Revista 12 Celemines Summer Edition

 

Y ahora que no hay partidos de La Roja y nos hemos leído todas las revistas del quiosco ¿QUÉ NOS QUEDA?

Pues una revista fresca y divertida a partes iguales.

Qué mejor que algo que leer a la fresca en las noches de verano…

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La playa estaba desierta

IMG_20180610_182729_876Casi no llego.  Por fin ha venido el buen tiempo. Empieza el verano. Y como cada año las playas se llenarán de toallas y sombrillas. Gente tomando el sol, hombres paseando con sus torsos desnudos y sudorosos por la orilla en línea de a tres, chavales jugando a las playas y niños jugando con la arena para crear un castillo tan alto que aquellos hombres que pasean por la orilla se tropiecen.

Los chiringuitos ya tienen preparados helados y refrescos y ensaladilla rusa con la que jugársela. El olor a crema solar is in the air. El sonido de las chanclas por el paseo marítimo crea una melodía a juego con las camisetas de tirantes de ellos y los pareos de ellas. Dentro de poco tendremos que ponernos after sun por las espaldas rojizas y tratar las quemaduras de tercer grado en la planta de los pies que se han generado mientras  acarreas la sombrilla, la barca hinchable, la nevera y la esterilla que va  arrojando arena a tus quejosos vecinos.

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Para muchos de los que somos de interior, el mar lo asociamos a la semana de vacaciones de Agosto, con todos los estereotipos que he enumerado más arriba. A nosotros, lo que realmente nos atrae es poderlo ver fuera de temporada. Y digo que casi no llego porque ese verano de costa de paella y pescadito frito casi nos pilla sin haberlo visto en su cotidianeidad.IMG_20180610_194626_550

Puede que sea de locos, pero nos encanta pasear por una playa desierta, incluso con mal tiempo, con una tormenta que se acerca. Tiene algo hipnótico poderlo disfrutar en silencio observando cómo las olas rompen sólo para ti. Andar por la arena bajo tus pies gustosa, jugando con ella con los dedos, tan fría que hace que te cierres más la chaquetita que tu madre siempre te dice lleves por si por la noche refresca de uso obligatorio unos días antes.

Y así, viendo como aquella nube negra va a descargarte encima, disfrutas de la última bocanada de aire salado y fresco para recordar que otra forma de disfrutar de playa es posible. La canción del verano ya está aquí.

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¿Quién da la vez?

Sorprende la rapidez con la que hemos perdido la sociabilidad. Como en pocos años la tecnología a cambiado la manera de comunicarnos. A veces para bien, otras para peor.

Antiguamente ir al médico o a la compra se convertía en un modo de saludar a la gente. Hoy se ha sustituido con un emoticono en cualquiera de las aplicaciones que tenemos instaladas en nuestros móviles.

Recuerdo ir con mi madre al hospital y saludar a cualquier desconocido preguntándole de dónde eran y terminar hablando de tal o cual fulano del que conocían a una prima y averiguar dolencias varias de los allí presentes.

Así mismo, cuando se hacía  la compra con carro, otra época por supuesto, las colas en las tiendas eran excusa para saludar a vecinos, enterarse de las últimas novedades y tantear recetas con las viandas que compraban los que pedían antes, pudiendo saber, en todo momento, el menú que tendrían en casa de menganito.

No creo que la sanidad pública hay mejorado tanto como para reducir el tiempo de espera, ni que habernos lanzado al consumo de bandejas hay hecho que las colas de los supermercados sean menores, aunque nos lleven prácticamente de la mano a cada caja o podamos prepagar con el teléfono la compra antes de llegar a la caja. Sin embargo, un gesto ha hecho que el silencio se apodere de estas situaciones y es el de agachar la cabeza para zambullirnos en una pantalla mientras esperamos lo que sea.

La semana pasada, tuve que ir a una oficina de Correos a recoger un paquete y, al llegar, encontré la máquina que expende los tickets del turno averiada. Lo que encontré fue a todo el mundo mirando su teléfono sin que nadie, con un gesto, me indicara qué debía hacer. Así que lancé aquella pregunta que tantas veces había oído y que parece más anticuada que un pasodoble: “¿quién da la vez?

Apenas un par de cabezas levantaron la mirada de su puñetero aparato, pero fue una señora, la única que tenía la cabeza erguida mirando a ver quién entraba, la que me respondió que un chica, que estaba sentada en un banco apartado, era la que había entrado antes que yo. Se lo agradecí y permanecí atento a ver quién era el siguiente incauto que entraba  por la puerta para pasarle el relevo.

