Diario de una cuarentena en la España vacía. Día 16

Escribo esta entrada mirando por la ventana como cae la nieve cubriendo los tejados de un manto blanco más propio de otra época del año, pero que me afianza en mi sensación de que he perdido la noción del tiempo vertebrado por una rutina que hace tiempo que perdí.

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Nevada en Laguna de Cameros

Dudo del título. Supongo que habrá un número excesivo de diarios de cuarentena. Algunos fantásticos realizados por periodistas lamentablemente confinados. Otros infumables realizados por influencers que deberían estar encerrados a perpetuidad. Pero todos limitados por el espacio y la imaginación pendientes de las últimas noticias que terminen de solucionar esta situación. Ni siquiera tendría que titularlo como un diario cuando empiezo el mismo en el decimosexto día de reclusión.

El Estado de Alarma nos cogió casi por sorpresa en casa de unos familiares de un pueblo de la sierra riojana. Pedimos permiso a los propietarios par quedarnos unos días hasta que se aclarara la situación e hicimos un inventario de la despensa: arroz, lentejas, latas y más latas, varios botes de conserva de verdura y los embutidos que habíamos descolgado un par de semanas atrás, cuando nuestras mentes todavía estaban pensando en el color de moda esta primavera, metidos en una rueda que no paraba de rodar sin darnos cuenta de que más adelante había un bache en nuestro camino que nos haría frenar en seco.

Los primeros días pasaron, supongo que como todo el mundo, creando una rutina con los deberes de las niñas y la avalancha de tareas de las extraescolares, mientras las noticias no eran nada halagüeñas. Habíamos pasado a cuidar el aula de los deberes, aprender solfeo, repasar inglés o estirarnos como una gimnasta. Además había que cocinar. Se nos estaban acumulando un montón de recetas para el confinamiento. Y no digamos la cantidad de manualidades que tenemos retrasadas. Una locura vaya. Hasta me dio por cortar leña y hacer masa madre. ¡Cómo no voy a amasar pan estando de cuarentena!

Y llegó el día de comprar. Resulta que lo que en el Estado de Alarma es recomendable-obligatorio realizar las menos salidas para comprar posibles. Aquí no hay otra opción. Una furgoneta sube una vez a la semana con carne, otra con verdura y otra con congelados y una vecina que nos provee de varias cosas de segunda o tercera necesidad. Yo creo que nunca había pensado en un menú con el que llegar a la semana siguiente para saber qué comprar y caí en el histerismo que había visto en la televisión de españoles con carros cargados por si acaso. Pero aprendimos de los errores.

En las siguientes semanas, me he dado cuenta de que aquí están en Estado de alerta durante todo el año. Cuando las nevadas, el mal tiempo o los hijos que no suben con comida les hacen subsistir con lo que haya en el arcón bien lleno con la matanza o las conservas. Supongo que tienen en su ADN costumbres de cuando el camino no era tan accesible y los inviernos les obligaban a una suerte de aislamiento, que no deja de reconfortarme.

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Una amiga. Charlamos un rato cada día

No salimos de casa excepto para comprar, pero algunos vecinos ya han pasado a ofrecernos huevos, conservas o fuagrás. Se han preocupado tanto como en cualquier vecindario que vemos en vídeos que salen a los balcones a aplaudir. Aquí no se aplaude, o no se escucha, porque sólo hay una veintena de personas dispersas por todo el pueblo. Sin embargo, su aplauso semanal va para toda esos profesionales que, a bordo de una furgoneta, les hacen llegar lo indispensable, incluso una simple conversación, metro de seguridad mediante, que tanto hace falta estos días.

Nosotros bajaremos a andar por pueblos con vida y ciudades atestadas. Pero ellos seguirán subiendo con sus furgonetas: vendedores, veterinarios, médicos desafiando el mal tiempo para hacer que la España vacía, no se vacíe del todo. Esperemos que alguno de los aplausos de estos días ( además de estos héroes sanitarios que se están dejando la piel), vayan para ellos.

Y ahora voy a echar otro tronco a la chimenea, que nos han enviado otro ejercicio de Pilates familiar y nos tenemos que poner a ello.

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La cuarentena me ha pillado con Le Carré. Veo espías y hace frío.

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