Recogiendo olivas

A las puertas del invierno el sonido de motores inunda el gélido aire. Bien pudiera parecer que se trata de motosierras preparando leña para calentar el hogar. Sin embargo las mantas cubriendo el suelo delatan la última tarea de recolección del año: la recogida de la oliva.

Motores que hacen vibrar las ramas y vareadores con largas varillas mueven sin cesar las ramas de las que se desprenden las olivas y caen sobre interminables mantas. A lo lejos una cosechadora recolecta a una velocidad de vértigo una finca preparada para ello. Termina, descarga y se dirige hacia otra finca en otro término. Ha tardado una hora en realizar el trabajo que antes costaba semanas.

Sin embargo lo que me llama la atención, volviendo ya del paseo, es una familia que se afana por terminar unos olivos, sino centenarios, sí que hace tiempo que dejaron de ser jóvenes ejemplares y ahora se retuercen de manera inverosímil. Los saludamos y agradecen parar par charlar un rato.

Al preguntar por la edad de los olivos, me dicen que su padre, ya los conocía viejos. El fruto es alargado y negro, con mucho hueso. No es de las variedades mediterráneas ni andaluzas. La conocen como negrilla aunque la denominación correcta es negralón. Autóctona en tierra de vinos. Seguimos nuestro camino.

Mi padre me cuenta que antaño, las olivas se amontonaban en las las lonjas de las casas a la espera de que “madurasen” para llevarlas al trujal para su prensado. Hoy en día inimaginable, les espeté. No creas, contestó él. En Corera, en la puerta del Valle de Ocón, todavía lo hacen así. Tienen un molino antiguo de estilo italiano que han rehabilitado. Muelen con piedras y prensan en capachos de esparto. Mantienen el sabor de antes.

Y esas palabras hicieron que se dibujara una sonrisa en la cara sonrojada por el frío. Futura visita obligada, me dije. Mejor si es el día de la pintada.

Ya no se canta en el campo

Es de noche oscuro cuando los primeros hombres salen de sus casas camino de la finca donde dejaron el tajo el día anterior. Cierran los ojos respirando el frescor del amanecer, queriendo retenerlo al máximo porque, dentro de poco, el sol no les dará tregua.

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Con los primeros rayos las mujeres se ponen en marcha, acarreando las cestas para la comida. Unas van en carro donde los botijos recién llenados de agua fresca saciarán la sed que da el duro trabajo de la siega. Cuando llegan a la finca, ya tienen tarea, pues el grueso de los hombres armados de hoces y guadañas y protegiéndose con zoquetas los dedos y sombreros de paja la cabeza, han ido abriendo camino en el campo de trigo.  Ellas empiezan a doblarse para comenzar a espigar. Van  amontonando las mieses que luego cargarán en carros para llevarlos a las eras.

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Ata bien y siega bajo, aunque te cueste trabajo. Repiten a los más jóvenes.

La conversación, las chanzas y las canciones van animando la mañana.

Canta alegre, el segador

en medio de la faena.

No es suya la mies y canta,

¡qué sería si lo fuera!

A la hora de la comida, cuando el sol está más alto, buscan cobijo en alguna sombra. Unos apoyan la espalda contra los árboles que hacen las veces de comedor improvisado. Otros tumbados cual largos son, tratan de aliviar el dolor de riñones. Un jota rompe el silencio de la sobremesa. Alguno se queja, pues no le dejan echar una cabezada.

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Segadora, segadora,

¡qué aborrecida te ves!

Todo el día en el rastrojo

y agua no puedes beber.

                                              

El entusiasmo va languideciendo como el sol. A última hora de la tarde, los carros devuelven a los trajinados segadores a sus casas para recuperarse para la siguiente extenuante jornada. Las canciones han dado paso a refranes y frases hechas que invitan a recogerse. Unos pocos se llegan hasta la era. Más tarde saldrán a la fresca. Los más valientes se animan a un trago.

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Hoy en día el aire acondicionado de las cabinas deja fuera el calor y el asiento el dolor de espalda. En la radio se escuchan tertulianos debatiendo sobre política y economía. Ya no se canta mientras se siega.

 

 

 

El vino supurao en La Rioja . larioja.com

Recuerdo aquella botella que se abría en Navidades cuando aún era un niño. Era el único licor permitido.
Años más tarde mi tía Corti volvió a elaborar unas botellas de las que tuve la suerte de degustar una. La última noche de Reyes, la c opa de Melchor acabó con la misma.
Deseando que se anime con una nueva cosecha.

http://www.lomejordelvinoderioja.com/noticias/201606/16/vino-supurao-rioja-20160616003619-v.html
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De hoces y zoquetas

Unos días atrás, entré con mi hija en un pajar medio derruido en un pueblo. Al pasar debajo de un viga, unos tacos de madera huecos me golpearon en la cabeza. Al retroceder para ver de qué se trataba, di con dos zoquetas que estaban colgadas del techo.
Las zoquetas son unas piezas de madera que se utilizaban para secar, cuando la siega todavía se hacía a mano. Cabían cuatro dedos mientras que el pulgar quedaba libre para agarrar las mieses.

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Se lo expliqué a mi hija que pensaba que siempre se había cosechado con máquinas. Sólo el conductor.
Hubo un tiempo, le dije, no hace mucho, que la gente iba en grupo a trabajar y se segaba a mano. Con una hoz en la mano y una zoqueta en la otra. Parando para comer allí mismo. Antes no se iba en coches.
También se utilizaban para limpiar los regadíos de las hierbas que habían crecido durante la primavera y hacerlo utilizable para el verano.

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En esta época, todavía se ven cuadrillas de personas que pertecen al regadío en cuestión, volver a la labor de esa limpieza como cada año. En grupo. Cuidando de lo que es suyo.
Creo que la capacidad de ayuda y cooperación con estas tareas  y la inevitable soledad de otras muchas hacen que el carácter de esta gente se haya forjado  en la ayuda lejos del individualismo y la competición en que nos vemos sumidos en nuestra época.
Así que la próxima vez que vean un grupo de limpieza metidos hasta la cintura en una regadera con hoces en la mano y de edades seguramente heterogéneas, probablemente sean los orgullosos propietarios de las tierras de regadío que lo circundan preparándose para regar las viñas, los frutales o las huertas de hortalizas durante la época más seca sacando los frutos de la tierra que cuidan.

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