De visita en el pajar

Cruzar la puerta de antiguos pajares, casas de labranza o cocheras en cualquier pueblo puede ser un deleite si se hace con una mirada cariñosa al pasado. En muchos casos, la propia fachada del cobertizo se sostiene a duras penas y,  si el observador tiene la sensibilidad suficiente,  puede encontrar una especie de belleza en ruinas que le atrapa. Si la puerta del edificio sigue la misma línea de decrepitud, el conjunto da para varias fotos.

Una vez dentro, antiguas herramientas se amontonan en rincones polvorientos a la espera de que una nueva operación de limpieza acabe con ellas de manera definitiva. Guadañas, picas, horcas y horquillos, hoces y cribas todas herrumbrosas custodiadas por arados y vertederas que se usaban con animales de tiro. Colgados encima de éstos, las cabezadas con mil remiendos testigos mudos de otra época, algunos en mejor estado por el sebo aplicado con pericia por los que antes los usaban y ahora los observan con añoranza.

Algunos con suerte, acabarán decorando las paredes de algún merendero rústico, muy rústico aunque el edificio donde esté situado sea moderno, muy moderno. Porque nos encanta asomarnos al pasado de vez en cuando. A veces dejamos esa ventana abierta y otras las cerramos con pestillo.

Todos estos aperos y herramientas almacenados en aquel cobertizo del que hablaba al principio, han de dejar sitio, procurando no estorbar, a las nuevas maquinarias: tractores y abonadoras, carros de tratamiento y cosechadoras, técnicas de plantación por láser y vendimiadora son las que ahora tienen el protagonismo y una solitaria azadilla, es el último vestigio de una tarea manual que se niega a desaparecer. 

Cuando observo esa imagen me viene a la cabeza un relato que leí hace tiempo y que me recuerda que la irrupción de estas tecnologías en nuestra vida la hace más fácil y nos ahorra tiempo, pero tenemos que llenar ese vacío con más trabajo y menos ocio: ‘Un grupo de misioneros se adentró en un lugar perdido de la amazonía brasileña y se topó con un grupo de indios que se dedicaba fundamentalmente a cortar leña con instrumentos primitivos. Los misioneros decidieron hacer un esfuerzo y obsequiaron a los indios con unos cuchillos de acero. Un par de años más tarde regresaron de nuevo a esa región, se encontraron con los indios y uno de los misioneros preguntó- “¿Y los cuchillos qué tal?”- El indio respondió-“Bien, ahora tardamos la mitad en cortar la leña”. – Inmediatamente terció el misionero- “¿Entonces produciréis el doble de leña?”- El indio respondió perplejo-“No, señor. Seguimos produciendo la misma cantidad que antes, que es la que necesitamos, sólo que ahora disponemos del doble de tiempo libre”. 

Hace tiempo que dejamos de tener el sentido común de esos indios. Justo cuando empezamos a fabricar mesas con los trillos de los abuelos.

La Venta del Agua

Atardecía cuando llegó a los Llanos, arreó a la yegua pues quería llegar a la venta antes de que anocheciese. Restos de nieve hacían presagiar que la noche sería fría. El ruido de los cascos en el barro se perdía en el susurro de las ramas de aquel robledal infinito moteado de hayas. Había recorrido en una jornada varias leguas para poder llegar a tiempo esa misma noche. Atrás había dejado a su hermana en Soto, a pesar de su insistencia en esperarla para subir al día siguiente con su marido. Bien casada con el hijo de un tintorero con taller propio en la entrada a una sierra camerana. Talleres para cardar la lana, para teñirla o tejerla proliferaban por el camino hasta los pastos en las zonas altas de la sierra, donde el ganado moraba con sus cuidadores durante el estío, buscando tierras las cálidas castellanas en época invernal.

Lejos había quedado una dura infancia trabajando en la venta que sus padres regentaban en el alto de aquella serranía en el paso de un valle al otro con parada de posta. Algo más cercanos el viaje a ultramar con doce años buscando un futuro más colorido con un hermano de su madre despensero de un buque mercantil. Reciente, volver a partir, esta vez como pasajero, en otro barco muy distinto al que llegó a una tierra hostil, como la que estaba acostumbrado, y quizás por eso terminó haciéndose un hueco a empujones en el negocio del algodón.

