Aquel invierno

IMG_20171208_121753_237El coche ya patinaba por aquella maldita pista. Quién coño me mandaría ir hasta aquí. Y menos con este coche. Pero ya no me podía dar la vuelta.

El día anterior mi madre me había llamado pidiéndome un favor: “Mañana cuando salgas de trabajar, que los viernes sales pronto, sube al pueblo a por tu abuelo y bájalo a casa. Que han dado en el telediario que va a caer una buena.” La previsión era de alerta naranja por nieve.

Así que, por la tarde al salir del trabajo, me dirigí con mi coche, un Seat Ibiza del 2003, dirección a Santa Marina, para luego seguir la pista que me acercaba a El Collado. Y en éstas que estaba pasando Murillo cuando empezaron a caer los primeros copos de nieve sobre el parabrisas. Pasando Ventas parecía que amainaba, pero en Jubera, de nuevo, empezó a nevar con bastante intensidad.

El coche consiguió subir por la empinada carretera que llegaba a Santa Marina. Desde el desvío hacia El Collado se veían varias construcciones cubiertas por una fina capa de nieve que prometía espesar. Justo cuando iba a tomar la pista que me alejaría del civilizado asfalto, cruzó delante de mi coche un paisano, tapado por un tabardo de pana, un gorro de lana y sujetando un paraguas con una varilla salida que, a duras penas, ayudaba a protegerse de la nieve que le golpeaba la cara con insistencia.

  • ¿Qué se te ha perdido por aquí, majo? – Me preguntó, reconociéndome cerrando el ojo izquierdo lleno de copos.
  • Voy a buscar a mi abuelo. Martín, el de El Collado No lo habrás visto, ¿verdad?
  • Pues hoy no lo he visto. Otras veces suele venirse a esperar a que alguien le baje. Pero ya vas tarde. Se va a poner muy feo. Anda, date la vuelta y, cuando pasen con la quitanieves, les digo que abran camino hasta el Collado.
  • Mejor voy yo. Si no, no sabes cómo se va a poner mi madre.
  • Hala, pues date vida.

Y me la di. Vaya si me la di. Hasta que el coche empezó a patinar por aquella maldita pista. Los limpiaparabrisas ya no daban abasto. A pesar de ser media mañana, parecía como si la noche se hubiera echado sobre el camino y la nieve empezaba a cubrirlo. Decidí parar a colocar las cadenas, que siempre llevaba en el maletero, aunque fuera verano. Las compré el mismo año que el coche junto con una Guía Campsa. La guía la había usado una vez. Las cadenas todavía llevaban el precinto de seguridad. Con una pequeña navaja de llavero que encontré en la guantera conseguí cortar la brida que impedía que se abriese y ponerme a buscar las instrucciones en el interior pues las de la tapa, debido a los roces, se había borrado prácticamente en su totalidad. Intuí como debían ir colocadas en las ruedas y parece que acerté porque diez minutos más tarde, avanzaba con más seguridad por aquella vereda.

Por fin llegué a El Collado. El pueblo estaba completamente blanco. La nieve se empezaba a acumular en los laterales del camino. Dejé el coche

Me costó situarme. Hacía mucho que no subía por allí y menos con nieve. A pesar de lo pequeña que era la aldea, el color blanco uniforme despistaba a cualquiera. Fui directo a la casa de mi abuelo. Comprobé que salía humo de la chimenea y pensé aliviado que por lo menos alguien habría en casa.

Una figura se asomó por la ventana cubierta por el vaho.

  • Julián, ¿qué narices haces aquí, hijo? – Me dijo cuando abrió la puerta. Era increíble cómo este hombre podía expresar ternura y desprecio en la misma frase, con el mismo gesto.
  • Me ha mandado mi madre a buscarte. Creía que había dejado recado en Santa Marina. Venga, prepara una bolsa para irnos. – Dije tiritando mientras me soplaba las manos cerradas sobre sí mismas.
  • Pasa y caliéntate, anda. – Me invitó, mientras me abrazaba y besaba en la frente.

La verdad que lo agradecí. Casi no reconocía aquella casa a la que no subía desde hacía años. No era muy espaciosa. Algo más que el salón de cualquier piso de cualquier ciudad. Había una chimenea en un lado de estancia y una cocina de leña en el otro. A pesar de que el viento se colaba por las grietas de la puerta, la sensación térmica era muy agradable después de habérseme quedado congelados los dedos para poder colocar las cadenas. Me acerqué a la chimenea y coloqué las manos como imitando a los que vemos en las películas frotándolas con brío. Comprobé el móvil. No tenía cobertura ni datos. Me lo guarde en el bolsillo de nuevo.

