El libro

“En  cuestiones de cultura y de saber, sólo se pierde lo que se guarda; sólo se gana lo que se da”

Antonio Machado

 

Hacía tiempo que no subían al altillo de aquella vieja casa. Abrieron la puerta desvencijada y el olor a polvo,  a humo de chimenea y a recuerdos encerrados se coló por aquella escalera empinada. La única bombilla alumbraba la estancia a duras penas y daba vida  los bultos inertes a base de sombras. Les acompañaba la abuela que insistió en subir, pese al esfuerzo porque, según decía, la vida se le escapaba a cada suspiro, y quería echar un vistazo a lo que había sido la suya. Y como si quisiera retenerla, acariciaba cada objeto con las yemas de los dedos temblorosos.

Allí estaban las viejas vasijas que acabarían inexorablemente como parte de la decoración de alguna casa de campo. La radio antigua, de válvulas, que amenizó, a base de imaginación, las largas noches de su juventud. Unos butacones tapados con sábanas rasgadas a los que se les prometió un uso en el futuro. Se paró ante unos cuadros con el lienzo roto. Uno de ellos representaba la imagen de una Inmaculada descolorida. Llegaron al fondo, había que agacharse para poder pasar, donde se escondía un baúl de madera con algunas lamas rotas y  la sombra de lo que fue una cerradura. Al abrirlo encontraron fotos antiguas, alguna escritura más antigua aún de terrenos que hacía tiempo que la familia no cultivaba. La abuela sacó del fondo una bulto envuelto en trapos y anudado con un lazo. Se los llevó al pecho como si quisiera abrazarlos, suspiró y se dejó caer en uno de los tresillos. Abrió el fardo descubriendo un par de libros. El primero lo desechó sin apenas mirarlo. Era un formato relativamente reciente de Campos de Castilla y debajo apareció un tomo de Soledades, Galerías y Otros Poemas. ajado y amarillento. Una de las primeras ediciones Lo abrió y pasó las páginas lentamente y una lágrima afloro de esos ojos que habían visto casi un siglo y que jamás su familia vio llorar. Ya he llorado bastante, decía.

– ¿Qué pasa madre?- Preguntó preocupada su hija.

– Este libro…- Intentó arrancar a hablar. Pero la emoción le pudo.

– ¿Qué pasa con este libro?- Preguntó inquieto el nieto- ¿Es de un escritor importante?

Su abuela, conmovida por la ignorancia de una generación que había desterrado a la poesía a una estantería entre los libros de espiritualidad y viajes en cualquier librería, volvió a suspirar, esta vez con resignación.

– Hijo, este libro mató a mi padre, a tu bisabuelo.

– Madre- Le inquirió su hija.- No diga tonterías. Al abuelo lo mataron en la Guerra.

– En la Guerra sí. Pero no en combate.- Ante la mirada atenta de su hija y nieto, carraspeó y tomó aire con fuerza para viajar de nuevo a su infancia.

” El abuelo Fermín, como casi todo el mundo en el pueblo por aquellos años, se dedicaba a sobrevivir. Y gracias. Tenía un par de viñas pequeñas y un corrito de huerta. Solían ganarse el jornal trabajando para gente con dinero. Con hacienda. Cosechaban, podaban, labraban, antes de que las máquinas aparecieran.

                En los días del levantamiento, le llamaron para cavar una finca. Estuvo tres días trabajando de sol a sol. Pero cuando fue a cobrar aquel señor, ya viejo, casi desahuciado no tenía con qué pagarle. Don sin din, campana sin badajo, decía padre por tantos que, pese a tener apellido, habían perdido su fortuna. Como pago le dio un cuadro, ahí detrás lo tenéis- dijo señalando con el pulgar- y un par de libros de poesía. Para tus hijas, le dijo. El abuelo aceptó el pago, pese a que no sabía leer, esperando que las letras forjaran un futuro sin polvo ni cayos en las manos.

                Los hijos de aquel hombre, que terminaron en Madrid después de la guerra, maldita sea su estampa, cuando se enteraron del pago, acusaron al abuelo de robar el cuadro y los libros. Quizás por alguna riña antigua. Quizás por lindes ,vete a saber.  Éste avisado por unos parientes, los escondió en una alacena donde guardaban un par de sacos de harina para poder amasar sin dar explicaciones. Yo, que de siempre había tenido afición a la lectura, no pude reprimir la curiosidad de sacar uno de los libros, Campos de Castilla,  y pasaba las noches leyendo con una lámpara de aceite las desventuras de Alvargonzález.

                Una noche aparecieron en casa unos guardia civiles acompañados de uno de los hijos de aquel hombre. ¡En qué momento fue a cavar aquella maldita finca! Registraron la casa y encontraron el libro. Mi libro. No encontraron nada más.

– Venga con nosotros, Fidel.- Le dijeron los que le conocían.