Llegó a la Venta del Agua con la noche bien entrada iluminando el camino una tímida luna oculta entre nubes de gasa negra. Un escalofrío le recorrió la espalda al ver la fachada con la tenue luz que salía de la casa. Llamó con fuerza mientras descargaba una alforja. Tardó en abrir un anciano con barba prominente y mirada huidiza.

          Buenas noches nos de dios.- Saludo el indiano esperando la reacción del padre.

          Frías noches para rondar por estos lares… solo.- Contestó con hosquedad sin reconocer al hombre que tenía ante sí.

          Busco una cama caliente para pasar la noche y continuar mañana camino.- Continuó con la farsa.

          Pase, pase, caliente no sé si estará pero tenemos varios cuartos vacíos. Llevaré la montura a la cuadra.

De buena gana pasó, buscando el calor de la lumbre que resplandecía la fondo. Recorrió la estancia con la mirada de aquel niño que corría perseguido por su hermana por aquella estancia. De pronto se encontró con una señora mayor, delgada y seca como la mojama con una cara arrugada y una miranda tan severa como la de su marido escondida en una sonrisa fingida.

          Buenas noches, ¿pasará la noche en esta Venta?

          Así es. No está la noche como para continuar mi viaje.- Se contuvo para no ir a abrazar aquella mujer otrora jovial y feliz, ahora prácticamente irreconocible.

          ¿Querrá echar un bocado? – Y, sin esperar respuesta, colocó un pedazo de paz rancio, un pedazo de queso de cabra y una jarra de vino, denso, algo avinagrado.

Se sentó y empezó a dar cuenta de la frugal cena mientras la ventera fue a buscar a su marido que, un momento antes le había llamado. Mientras refrescaba la garganta con aquel brebaje oscuro la pareja había rebuscado en la alforja que había dejado en la montura algún objeto valioso. Sólo encontraron pliegos de papel donde aparecían firmas y parecían importantes, pero no pudieron leerlo pues no sabían.

Entraron juntos y encontraron al visitante acabando la cena. Se levantó y sacó la bolsa de la alforja. Fue a pagar mostrando la bolsa que traía repleta de reales como presentación de su verdadera identidad de indiano con fortuna que volvía a casa, pero se encontró la mirada avara de su madre y la navaja cabritera de su padre insertada en sus costillas. No pudo pronunciar palabra pues una nueva estocada, esta vez en el pecho, silenció para siempre la voz del hijo que yacía a sus pies. Antes de que el vacío llegara a los ojos de aquel hombre, la señora quiso ver algo familiar en aquella mirada, pero su vista rápido se volvió a posar en la bolsa y una suerte de sonrisa se quiso formar en aquel rostro quemado por el sol.

Al amanecer se deshicieron del cadáver en un barranco que daba a un bosque cerrado donde, seguramente, las alimañas rápidamente harían desaparecer el rastro y el equipaje que no les pareció útil o valioso lo quemaron en la chimenea ennegrecida por el uso.

Todavía intentaban limpiar la sangre del suelo cuan. ¿Cuando llegó la hija llegó desde Soto con su marido? Salieron a su encuentro. Después de los abrazos y las caricias, les preguntó por un forastero que, seguramente, hubiera llegado la noche anterior. Ansiosa por desvelar el final de la historia, les describió al viajero, su yegua, las ropas y el sombrero que llevaba.

          ¿No lo habéis reconocido? – Les preguntó.

          No.- Contestaron al unísono y el temor sobrevino a sus rostros. ¿Quién era?

          ¿Era? ¿Ya se ha ido? Es mi hermano.

Un grito de madre rasgó el aire. Ambos asesinos se arrodillaron en el suelo con el rostro cubierto de lágrimas y le confesaron a su, ahora, única hija, su crimen.

Huyeron esa misma noche a lomos de la yegua de su hijo dejando una venta en llamas con la vergüenza y la culpa ardiendo como ardería siempre, mientras viviesen, el alma.