Al poco apareció en la sala un perro que se me echó encima babeando. Lo acaricié con cariño.

  • ¡¡Bucesta!! – El nombre se lo pusimos mi hermana y yo porque nos hizo gracia al escucharle a mi abuelo nombrar el pueblo cercano. La última vez que lo vi era un cachorrito. Ahora era un abuelete. Después de tanto tiempo, aún me recordaba.

Me acerqué con él a la chimenea. Parece que él lo agradeció

  • Abuelo, venga, no te quedes ahí. Prepara la bolsa y vámonos. Que se nos va a echar la noche.
  • Yo creo que no nos vamos a ningún lado. – Respondió mientras se acercaba con dos troncos pequeños que echó sin miramientos al interior de aquella chimenea que me estaba volviendo a la vida.
  • Pero ¿qué vamos a hacer? – Pregunté ingenuo como si no supiera la respuesta.
  • Esperar a que pare de nevar y que abran paso. – Contestó tranquilo. Demasiado tranquilo. – Mira ahí fuera.

Me señaló el coche ya cubierto de nieve casi hasta un palmo de las ruedas. Los laterales del camino por donde había llegado no se distinguían de la propia pista y el coche se había quedado orientado hacia el pueblo en vez de hacia el camino. ¡Hay que ser imbécil!

  • ¿Y mi madre? Piensa que hemos bajado. – Me quedé helado pensando lo preocupados que estarían
  • Tu madre… – Se quedó pensativo durante un instante. – Ponte abrigo. Vamos a llamarla. Cogió un juego de llaves de un tarro situado en la repisa de la entrada

Me abrigué, tal como me dijo, y salimos al exterior. Aunque con dificultad, aún se podía andar hundiendo los pies hasta el tobillo. Avanzaron hasta la casa más alejada del pueblo recientemente reformada y que pertenecía al nieto de un antiguo habitante, maestro en Zaragoza, y que les gustaba pasar parte del verano y algún puente por esta zona. Le dejaban las llaves a mi abuelo por si fuera necesario

  • Vaya, ¿y se vienen al culo del mundo a pasar las vacaciones? – Repliqué como si me ofendiera un gusto tan simple
  • Pues antes ya te gustaba. – Noté una cuchillada en mis recuerdos.
  • Antes. – Contesté avergonzándome mientras lo pronunciaba. Recordé aquellos veranos en el pueblo, haciendo excursiones, ayudando a mi abuelo a echar de comer a los animales, disfrutando de la naturaleza hasta que un día, la adolescencia entró en mi vida renegando de mis orígenes hasta tal punto que no volví a pisar el pueblo. Mis padres seguían visitando el pueblo, pero cada vez con menos asiduidad, y mi abuelo cada vez necesitaba menos y sus viajes a la ciudad, cesaron.

Por fin llegamos a la casa, sencilla. Quitamos un tablero que impedía que la nieve se colara en el interior y mi abuelo abrió la puerta y encendió una linterna que llevaba consigo. El espacio era muy sencillo. Justo en la entrada estaba el teléfono, que según me explicó, estaba conectado de manera inalámbrica desde Munilla. Afortunadamente, habían pasado unos días las pasadas Navidades y el inalámbrico todavía seguía cargado. Marcó el número de mi madre. Le explicó que se quedarían hasta que la carretera estuviese despejada. Justo a media conversación el teléfono dejó de funcionar. Presionó el botón de encendido varias veces y, ante la falta de respuesta, decidimos salir y cerrar la puerta tras nosotros, colocando de nuevo el tablero en su sitio. Volvimos a la casa en silencio. La nieve cada vez caía con más intensidad, los copos eran más grandes, el cielo era cada vez más oscuro y el frío, más intenso. Al llegar a la casa de mi abuelo, eché un vistazo al coche donde la nieve ya hacía copete.

Entramos en casa, de nuevo al calor de la chimenea. Decidimos traer madera desde la leñera que había en el patio. Despejamos la nieve con una pala haciendo una especie de sendero que nos llevaba hasta un cobertizo donde la leña cortada con el buen tiempo se había ido secando. Allí, perfectamente apiladas, había una infinidad de troncos hechos cuñas. Llenamos los cestos que llevábamos dos veces y los volvimos a apilar en un rincón al lado de la chimenea de la sala principal.

