La chimenea

No hay invierno que no veamos el mismo gesto. Alguien se aproxima a un fuego, acerca las manos a las llamas y las frota de nuevo para entrar en calor. Y es que una estancia calentada a base de quemar leña es doblemente acogedora: por el calor en sí que proporciona una chimenea bien cargada y el ambiente que genera la danza de las llamas.
Han pasado muchos meses desde que cortamos la leña para que se secara, una vez colocado en pilas, de cara al invierno. Ahora toca utilizar esa leña en los cortos días y en las gélidas noches.
Chimeneas las hay de muchos tipos: cerradas con puertas y empotradas, las que se sitúan en medio de una estancia con el tubo que atraviesa el techo, de gas, incluso eléctricas. Mención especial hay que hacer a aquellas chimeneas de las casas antiguas en las que se cocinaba (colgada de una cadena o con una trébede, utilizaban el fuego para guisar) y calentaba que les llamaban “el hogar” pues la vida se hacía en torno a aquella amplia chimenea y no había más estancias que las habitaciones.
Nuestra favorita es la que está empotrada y abierta. Poder acceder al fuego sin problemas. La llenamos de leña, pequeña primero, con gruesos troncos después, y guardamos un cesto para ir alimentándola el resto del día. Que venga la siguiente ola de frío, que estamos preparados contemplando las llamas bailar hipnóticamente y que el aroma inunde la estancia para hacer más agradable la velada.IMG_20171207_141454_249

 

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