La hija de los venteros, volvió a teñir lana, olvidando para siempre sus apellidos y su origen. No volvió a ver la venta en la que se crió junto a su hermano asesinado por su propia sangre. Todavía hoy en día, en las faldas del Hoquín, unas ruinas invadidas por árboles y maleza, recuerdan la matanza de la Venta del Agua.

Preparando migas con un pastor

Le colgaba un cigarro de la boca, como si lo tuviera pegado al labio inferior. Encima de la mesa tenía una petaca de picadura de tabaco desparramado en la mesa. Parecía que dormitaba pero sólo tenía la mirada perdida, una boina raída por el uso descansaba sobre su cabeza tapando su frente. Hacía tiempo que había colgado las alforjas y había dejado el rebaño a la siguiente generación reservándose el placer de sacar a pasear cuatro cabras por las choperas cercanas al río para entretenerse.
Me acerqué con el cariño infantil que un niño profesa a quien le ha cuidado desde pequeño. Su octogenario cuerpo se giró para abrazarlo y subirlo sobre sus rodillas, y arroparlo con unos brazos sin fuerza.
Me quedé mirando la bandeja con pedazos de pan toscamente cortados.
– ¿Me ayudas?- Me animó
– Pues claro.- Contesté
– Vete partiendo el pan.

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Tomé un trozó de pan más duro que un ladrillo y fui cortándolo tratando de imitar sus movimientos con una cuchillo de mesa no muy afilado, en una época en la que los niños no estábamos tan sobreprotegidos. Él iba armado con una navaja sujeta por unas manos  callosas y arrugadas, muy arrugadas. Tanto, que los pliegues parecían cortes en la piel que brillaba de desgastada. Cortaba sujetando la barra en el pecho y haciendo movimientos certeros hacia él mismo. Si hay un gesto que caracteriza a alguien del campo, es la de utilizar una navaja dejando libre el pulgar para empujar la pieza hacia el filo de la navaja, ya sea embutido para el almuerzo, un pedazo de pan o una cuerda, saltándose cualquier norma de prevención de riesgos actuales.
Al acabar empapó las migas con agua con mesura, pero lo suficiente para ablandarlas. Mientras las dejaba reposar, levantándose con dificultad de la mesa, acerco una cabeza de  ajos, pimientos, chorizo, panceta, y los fue troceando bastamente, dejando los ajos enteros con piel y  colocando el resto  encima de un plato de duralex trasparente pero rayado por el uso.4

Colocó en la cocina de leña una perola con aceite de casa, con su peculiar y fuerte olor (las olivas se dejaban en cuartos amontonadas para que supuraran y se elaborara ese aceite con un sabor característico, que hoy en día se ha pedido), echó los ajos y la estancia se impregnó de un olor delicioso. Ya anochecía y la cena se preveía espectacular.3

Sacó los ajos con tiento antes de que se doraran en exceso, le tocaba el turno a la carne, no demasiado hecha para que no diera un sabor tostado en unas migas melosas y los pimientos. Una vez pochados todos los ingredientes, los retiró en incorporó a ese aceite pecaminoso las migas y empezó a moverlas como soltura como si las temblorosas manos hubieran encontrado vida otra vez. Una vez que estaban algo tostadas por el exterior y suaves por dentro, devolvió a la perola el resto de ingredientes que descansaban, aceitosos, en una bandeja al lado de la lumbre. 2

Cuando hubo terminado, coloreando con pimentón aquella mezcla, remató la faena friendo un par de huevos, recogidos ese mismo día del gallinero que tenían debajo de casa. Él lo regó con un vaso de vino y yo, a regañadientes, con un vaso de agua fresca.
Terminamos cada uno nuestro plato y dejamos la perola cerca del fuego para cuando viniera el resto de la familia. Él se lió otro cigarro de postre, yo me tomé un vaso de leche de las cabras que aquel señor, más que tranquilo, templado,  paseaba a diario.1

Mis padres nos encontraron dormitando en un butacón , yo encima de sus piernas, tapados con una manta. Nos dejaron tranquilos y se dirigieron a la cocina a ver qué olor era ése que les estaba haciendo la boca agua.