Mi abuelo se sentó, visiblemente cansado en uno de los butacones que presidían la estancia y yo hice lo mismo, más preocupado que cansado. Volví a comprobar el móvil. Seguía sin cobertura y la batería estaba a punto de agotarse. Me pregunté cuándo saldríamos de allí. Un escalofrío me recorrió la espalda, pero no fue de frío, sino de miedo a quedar atrapados, solos.

Me levanté nervioso y limpié el vaho de la ventana y comprobé que la noche se echaba sobre el pueblo. Serían las seis de la tarde. Tocaba esperar. Di vueltas por la estancia sin saber qué hacer. Hasta que mi abuelo, me invitó a sentarme y me preguntó por mi vida, el trabajo, si había alguna chica. Una conversación trivial pero que me ayudó a relajarme.IMG_20171207_141454_249

Tras un rato de charla contemplando las llamas, había perdido la noción del tiempo. No uso reloj y siempre miro la hora en la pantalla del móvil que, hacía rato se había apagado. De repente mi abuelo, decidió levantarse a preparar la cena. Pasaron hasta la sencilla cocina. La cocina de leña mantenía la estancia caldeada. Al fondo había un frigorífico de butano, al igual que una cocina, también de gas, que sólo usaba con el buen tiempo y cuando limpiaba de cenizas la cocina de leña, generalmente por las mañanas.

Metió algo de leña en la cocina económica y llenó con agua una cacerola bastante usada con unos motivos de flores en el exterior y la colocó cobre la chapa. Al poco empezó a hervir y troceó un puerro, una cabeza de ajos, un par de zanahorias pequeñas y un pimiento secó que colgaba de una viga. Le añadió un poco de sal y al poco tiempo un aroma a casa de la abuela invadió toda la estancia y recodó a mi estómago que todavía no había comido. Se me había olvidado completamente mientras me preocupaba por mi situación.

Colocamos en tosca mesa de la cocina un par platos hondos para la sopa, una hogaza que había metido al horno un poco antes y que ahora crujía mientras la cortábamos con un cuchillo para acompañar a una rastra de chorizo y un pedazo de queso que mi abuelo había sacado.

  • Pruébalo a ver qué te parece. Es el primero que abro este año. Había estado gastando lo que quedaba del año pasado.
  • Espectacular, abuelo. – No lo dije movido por el hambre. Sino porque realmente estaba muy sabroso. Al igual que el queso fresco. Recién hecho. No podía imaginarme una cena mejor.

Después de dar cuenta de la cena, volvimos a los butacones y alimentamos el fuego con un par de troncos más. Ésos durarían toda la noche, me aventuré. Bucesta se acurrucó frente al fuego en una manta con restos de pan que había cenado. Mi abuelo tomó un libro que tenía en una mesa cercana y comenzó a leer. Me indicó que me sirviera, si me apetecía, de una librería con puertas de cristal que siempre me había pasado desapercibida. Allí encontré clásicos, best sellers españoles e internacionales, novelas del oeste de Estefanía. Para un lector voraz como era yo, encontré fascinante esta faceta que desconocía de mi abuelo. Escogí La Montaña Mágica de Mann porque me peareció oportuno y cuando me dirigía a la butaca, comprobé que mi abuelo se había quedado dormido con el libro sobre el pecho. En el lomo se podía leer el nombre de la autora Camila Lackberg y el título era más apropiado todavía: Tormenta de nieve y aroma de almendras.

Cuando comprobé que los ojos ya no seguían la lectura, sino que se cerraban buscando descanso, desperté a mi abuelo para ir a la cama. Echó otros dos troncos en la chimenea y cerró las puertas para evitar que durante la noche saliera alguna chispa peligrosa. El baño se situaba en la pared contigua a la chimenea por lo que estaba atemperado, aunque no con el confort de mi casa de la capital. Subimos al primer piso que se dividía en dos habitaciones y una escalera que llegaba hasta el altillo, donde todavía se adivinaba el olor a embutido. Me asignó la habitación que utilizaban mis padres cuando venían a pasar algún fin de semana o en verano. Estaba encima de cocina y la cama colocada junto al tubo de la chimenea de la cocina económica, por lo que la temperatura se mantenía agradable.

