¿Quién da la vez?

Sorprende la rapidez con la que hemos perdido la sociabilidad. Como en pocos años la tecnología a cambiado la manera de comunicarnos. A veces para bien, otras para peor.

Antiguamente ir al médico o a la compra se convertía en un modo de saludar a la gente. Hoy se ha sustituido con un emoticono en cualquiera de las aplicaciones que tenemos instaladas en nuestros móviles.

Recuerdo ir con mi madre al hospital y saludar a cualquier desconocido preguntándole de dónde eran y terminar hablando de tal o cual fulano del que conocían a una prima y averiguar dolencias varias de los allí presentes.

Así mismo, cuando se hacía la compra con carro, otra época por supuesto, las colas en las tiendas eran excusa para saludar a vecinos, enterarse de las últimas novedades y tantear recetas con las viandas que compraban los que pedían antes, pudiendo saber, en todo momento, el menú que tendrían en casa de menganito.

No creo que la sanidad pública haya mejorado tanto como para reducir el tiempo de espera, ni que habernos lanzado al consumo de bandejas haya hecho que las colas de los supermercados sean menores, aunque nos lleven prácticamente de la mano a cada caja o podamos prepagar con el teléfono la compra antes de llegar a la misma. Sin embargo, un gesto ha hecho que el silencio se apodere de estas situaciones y es el de agachar la cabeza para zambullirnos en una pantalla mientras esperamos lo que sea.

La semana pasada, tuve que ir a una oficina de Correos a recoger un paquete y, al llegar, encontré la máquina que expende los tickets del turno averiada. Lo que encontré fue a todo el mundo mirando su teléfono sin que nadie, con un gesto, me indicara qué debía hacer. Así que lancé aquella pregunta que tantas veces había oído y que parece más anticuada que un pasodoble: “¿quién da la vez?”

Apenas un par de cabezas levantaron la mirada de su puñetero aparato, pero fue una señora, la única que tenía la cabeza erguida mirando a ver quién entraba, la que me respondió que una chica, que estaba sentada en un banco apartado, era la que había entrado antes que yo. Se lo agradecí y permanecí atento a ver quién era el siguiente incauto que entraba por la puerta para pasarle el relevo.

Estuve a punto de introducir en el buzón de sugerencias la idea de utilizar un utensilio que se usaba en la bodega cooperativa de mi pueblo: la bandera. Consistía en una bandera fabricada de madera con el lema: ” Yo soy el último”. Se clavaba en el último remolque que llegaba a la bodega cuando se paraba para comer y no había nadie que atendiera. Así sabías quién era el inmediatamente anterior a ti. De esta manera, tanto en supermercados, como en oficinas de correos o cualquier otro sitio que hubiera que hacer cola, podríamos seguir con la cabeza gacha, sin mirarnos a la cara, no vaya a ser que nos perdamos el último tweet de algún personaje de moda.

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