He probado el resultado de otras recetas de migas, tantas como gente he conocido a lo largo de mi vida, algunos locos entrañables incluso las acompañan de chocolate, pero la que se me quedó grabada en el recetario de la memoria, y la que mi madre me refresca a menudo,  son las de mi bisabuelo, unas migas de auténtico pastor.

Los que se quedan

Recuerdo que cuando los domingos volvíamos a casa, cargábamos el coche con las verduras que en ese momento ofrecía la huerta, habitualmente de invierno pues las de verano las saboreábamos allí mismo. Un capazo con patatas, cebollas y ajos, conservas y unas botellas de vino recién rellenadas del garrafón que descansaba en la bodega completaban la carga. El olor a huerta, siendo niños, nos mareaba  mucho más que las curvas.

Al marchar, dos figuras ancianas nos despendían, quedándose como guardianes de la esencia de la que nos llevábamos un pedazo, seguros de que su vida seguiría tranquila, hasta la próxima visita.

Hoy son nuestros padres los que nos despiden en la puerta, habiéndonos llenado el maletero con los mismos productos que hace años recogían ellos. Y nuestras hijas quejándose como lo hacíamos nosotros por el olor a huerta que llevábamos a casa. Supongo que en unos años lo relacionarán con la familia, el origen, la tierra de donde vienen.

En cierta forma siento envidia de esa imagen del que despide, viéndose reflejada en el espejo retrovisor del que se va. Sabedores de la figura de anfitriones que representan. Diciendo aquello de tanta paz llevéis como dejáis. Y mientras el coche se aleja, el silencio vuelve a reinar en las calles vacías, que mañana es día de escuela, algún perro ladra a lo lejos, última mirada al cielo para saber si esa noche helará, antes de cerrar la puerta tras de sí con dos vueltas.

Paseando por la nieve

2 °C y el cielo despejado. A lo lejos, en el alto, una mancha blanca invita a una excursión. Botas de monte, pantalón impermeable, abrigo, guantes, braga para el cuello y gorro en la cabeza. Al salir nos cruzamos con un vecino con pantalón de pana y una cazadora fina y raída. Me avergüenzo de lo ridículo de mi atuendo.

Al bajar del coche una ligera brisa despeja mi rostro. Dejo a los niños intentando esculpir un muñeco de nieve. Ingrata tarea con la nieve en polvo, fina que no se consigue apelmazar.

Me alejo de las risas y los gritos para buscar el silencio. Y es lo que encuentro unos metros más adelante, solo roto por el sonido de la nieve aplastando de bajo mis botas. El blanco de la nieve contrasta con el azul del cielo limpio cual dibujo infantil. Ni siquiera se escuchan animales, aunque se encuentran cerca. Sus huellas siguen recientes en la nieve limpia y lisa. Es lo más cerca del personaje del rastreador de las producciones hollywoodienses en las que los cazadores seguían el rastro de sus víctimas a través de paisajes espectaculares.

No hace falta viajar tan lejos. Los antepasados del paisano con el que nos hemos cruzado, soportaban inviernos aislados, subiendo con algún animal de tiro a alimentar el ganado al alto o cuando pasar hacia el otro valle era un viaje largo y peligroso.

Las voces de mis hijas me devuelven al presente. Vuelvo la mirada y acelero el paso. Me froto las manos pensando en la chimenea encendida que nos espera en el pueblo. Me enfundo los guantes y recojo un montón de nieve. La trato de aplastar para formar una bola.Vuelvo a ser un niño por unos minutos mientras lanzo la bola mientras mis hijas gritan de alegría.

Elogio a la escritura

Acabo de leer una leyenda urbana acerca de como el gobierno de EEUU gastó millones de dólares en inventar un boli que escribiera sin gravedad. Al final terminaron llevando a las misiones espaciales simples lapiceros.

Es curioso como la tecnología que aparentemente nos tendría que ayudar a una mejor comunicación no ha podido sustituir, al menos hasta el momento, las sensaciones de la comunicación tradicional.

