg de azúcar

2 ramas de canela hervida en 1/4 de litro de agua

4 ó 5 limones.

Disolver el azúcar bien en el vino y mezclar el resto de ingredientes. Dejar reposar al menos un día.

Esta es la receta que aprendí de él ( aunque esta vez le hemos echado melocotón). Sencilla. Con sabor a la tierra, olor a pólvora de cohetes y sonido de pasadobles y jotas.

Espero que la disfruten.

Disfruten de las fiestas.

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