Aromas de antaño

Cada sensación te transporta a otro tiempo o a otro lugar. El calor de una chimenea a verdaderos inviernos con carámbanos en las ventanas, el sabor del chocolate siempre me traslada a los domingos con mi abuela, el olor del incienso a vacaciones de Semana Santa o el sabor del pan de un día para otro (que todavía sigo sin entender porqué dejarlo endurecer teniéndolo tierno y caliente el mismo día), me traslada a las meriendas de pan, embutido, navaja y pimiento untado en sal con mi abuelo.

pimiento.jpgPero la sensación más intensa y la que me traslada año tras año a otro tiempo es la del olor a pimientos asados: para mi el olor del otoño.pimientos.jpg

Hoy en día, los sábados, a la salida de los Centros Comerciales, decenas de coches se agolpan en los puestos en los que se asan pimientos. En ocasiones, los venden ya pelados, en otras, se los llevan para terminar la faena en casa. Todavía se mantienen puestos de venta de pimientos, aunque cada vez menos concurridos. Sin embargo todavía hay quien mantiene el gusto por una actividad, como la de hacer embutidos o conservas, que une a la familia en torno a la tradición.eee.jpg

Hay quien se refugia en huertas o se esconde en la parte trasera de las casas,incluso en algunas terrazas de las ciudades puedes apreciar este aroma característico. Sin embargo, hubo un tiempo en el que las familias sacaban los asadores fabricados artesanalmente con bidones, el patriarca al frente con unas toscas pinzas y un cubo donde almacenar los pimientos una vez asados, para que sudasen y poder pelarlos, más tarde, con facilidad. El resto de la familia se afanaba en pelarlos sobre improvisadas mesas ( a veces alrededor de una vieja carretilla) y guardándolos en bandejas de barro para después embotarlos o congelarlos. Por supuesto, durante los siguientes días la guarnición de diferentes platos eran las tiras de los pimientos que se habían rasgado en la limpieza.asados.jpg

Parecía como si una tregua en las vendimias hiciera que todo el pueblo se pusiera de acuerdo para realizar está labor. Paseando por las calles, cada casa, cada portal desprendía un intenso olor a pimiento y a humo. Eran días de fiesta en torno a una actividad casi común.pimientosb.jpg

Y ese olor es el que se me impregnó en la memoria. Y cuando me llega ese aroma por estas fechas, esté donde esté, un escalofrío me me recorre el cuerpo y esa sensación me dice que hay que desempolvar la chaqueta e ir afilando el corquete, que el otoño ya está aquí.IMG_2889.jpg

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Espárragos de la Ribera

Degustando espárragos de la Ribera y recordando como lo hacían mis abuelos.

La semana pasada, uno de los amigos de la Ribera Navarra me hizo un regalazo: una bolsa de espárragos blancos. De los de aquí. De los buenos. De los que por estas fechas alcanzan precios desorbitados en las fruterías de las ciudades.

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He esperado al fin de semana para degustarlos. Su sabor me produjo una doble sensación.
Por un lado me trasladó a la época en que mis abuelos plantaban espárragos en una huerta.

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Cada día iban a inspeccionar si algún fruto había ahuecado la tierra para cortarlo inmediatamente. En aquella época, no se utilizaban plásticos para proteger del sol las blancas yemas y, si esperabas demasiado, y su color tornaba a morado, el espárrago ya no se pagaba como de primera calidad.

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Las madrugadas para evitar los rayos, el esfuerzo del cuerpo doblado, estaban al orden del día. Y todo para conseguir una pequeña producción que llevar, previamente cortados a la medida, a un distributor del que sobre todo recuerdo una báscula romana.
Mis otros abuelos plantaban cebolletas y pepinillos. Todos ellos almendros e higos. La economía en aquellos tiempos se basaba en muchas pequeñas producciones, que que complementaban los cultivos estrella: la vid y el cereal.
La otra sensación que me dio cuando probaba estos espárragos, con todo ese sabor tan potente,  tuve la sensación de que estamos perdiendo la estacionalidad de los productos y nos pasamos más tiempo consumiéndolos fuera de temporada que en la que le corresponde. Y nos hemos acostumbrado a los productos en conserva o procesados. Tanto que a veces ese producto natural lo aborrecemos y apreciamos otro con sabor neutro pero con una bonita etiqueta. Así la leche de vaca o cabra la notamos demasiado fuerte, los quesos más consumidos son suaves, preferimos la miel no tan fuerte, los espárragos en conserva o las bolsas de brotes tiernos en vez de una tierna lechuga recién traída de la huerta.

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Este verano, cuando el olor a pimiento natural, hojas de albahaca y tomate maduro llene la cesta espero olvidar ese duro invierno con las estanterías de los supermercados estén llenos de productos plastificados.

El jardinero y el hortelano

Este fin de semana he compartido tiempo con los tipos del título.

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El hortelano posee una huerta fabulosa, llena de color a medida que se  acerca el verano. Verduras, frutas y hortalizas se alinean de manera ordenada para aprovechar los riegos o las sombras que pudieran dar las tapias medio derruidas que hacen de linde con el siguiente vergel.

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El jardinero no tiene menos colores ni orden en sus dominios. En su caso, la pared medio derruida forma parte del escenario donde colocar distintas flores que vuelven a dar vida a muros que hace tiempo que no la albergan.

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Ambos tienen en común el amor por su parcela, su disponibilidad, emplear el tiempo necesario en el trabajo, la finura en las maneras ya sea de unas tijeras diminutas o un vasto azadón.

Sin embargo hay algo que los diferencia. Así como para el primero su fin último es el producto, que a base de riego y sol obtendrá tarde o temprano, el del segundo es la estética. El primero denota dinamismo y el segundo, una especie de contemplación. Olores y sabores el primero, una instantánea enmarcada el último.

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En ambos casos, aprovechar los recursos y reutilizar una y mil veces materiales es su forma de trabajar; pero, así como uno exprime los mismos dando protagonismo a la cesta que baja para casa, el segundo no escatima en ornamentos para conseguir sus objetivos. Así, no hay hortelano que se precie que no tenga un somier a modo de puerta en su huerta o que no se queje se la subida de 10 céntimos en una planta, ni jardinero que no tenga una valla diminuta separando distintas flores o una orza de barro descascarillada flanqueando un camino sinuoso hacia la casa.

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La verdad que tengo la suerte de tener cerca a los dos, y ser un cliente asiduo de sus productos. ¡¡ Imaginaos una mezcla de ambos!!

Por estas fechas, al cerrar los ojos,  aprovechando los rayos de sol que empiezan tímidamente a calentar, me viene a la mente la imagen de cualquiera de ellos, camisa abierta, sombrero de paja deshilachado, con su figura  a contraluz, como la premonición de una temporada espectacular.

 

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