Walden y el Black Friday

Es curioso como las antítesis aparecen sin esperarlas. Estoy inmerso en la lectura de Walden, de Thoreau, escritor y naturalista norteamericano que dejó su vida en sociedad para pasar dos años en una cabaña construida por el mismo cerca del lago Walden viviendo con lo mínimo. Es una lectura amena y, aunque revisable debido al siglo y medio que nos separa, que te hace reflexionar sobre lo que estamos dispuestos a pagar o endeudarnos por ciertos objetos o servicios que podríamos evitar o fabricarlos nosotros mismos.

Estaba, como decía,  con el bueno de Thoreau, mientras me bombardeaban en el teléfono con ofertas del Black Friday. Escuché una vez que la publicidad son las técnicas para hacernos comprar cosas que no necesitamos, incluso que aborrecemos, con el dinero que, muchas veces, no tenemos. Y en este caso, hay que reconocer que esa publicidad funciona muy bien, autoalimentándose de tal manera que la previsión de exageradas cifras de ventas hace que esa previsión sea publicitaria en sí misma, y te anima a ser uno de esos que se abalanza sobre bienes en grandes almacenes o a través de la compra online ( toda una trampa por la falta de reflexión previa). Artículos, por cierto, que han sido encarecidos en las semanas previas, para poder aplicarles un descuento con las letras bien grandes para que piquemos. 

Aún así, le daría una oportunidad, si esas reglas pudieran jugar a nuestro favor, aunque lo dudo. En los informativos, dicen que cada español se gastará en el Black Friday 150€. Me recuerdan a cifras de las rebajas navideñas de hace años. 

En esos mismos informativos, para terminar el reportaje sobre este viernes negro, hacían un seguimiento de un paquete que recorre Madrid en menos de dos horas tras haber hecho el pedido online. Al abrirlo, resulta que es una consola de juegos, la chica que lo recibe se entusiasma y el reportero termina diciendo: “… Y el paquete llega a su destino… Justo a tiempo…”

Me pregunto en qué clase de sociedad nos estamos convirtiendo para que necesitemos que una consola de juegos nos llegue a casa en menos de dos horas. Menos mal que nos llega a tiempo para pasar la tarde jugando. Sino, igual nos da por abrir un libro.

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