Tiempo de Otoño

Os dejo un texto de Jose Manuel Ugarte, nuestro colaborador celeminero de la edición de Otoño de la revista 12 Celemines. Nostalgia a punta pala.

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Los espantapastores. Los tonos malvas y amarillos abren la puerta a un final y a una entrada. Pasear por los montes y ver los prados y las laderas con esos colores, nos recuerda lo que llega, el otoño; mientras el verano, como todos los años, nos comienza a enseñar la mano para despedirse hasta su siguiente aparición. El tránsito, como todo en la vida, es lento, con cadencia, pareciéndose a ese amigo que siempre va a venir y nunca llega, hasta que un día, de repente, sin avisar y sin que lo esperes, llama a tu puerta y te da la sorpresa.

Tiempo de trabajo en los campos, de vendimia, de agitación en la ribera del Ebro, de nervios, de miradas al cielo no sabiendo si se quiere agua o no, de irrupción de tractores y remolques con su preciada carga por las carreteras haciendo más incómodo el diario trasvase de personas y automóviles, de bodegas abiertas casi las veinticuatro horas del día, de excitación en la población y, hasta hace poco tiempo, de trabajo familiar, donde toda la familia arrimaba el hombro, todos “echaban una mano”, tiempo de vacaciones extraordinarias, “tengo vendimia”, se decía en fábricas o empresas.

Pero no solo de vendimia vive el campo. Se limpian las eras, se prepara el barbecho; es  tiempo de sementera que vendrá tras la vendimia. O eso dicen y cuentan los mayores que sucedía en su infancia y juventud. La dureza del trabajo de guiar la yunta o esparcir el grano cargándolo al hombro, se aprecia en encorvadas espaldas y duras y callosas manos.

Y, como no, tiempo de fiesta. Siempre celebrar. Una buena cosecha y lo contrario. Los pueblos que todavía no las han celebrado, se esmeran en acabar el verano como se lo merece. Tiran el cohete en un desesperado intento de alargar el tiempo de verano que se escapa entre los dedos como el agua. Aun así, las celebraciones se prolongan en el tiempo hasta que la capital quincallera por excelencia echa el cierre a sus días de jolgorio y asueto.calcetines

Para los que vivimos en la ciudad, es tiempo de conserva. Pasear por las calles de nuestros pueblos y ciudades es afinar el olfato. Tomate, mermeladas, membrillo, todo es envasado y preparado para que durante el invierno desaparezca, más como un recuerdo y para mantener una tradición que por real necesidad. Pero el rey de la conserva, ha sido, es y será, el pimiento. Por cientos se compraban y se compran en los mercados y por cientos se asan, se limpian y se embotan. Recuerdos de la infancia, cuando toda la familia en aquel SEAT 124 color marrón, matrícula LO-31875, encaminaba sus pasos a lo más profundo de la sierra riojana. Las discusiones por saber quien ocupaba las ventanillas acaban siempre de la misma manera. Los dos mayores; en el centro los pequeños. La edad, en aquella época, todavía valía para algo. Anguiano nos recibía. Allí, con el Toso, el Ceto y Jesús, se dirigían nuestros pasos hacia el término “Las Aguas”, justo en el camino que hay antes de Puente Roñas a la izquierda, mucho antes de llegar a “El Hospital”; allí, donde el camino cambiaba de lado y al lado del río, el fuego, como en rito salvífico, devoraba las maderas puestas por expertas manos y, en la lumbre que quedaba al final, los pimientos comenzaban su tránsito; hechos ya, según la experta visión femenina de madre, catorce manos se encargaban, a considerable velocidad, de limpiarlos; el traspaso a los botes se hacía en casa y también su posterior cocción para preservarlos y consumirlos durante el invierno. Una semana duraban en los dedos ese tono oscuro y, sobre todo, el olor. Orgullo de decir en el colegio: “ayer, estuvimos asando pimientos”. Recuerdos de los amigos riéndose de uno, pero, cuando la ocasión se terciaba, como  devoraban los cabrones el producto del trabajo familiar.

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Tiempo de otoño. Además del título de un disco de José Luis Perales de finales de los setenta de la pasada centuria, tiempo de fuego; tiempo de lectura; tiempo de pacharán; tiempo de frío;  los fríos y las lluvias serán compañeros de nuestro devenir diario.

Tiempo de fuego. Nada mejor que acercarse al fuego; instalarse al lado de la chimenea y observar el fuego. Dejarse llevar por su magia, sus colores. Atizarlo, poner más lumbre cuando se acaba la madera.

Tiempo de lectura. Nada mejor que un buen libro para acompañar esos días en que no se puede salir de casa. En este caso y normalmente, en fin de semana; días en que las calles de nuestros pueblos y más los de la sierra, muestran un aspecto desolador. Calles vacías, el frío dueño y señor de las mismas como amenaza a todos los que osen ponerse en su contra.

Y, como no, tiempo de pacharán. A ser posible de endrinas cogidas justo antes del Pilar del año pasado y dejadas macerar con anís. Esa recogida que antaño fue motivo de otras excursiones familiares alrededor de la villa de los zarrios, donde, según contaba el Ceto, “estaban los mejores endrinos del mundo… y no hay más que decir”.

Y como no, el otoño, como todas las estaciones, tiempo de espera.

Imanol Joseba Isla Pero.

NOTA: habitualmente, en el otoño, sobre todo en sus inicios, se debe producir una explosión de colores en la naturaleza. Árboles, campos, vides, etc. explotan en diferentes colores otorgando a las personas que se acercan una amplia paleta de colores. Lamentablemente, o no según se mire, para algunos no existen, como el que suscribe estas líneas, ya que poseemos esa alteración en la vista llamada daltonismo que nos impide disfrutar de todo eso que los demás dicen que se ve, pero que no sé yo si será verdad.huggi3

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