– Espere que a que me ponga los zapatos.

– Allá donde va no necesita zapatos.- Le dijo un forastero socarrón. Y los demás bajaron la mirada.

                Padre nos miró con candidez, como despidiéndose, y, ante mis gritos de desesperación, me sonrió y me acarició la cara tratando de disimular el temblor  de su mano. Olía a miedo. Pero no dijo nada. Nos besó las manos, esas manos que como siempre dijo prefería que portaran libros que no haces de trigo. Y se lo llevaron En esos años, igual daba de qué color fueses, la envidia y el rencor se las guardaban hasta que tuviesen la oportunidad de dar el paseo a cualquier desgraciado, de noche, como cobardes.

                Y me quedé sin padre y con un libro llamado Soledades. Madre nos hizo prometer guardarlo y hacer caso a padre en llenar mi vida de libros.

                Así terminé siendo maestra y las letras cubrieron el vacío que aquellos malnacidos me dejaron. Con el tiempo encontré otra edición de aquel Campos de Castilla y lo empaqué como si tuviese miedo a que una noche volvieran a buscarlos. Que no vuelva otra guerra, hijos, que no vuelva…”

Al levantar la mirada encontró los ojos llenos de lágrimas de su hija y su nieto. Y fue ella quien las sonrió, como lo hizo su padre hacía ya ochenta años. Sabiendo que no todo estaba perdido.

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De chozos y chozas

Puntualmente tengo que desplazarme por motivos laborales. Siempre sigo el mismo itinerario. Buena parte del trayecto transcurre por una carretera entre viñas. Veo como el paisaje cambia mes a mes. Peladas durante el invierno, verdeando en esta época, exhuberante en poco tiempo y con un rojizo espectacular en otoño. Todo cambia.

Sin embargo, hay algo que permanece inmutable, y es un chozo junto a una viña cercana a la carretera. Un chozo o guardaviñas es una edificación de piedra, generalmente con forma circular cuya techumbre tiene forma de falsa cúpula. Eran utilizados por la gente que trabajaba las viñas o pastores cuando les sorprendía algún temporal.

Junto a ese guardaviñas siempre suele estar aparcado un todoterreno. Ese coche lleno de barro por su uso, demuestra el desuso en el que la edificación de al lado ha caído. Hoy en día podemos volver a casa si cualquier inclemencia se nos presenta. Hace tiempo, cuando se pasaba todo el día en el campo sí que era refugio ante la lluvia o resguardo a la sombra para echar un bocado antes de continuar la tarea.

Hoy en día el muchas de estas chozas con otros formatos yacen semiderruidas pasto de la naturaleza donde quien busca refugio son los temporeros que en época de vendimia no tienen otro lugar donde cobijarse.

Sigo mi camino recordando las veces que habíamos usado estas chozas cuando, al cabo de un rato, ya en tierras alavesas, paso cerca de un caserío que siempre me roba una mirada, situado en un entorno verdísimo con un puñado de ovejas pastando y un inmenso pinar al fondo. Siempre me ha parecido envuelto en un halo de decrepitud y me he preguntado si estaría habitado y a qué se dedicarían sus moradores en el caso de que los tuviera. Quizás a elaborar queso de leche de las ovejas cercanas. 

Pero hoy luce distinto. Una pila de tejas se acumula en un lateral, hay alguien trabajando en las ventanas y una hormigonera da vueltas junto a la puerta.

Parece, me digo a mi mismo, que todavía hay esperanza.

De visita en el pajar

Cruzar la puerta de antiguos pajares, casas de labranza o cocheras en cualquier pueblo puede ser un deleite si se hace con una mirada cariñosa al pasado. En muchos casos, la propia fachada del cobertizo se sostiene a duras penas y,  si el observador tiene la sensibilidad suficiente,  puede encontrar una especie de belleza en ruinas que le atrapa. Si la puerta del edificio sigue la misma línea de decrepitud, el conjunto da para varias fotos.

Una vez dentro, antiguas herramientas se amontonan en rincones polvorientos a la espera de que una nueva operación de limpieza acabe con ellas de manera definitiva. Guadañas, picas, horcas y horquillos, hoces y cribas todas herrumbrosas custodiadas por arados y vertederas que se usaban con animales de tiro. Colgados encima de éstos, las cabezadas con mil remiendos testigos mudos de otra época, algunos en mejor estado por el sebo aplicado con pericia por los que antes los usaban y ahora los observan con añoranza.

Algunos con suerte, acabarán decorando las paredes de algún merendero rústico, muy rústico aunque el edificio donde esté situado sea moderno, muy moderno. Porque nos encanta asomarnos al pasado de vez en cuando. A veces dejamos esa ventana abierta y otras las cerramos con pestillo.