Estuve a punto de introducir en el buzón de sugerencias la idea de utilizar un utensilio que se usaba en la bodega cooperativa de mi pueblo: la bandera. Consistía en una bandera fabricada de madera con el lema: ” Yo soy el último”. Se clavaba en el último remolque que llegaba a la bodega cuando se paraba para comer y no había nadie que atendiera. Así sabías quién era el inmediatamente anterior a ti. De esta manera, tanto en supermercados, como en oficinas de correos o cualquier otro sitio que hubiera que hacer cola, podríamos seguir con la cabeza gacha, sin mirarnos a la cara, no vaya a ser que nos perdamos el último tweet de algún personaje de moda.

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Guardando Recuerdos

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Llevo un tiempo sin escribir nada. No por falta de ganas, sino de instrumentos. Hace unas semanas, en el mismo día, perdí el móvil y el ordenador dejó de funcionar.

En el primer caso, para más INRI, fue en casa, así que algún día lo encontraré junto con un montón de calcetines desparejados que se fueron quedando por el camino. A pesar de que la mayoría de las fotografías y archivos los tenía guardado en la nube, algunas de ellas se perdieron para siempre.

En el caso del ordenador, tuvimos que formatearlo y, por lo tanto, perdí también toda la información que tenía almacenada. Una vez más había perdido unas fotos que sólo las tenía guardadas en el disco duro.

Después de esta pérdida, estuve repasando las fotografías guardadas en la nube. Y comprobé que la mayoría podría borrarlas. Y sin embargo, había varias que había perdido y que eran muy importantes para mi.

Y es que muchas de ellas eran fotografías antiguas de mi familia. Estas fotografías que te hacen saber de dónde vienes. Que hacen que pongas cara a los antepasados que sólo conoces por los comentarios de tus padres en comidas familiares.

A lo largo de la historia de una familia, estos retratos, fotografías o pinturas, sobreviven varias generaciones. Sin embargo, cuando el que las contempla, ni siquiera ha conocido en vida a la persona, se convierte en personaje histórico casi de ficción. Así, lo normal no es que perduren tantos recuerdos físicos de gente conocida, sino que se pierdan, como ha ocurrido siempre, entre mudanzas, incendios, extravíos varios, y con los que quedan, nos hagamos una idea de esa persona en cuestión.b1da5e7f8d346f52c38ee52b11efc15a

Sin embargo, hoy en día, con un click tenemos acceso de nuevo a toda la morralla que nos da por guardar y quita romanticismo a todo recuerdo. Considerando, además, que almacenarlos es, supuestamente, gratis, no como antes que había que pensarse muy mucho apretar el botón para sacar una foto. De ahí que aquellas fotos tengan esa sensación de seriedad, de marcialidad.

¿Os imagináis a vuestro bisabuelo poniendo morritos vestido de cabo con su mujer sentada al lado haciendo el gesto de la paz y una expresión como queriendo decir “Holi” ?

La matanza

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Ahora que ya tenemos en las mesas los primeros embutidos que preparamos hace unas semanas, justo cuando el invierno toca a su fin recordamos un tema que antaño se realizaba mucho antes para poder subsistir en aquellos duros inviernos sin provisiones.20180225_215038

Son innumerables los refranes sobre el cerdo y la matanza. De ahí la importancia a lo largo del tiempo de este animal como un clásico de la subsistencia y del aprovechamiento en épocas de escasez como el invierno. La crianza de este animal está ligada a la cultura popular y a tradiciones que se han perpetuado durante siglos.

A día de hoy, se impone una forma de vida y las viejas casas con corrales en la parte de atrás han desaparecido. Y las nuevas generaciones no conocen todo el proceso y, en muchas ocasiones, sienten repulsión por esta actividad. Sin embargo, todavía quedan románticos que se afanan por mantener estas tradiciones. Los hay que siguen criando algún cerdo. Algunos, compran el cerdo ya criado para dar uso a la banca para matar al cerdo. Otros tantos, lo adquieren ya muerto y realizados los obligatorios análisis, y se afanan en descuartizarlo planteando un método de conservación para cada parte. Las chuletas, el lomo, la cabeza, la piel, los jamones y las paletas, hasta el rabo. Hay incluso gente que compra el lomo y las especies y elabora el embutido para luego secarlo, incluso en los trasteros de las ciudades.

Cualquier excusa es buena para hacer familia. Si, además, se prepara una caldereta con huesos sobre la marcha o unos huevos con el picadillo sobrante, la jornada no puede acabar de mejor manera.