Sigamos con el ejemplo de la escritura. Ahora mismo estoy tecleando en una lisa y fría pantalla. No experimento ninguna sensación táctil excepto la vibración al pulsar las teclas. Al lado tengo un cuaderno de cuero, cuya textura y olor me reconforta, una pluma y un bolígrafo, ambos de calidad. Abro el cuaderno, la pluma se desliza por las hojas de gran gramaje, casi se percibe el relieve. La letra ordenada con la misma altura intentando imitar una caligrafía que ya no se usa, recuerdos de  una época en la que la escritura llevaba su tiempo, no había prisa y sí gusto por el trabajo bien hecho. 

Es por ello que me encanta entrar en cualquier papelería, muchas veces ubicadas dentro de librerías, donde me quedo absorto en los blocks de calidad, bolígrafos, lapiceros, cualquier material de escritura. En ocasiones cierro los ojos y llega hasta a mi el aroma a cuero y papel. 

Quizás los apuntes en clase, las prisas a la hora de tomar notas, los nuevos aparatos tecnológicos están haciendo que nuestra caligrafía haya empeorado en los últimos años. Sin embargo, nunca podrán acabar con el olor a tinta, el tacto del papel o la delicadeza al pasar las páginas de un cuaderno de notas.

¿Se acuerdan cuando se escribían cartas en vez de Whatsapps? 

Noche de Reyes

Recuerdo una mirada inocente observando a mi abuelo preparar unas latas con cebada que había cogido del saco de los animales. A mi abuela colocar unos mazapanes caseros y unas copitas de supurao. Este licor dulce que se obtiene del prensado de uvas pasas y que nos dejaban probar es esas fechas a los chiquillos de la casa.

Los omnipresentes Reyes Magos estaban al caer. Igual los veías en televisión que en carrozas tiradas por tractores o en las pocas yeguas disponibles, pues ya escaseaban.

Noche  en la que acurrucarse en la cama, previamente caldeada con una bota de agua caliente, para despertarse al menor ruido, cuando los primeros rayos de sol se colaban por la persiana desvencijada.

Y ahí estaban las latas vacías con restos de cebada y las migas de los mazapanes…

Y los regalos. Quizás en una época en que la oferta era pequeña, comparado con la ingente cantidad de juguetes y propaganda de los mismos a los que hoy en día nuestros hijos se ven expuestos, un monopatín, un balón o un fuerte de los clics eran más que suficientes.

Hoy soy yo el que prepara la comida para los camellos ( con muesli, jeje) . Los dulces y, si ha habido previsión, una copita de supurao, y son mis hijas las que, con la misma mirada de ilusión, se duermen nerviosas a la espera de recibir lo que pidieron en sus cartas.

Y hay regalos para todos. 12 Celemines cumple un año. Un año de recuerdos y relatos, en definitiva de olor a tierra mojada. Y para celebrarlo os regalamos un calendario descargable con las mejores fotos de este año. Pincha en el enlace de debajo.

Que los Reyes Magos os traigan muchos regalos más. No perdáis nunca aquella mirada infantil.

QUE EL NIÑO QUE FUISTE NO SE AVERGÜENCE DEL ADULTO EN QUE TE HAS CONVERTIDO.

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El libro de la madera

Con la que está cayendo, nada más acertado que un sillón cómodo, una chimenea cargada y un buen libro.

Los dos últimos están unidos en un libro genial del noruego Lars Mytting. Cayó en mis manos de rebote y no he parado hasta acabarlo. Una suerte de guía de todo lo relacionado con el corte, el apilado y la quema de la madera.

Con fotografía clara y sencilla sin grandes efectos, sólo por su introducción merece la pena echarle un vistazo en cualquier librería.

En cada página puedes apreciar el olor de la madera de abedul, el tacto suave del cabo, el frío se la hoja o el calor de una estancia alentado por una buena chimenea.

Un texto que te reconcilia con la tierra y todo lo que se puede extraer de ella si miramos hacia atrás. En este caso de los escandinavos, curtidos en inviernos  crueles y eternos dónde, si no preveían una hermosa pila de leña, probablemente no verían la siguiente primavera.

Disfrútenla.