Me había dejado un par de mantas y un pijama de franela de mi padre sobre la cama, así que me lo puse dejando la ropa en la silla que, junto a la mesa y un pequeño armario, componían el mobiliario de la habitación. Con el calor del pijama, las dos mantas y toda la ropa de cama, imposibilitando cualquier movimiento me dejé llevar por el sueño como descanso de un largo día.

Lo primero que escuché al alba fue el sonido metálico de provenía de la cocina. La luz entraba por las rendijas de las contraventanas de madera. No me atrevía a salir de mi escondite porque cada bocanada de aire se convertía en vapor al salir de mi boca. Reuní el valor necesario para acercarme la ropa a la cama y vestirme al abrigo de las mantas. Abrí la contraventana y no pude ver mucho por la nieve acumulada en el alféizar. Bajé las escaleras aterido de frío y me encontré que mi abuelo estaba ventilando la estancia. ¡Con el frío que hacía! Mientras yo me decidía a salir de la cama, había quitado la ceniza tanto de la chimenea como de la cocina y la había depositado en un caldero metálico. Me asomé por la ventana para ver si había despejado el tiempo y el espectáculo fue una mezcla entre maravilloso y terrible. El coche estaba completamente cubierto por la nieve después de casi veinte horas nevando. El blanco grisáceo de la misma hacía que toda la superficie careciera de forma definida y sólo se atinara a distinguir los árboles y las casas altas. Había construcciones pequeñas, como chozas, construidas en pendientes, que parecían parte de la misma ladera. Seguía nevando y el cielo seguía gris.

El olor a café recién hecho me trasladó de nuevo a la casa. Me acerqué a la mesa frotándome los brazos congelados. Mio abuelo cerró las ventanas y me colocó delante una taza de café humeante con un bizcocho algo reseco pero que tenía muy buen sabor. Sin embargo, el olor que provenía de la leche que se estaba calentando en el cazo era asqueroso. Al poco me di cuenta de que esa leche era de cabra. Cuántas veces había rebañado ensaladas con queso de cabra, pero este olor era demasiado fuerte.

  • Pues esto es lo que hay. – Zanjó mi abuelo llenándose un cueceleches con migas de la hogaza que sobró el día anterior, y a la que añadió un par de cucharadas de azúcar.

Después de reunir el valor de darle un trago al café con aquella desagradable leche, me di cuenta de que el sabor no era tan fuerte como el olor. Así que desayunamos en silencio, hasta que mi abuelo terminó el suyo.

  • Mira por donde me vas a venir de perlas. – Me dijo mientras salía por la puerta principal. – Hay que quitar la nieve de las placas. Sino no hay luz.
  • Mira a ver lo que estás pensando que en cuanto venga la quitanieves me doy la vuelta y me marcho.
  • Puedes esperar sentado.
  • ¿Cómo?
  • ¿Tú te crees que con los kilómetros de carreteras que hay que limpiar, van a despejar este camino hoy? Con suerte será mañana o el lunes. Una vez estuvimos una semana incomunicados. Entonces no había ni teléfonos.
  • Esto es el colmo. Pues me voy andando a Santa Marina.
  • Es una opción. Pero con la ventisca que hay lo mismo te quedas por el camino. Haz el favor y espera a que despeje y vemos qué se puede hacer.

Así que me enfundé unos guantes y un gorro, me calcé unas botas de agua que tenía mi padre en el armario y trepé por la escalera para retirar la nieve de las placas y el resto del tejado. Mi abuelo aprovechó que tenía mano de obra para despejarla entrada y el camino que llevaba a la cuadra donde estaban los animales. Llegó detrás mío y abrió la puerta de la choza donde estaban unas cabras culpables del mal sabor de boca que tenía desde la mañana. No me atreví a entrar, pero desde la puerta vi como mi abuelo esparcía cebada en los pesebres. En otra choza contigua, el cacareo de unas gallinas presagiaba una cena de huevos. Allí sí que entré y, aún con miedo, recogí media docena de huevos, algunos blancos. Mi abuelo les terminó de echar maíz y las hojas sobrantes de la berza que nos comeríamos a medio día. Para terminar la ruta, nos acercamos a ver los corderos que habían nacido semanas antes, y que se amamantaban con sus madres, en una choza más alejada pero resguardada del fría por una especie de pared natural de roca donde se mezclaba el blanco de la nieve y el verde amarillento del musgo.