Al final del día, cuando terminas de colgar en el alto todo el arsenal de lomos, chorizos y salchichones, y el olor impregna la escalera, tienes la sensación de haber viajado a otra época, en la que, el que tenía un cerdo, tenía garantizado el alimento para pasar el invierno.

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La chimenea

No hay invierno que no veamos el mismo gesto. Alguien se aproxima a un fuego, acerca las manos a las llamas y las frota de nuevo para entrar en calor. Y es que una estancia calentada a base de quemar leña es doblemente acogedora: por el calor en sí que proporciona una chimenea bien cargada y el ambiente que genera la danza de las llamas.
Han pasado muchos meses desde que cortamos la leña para que se secara, una vez colocado en pilas, de cara al invierno. Ahora toca utilizar esa leña en los cortos días y en las gélidas noches.
Chimeneas las hay de muchos tipos: cerradas con puertas y empotradas, las que se sitúan en medio de una estancia con el tubo que atraviesa el techo, de gas, incluso eléctricas. Mención especial hay que hacer a aquellas chimeneas de las casas antiguas en las que se cocinaba (colgada de una cadena o con una trébede, utilizaban el fuego para guisar) y calentaba que les llamaban “el hogar” pues la vida se hacía en torno a aquella amplia chimenea y no había más estancias que las habitaciones.
Nuestra favorita es la que está empotrada y abierta. Poder acceder al fuego sin problemas. La llenamos de leña, pequeña primero, con gruesos troncos después, y guardamos un cesto para ir alimentándola el resto del día. Que venga la siguiente ola de frío, que estamos preparados contemplando las llamas bailar hipnóticamente y que el aroma inunde la estancia para hacer más agradable la velada.IMG_20171207_141454_249

 

El silencio

Cuando ves un paisaje nevado tienes dos formas de disfrutarlo: Verlo desde la distancia- bucólico, hermoso, frío y, sobre todo, distante- o sumergirte en él ya sea practicando algún deporte de nieve, jugar como un niño tirándote por pendientes con un trineo o con un pedazo de plástico o simplemente darse un paseo mientras pisas nieve.hoja

Al poco de comenzar este paseo, se nota que el silencio te inunda y sólo se escuchan tus pies aplastando nieve.20180128_122328

Apenas hay animales o no los escuchas, aunque puedes comprobar sus huellas marcadas en la inmaculada capa que cubre lo que antes era un camino.20180128_122257

Quizás alguna rama que se rompe o que deja caer su pesada carga de nieve. Todo lo más. El silencio lo llena todo.

Mientras las mejillas se sonrojan y el vaho va precediendo tu avance, notas esta sensación que sólo es comparable a pisar la arena de una playa sin gente. Sin nada artificial. Todo es limpio. Si, además, al día siguiente de la nevada, luce el sol, la luz que se refleja es espectacular.20180128_122003

Haciendo cisco

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Ahora que se acerca una nueva ola de frío, pienso en lo fácil que es subir un par de grados el termostato de tal manera que apenas notemos el temporal en casa. Sin embargo, no siempre fue así.

Los inviernos en casa de mis abuelos siempre tuvieron cálidas noches y frías mañanas. Las noches eran cálidas por los diferentes métodos para calentar la casa y el recuerdo de aquellas mañanas siguen siendo gélido porque había que reunir el valor de poner un pie en aquellas baldosas, siempre heladas. Además, cuando me levantaba, aunque estuviese helando, las ventanas estaban abiertas y una corriente recorría el pasillo.

Sin embargo, a medida que avanzaba el día, las casas iban cogiendo temperatura, de tal manera que, por la tarde, bajo la mesa camilla en el brasero ardía el cisco dejando la estancia con aquel olor tan característico, mientras echaban una partida a las cartas para llenar aquellas tardes sin luz.

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Por las noches, mientras en la cocina económica de leña se calentaba la sopa, también lo hacía una tartera con agua, para llenar las botas ( o bolsas) de agua con las que calentar la cama si conseguías no quemarte con esa goma ardiente. Me cuentan que en otras casas, calentaban la cama con un calentador de ascuas de cobre. En otras, la chimenea del hogar seguía activa y en otras las estufas de leña presidían la sala. 15890964021_93652e5dc2_m

La leña siempre fue importante como combustible. Había que recogerla, cortarla, dejarla secar y volver a cargarla hasta casa. Había que preparar el cisco, que no era más que apocar una hoguera hecha en un hoyo echándole tierra cuando las ascuas estaban incandescentes par, más tarde, alimentar los braseros.th

¡ Qué esfuerzo!,  pensaba. Eran otros tiempos, me decía, excusándome, mientras subía un grado más el termostato, que me estoy quedando helado.