Les llenó los pesebres de comida y me mandó, con un caldero, llevar agua hasta los bebederos. Era increíble cómo se mantenía el calor en aquella cuadra. El calor, y el olor. Todo esto tenía un sabor, un olor, un tacto extremo, pensé mientras volvíamos para la casa. Quizás, pensé, nos hemos acostumbrado a un sabor neutro y esterilizado y nos hemos olvidado a qué sabe la leche y que los animales huelen a … a animal.

Nada más llegar, mi abuelo se entretuvo en la cocina y yo, me propuse encender la chimenea. Al ver la llama trepar por entre los palos y luego alcanzar un tronco y empezar a quemarlo, me hizo sentir fuerte. Con poder. Acostumbrado, como estaba, a llegar a casa con una temperatura de confort prefijada. Era como si hacer algo con tus propias manos nos humanizara, incluso diese sentido a tareas que habían dejado de ser cotidianas.

Al ver que la chimenea ya tiraba una llama considerable decidí acercarme al coche con la pala para desenterrarlo. Estuve una media hora limpiando el coche y toda una zona alrededor dispuesto a huir de allí tan pronto como la quitanieves apareciera. Cuando di por concluido el trabajo, más por el dolor en los dedos de manos y pies que por la superficie despejada, me refugié en la casa yendo directo a la chimenea a calentarse.

  • Habrá que ir a por combustible. – Me gritó mi abuelo desde la cocina.

Así que, como el día anterior, hice varias incursiones a la leñera para no tener que salir en lo que quedaba de día. Al entrar el último viaje, un sonido de cacerolas me llegó desde la cocina. Mi abuelo preparando haciendo un cocido de garbanzos y berza y unas costillas de cordero. El olor de la berza y a cordero de pasto, me produjo náuseas. Una vez más, ese olor, mucho más intenso al que no estaba acostumbrado me repelía. Sin embargo, en el plato me supo a gloria. Todo ello regado por vino que, mi abuelo siempre compraba en Murillo, las pocas veces que bajaba de su retiro de eremita. Con libros y vino, según decía, aguanto el peor de los inviernos. De la leña me encargo yo.

Después de comer y recoger la cocina -para eso mi abuelo era muy escrupuloso- nos dejamos arropar por esos tresillos y una mantita de lana. Bucesta optó por quedarse cerca de la cocina de leña allegando las costillas que habían sobrado. De este modo pasamos la tarde, durmiendo, leyendo y charlando. Él me contó como decidió venirse a El Collado después de morir mi abuela. Cómo ya no le interesaba la vida de gente que va tan deprisa que ya no sabe ni la dirección. Así que un día decidió echarse al monte a degustar esa vida tranquila, quizás demasiado en una época de su vida donde quería que el tiempo pasase lo más lento posible. Vivir de lo que le da la tierra y puede cultivar o de los animales y puede elaborar: verduras, leche, queso, huevos, miel, setas, carne.

Yo hablé poco. Prefería escuchar. Hay gente que es narradora nata ya sea por su tono, sus gestos o la cadencia con la que se expresa. El resto, mejor haríamos en escuchar. Así empecé a descubrir a mi abuelo. Cambiando la idea que tenía de él por los malditos prejuicios. Descubriendo a la persona que ama la tierra y ha optado por otra forma vida, aunque sea al final de la suya.

Y así nos atrapó la noche. Una noche gélida como pocas que recuerde. Los huevos que había recogido por mañana nos ayudaron a sobrellevarla y después de cenar, una copita de pacharán, que elaboraba con las endrinas que los montes cercanos. Parecía como si todo lo que necesitaba ya lo tuviera allí. Sólo faltaba elaborarlo. Y para eso tenía su tiempo. No necesitaba más. Una suerte de Thoreau moderno en su Walden particular.

Así que, con estos pensamientos, me dirigí a la cama donde encontré descanso a una jornada para nada exhausta.

Tan rápido me quedé dormido que no me percaté de que no había cerrado las contraventanas y las primeras luces del día me despertaron con una luminosidad espectacular. Esta vez me lancé a mirar por la ventana y comprobar como un cielo despejado estaba pintado de un azul intenso que contrastaba con el paisaje completamente nevado.

Bajé a la planta baja a la vez que mi abuelo y le ayudé a preparar el desayuno. Hice un esfuerzo para no torcer el gesto por el sabor de la leche. Después del desayuno, decidí ir a echar a las cabras y las gallinas. Recoger los huevos que habían puesto comprobando que no todas ponían debido a las pocas horas de luz, como me había explicado el día anterior. Al salir, el calor del sol sobre el rostro anunciaba que el temporal había pasado. Seguíamos aislados. Seguíamos sin cobertura, pero las vistas eran dignas de un cuadro. Sobre todo, noté el silencio. Se podía escuchar hasta las gotas del deshielo deslizándose por los carámbanos de las tejas. O la nieve al caer de una rama. Se escuchaba todo y, a la vez, no se oía nada. Una vez, en la fábrica en la que trabajaba, las máquinas se pararon a media mañana. Estuvieron paradas toda la tarde y el silencio era insoportable. Nos hemos acostumbrado al ruido que se ha normalizado, pensé.

Volvía a la casa a llenar la leñera de nuevo, cuando, precisamente, un ruido, hizo que me volviese en dirección a la carretera por donde había entrado al pueblo dos días antes. Bucesta empezó a saltar como un loco, girando sobre sí mismo y salpicando nieve mientras corría hacia aquel sonido mecánico que se acercaba. Al poco una nube de humo inundó la última curva antes de entrar al pueblo seguido de un rugido que empujaba nieve hacia… mi coche. Antes de que me pudiera dar cuenta, mi coche estaba completamente cubierto de nieve echando por tierra todo el trabajo del día anterior, incluso empeorándolo. Era un tractor al que habían acoplado un apero de quitanieves. Me sorprendió no ver el típico camión con sal, pero la pista por la que había pasado tampoco era la típica autovía.IMG_20171208_114922_440

Salió mi abuelo y saludó conductor, al quien, al parecer, conocía de situaciones similares. Me incorporé a la conversación cuando mi abuelo le invitaba a tomar un café en el interior. Tras la pausa, el tractor continuó su recorrido por los pueblos de la zona. Ahora iría dirección Zenzano por lo que volvería a pasar por el camino dejándolo medianamente practicable, me animó.

Tras despedirme de nuestro salvador, me apresuré a retirar la, ahora, mayor cantidad de nieve que había en torno al coche. Mi abuelo me echó una mano, algo desganado. Al acabar, entró al interior de la casa. Yo me afané por terminar de limpiar la zona donde daría la vuelta. Una vez despejada, me metí en el gélido interior de aquel coche al que le costó arrancar tras varios intentos. Cuando lo hube puesto en marcha, subí la temperatura del termostato. Qué fácil, pensé, y lo dejé en marcha mientras entraba a buscar a mi abuelo. Lo encontré tratando de encender la chimenea.

– Pero, abuelo, vamos a casa.

– Hijo, ya estoy en casa. – Contestó. – Lo peor ya ha pasado. No te preocupes.

No me dejó insistir. Me acompaño al coche junto con Bucesta que no paró de ladrar hasta que le acaricié la cabeza. Me dio una bolsa con un bizcocho recién hecho, la media docena de huevos que había cogido esa misma mañana y un par de rastras de chorizo. La leche, me dijo, la dejamos para otro día.

Reímos mientras me abrazaba y le planté un beso en aquella cara mal afeitada que le hizo humedecer los ojos. Me animó a visitarlo con más asiduidad a lo que le respondí desde la sinceridad más absoluta que vendría cada vez que pudiese, pues había encontrado la dura belleza, el ruidoso silencio, la soledad más acogedora en la tierra de mi familia.

Llegué a mediodía a casa de mis padres que me esperaban impacientes. Les relaté la experiencia mientras comíamos. Por fin regresé a mi casa a media tarde cargado de sentimientos encontrados.

A la mañana siguiente, tras una ducha caliente, abrí las ventanas para ventilar la casa y comprobar como el gélido aire penetraba en el hogar. Tomé un café con leche acompañado de un pedazo de bizcocho de mi abuelo y me dirigí a la oficina. Al encender el ordenador, una fotografía de una montaña nevada se coló aleatoriamente como fondo de escritorio. Me quedé mirando fijamente la escena. Es posible que la contraseña fuera la misma, pensé, pero algo en mi había cambiado para siempre. El ruido nunca había sido tan insoportable.

 

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