Todos estos aperos y herramientas almacenados en aquel cobertizo del que hablaba al principio, han de dejar sitio, procurando no estorbar, a las nuevas maquinarias: tractores y abonadoras, carros de tratamiento y cosechadoras, técnicas de plantación por láser y vendimiadora son las que ahora tienen el protagonismo y una solitaria azadilla, es el último vestigio de una tarea manual que se niega a desaparecer. 

Cuando observo esa imagen me viene a la cabeza un relato que leí hace tiempo y que me recuerda que la irrupción de estas tecnologías en nuestra vida la hace más fácil y nos ahorra tiempo, pero tenemos que llenar ese vacío con más trabajo y menos ocio: ‘Un grupo de misioneros se adentró en un lugar perdido de la amazonía brasileña y se topó con un grupo de indios que se dedicaba fundamentalmente a cortar leña con instrumentos primitivos. Los misioneros decidieron hacer un esfuerzo y obsequiaron a los indios con unos cuchillos de acero. Un par de años más tarde regresaron de nuevo a esa región, se encontraron con los indios y uno de los misioneros preguntó- “¿Y los cuchillos qué tal?”- El indio respondió-“Bien, ahora tardamos la mitad en cortar la leña”. – Inmediatamente terció el misionero- “¿Entonces produciréis el doble de leña?”- El indio respondió perplejo-“No, señor. Seguimos produciendo la misma cantidad que antes, que es la que necesitamos, sólo que ahora disponemos del doble de tiempo libre”. 

Hace tiempo que dejamos de tener el sentido común de esos indios. Justo cuando empezamos a fabricar mesas con los trillos de los abuelos.

La Venta del Agua

Atardecía cuando llegó a los Llanos, arreó a la yegua pues quería llegar a la venta antes de que anocheciese. Restos de nieve hacían presagiar que la noche sería fría. El ruido de los cascos en el barro se perdía en el susurro de las ramas de aquel robledal infinito moteado de hayas. Había recorrido en una jornada varias leguas para poder llegar a tiempo esa misma noche. Atrás había dejado a su hermana en Soto, a pesar de su insistencia en esperarla para subir al día siguiente con su marido. Bien casada con el hijo de un tintorero con taller propio en la entrada a una sierra camerana. Talleres para cardar la lana, para teñirla o tejerla proliferaban por el camino hasta los pastos en las zonas altas de la sierra, donde el ganado moraba con sus cuidadores durante el estío, buscando tierras las cálidas castellanas en época invernal.

Lejos había quedado una dura infancia trabajando en la venta que sus padres regentaban en el alto de aquella serranía en el paso de un valle al otro con parada de posta. Algo más cercanos el viaje a ultramar con doce años buscando un futuro más colorido con un hermano de su madre despensero de un buque mercantil. Reciente, volver a partir, esta vez como pasajero, en otro barco muy distinto al que llegó a una tierra hostil, como la que estaba acostumbrado, y quizás por eso terminó haciéndose un hueco a empujones en el negocio del algodón.

Llegó a la Venta del Agua con la noche bien entrada iluminando el camino una tímida luna oculta entre nubes de gasa negra. Un escalofrío le recorrió la espalda al ver la fachada con la tenue luz que salía de la casa. Llamó con fuerza mientras descargaba una alforja. Tardó en abrir un anciano con barba prominente y mirada huidiza.

          Buenas noches nos de dios.- Saludo el indiano esperando la reacción del padre.

          Frías noches para rondar por estos lares… solo.- Contestó con hosquedad sin reconocer al hombre que tenía ante sí.

          Busco una cama caliente para pasar la noche y continuar mañana camino.- Continuó con la farsa.

          Pase, pase, caliente no sé si estará pero tenemos varios cuartos vacíos. Llevaré la montura a la cuadra.

De buena gana pasó, buscando el calor de la lumbre que resplandecía la fondo. Recorrió la estancia con la mirada de aquel niño que corría perseguido por su hermana por aquella estancia. De pronto se encontró con una señora mayor, delgada y seca como la mojama con una cara arrugada y una miranda tan severa como la de su marido escondida en una sonrisa fingida.

          Buenas noches, ¿pasará la noche en esta Venta?

          Así es. No está la noche como para continuar mi viaje.- Se contuvo para no ir a abrazar aquella mujer otrora jovial y feliz, ahora prácticamente irreconocible.

          ¿Querrá echar un bocado? – Y, sin esperar respuesta, colocó un pedazo de paz rancio, un pedazo de queso de cabra y una jarra de vino, denso, algo avinagrado.

Se sentó y empezó a dar cuenta de la frugal cena mientras la ventera fue a buscar a su marido que, un momento antes le había llamado. Mientras refrescaba la garganta con aquel brebaje oscuro la pareja había rebuscado en la alforja que había dejado en la montura algún objeto valioso. Sólo encontraron pliegos de papel donde aparecían firmas y parecían importantes, pero no pudieron leerlo pues no sabían.

Entraron juntos y encontraron al visitante acabando la cena. Se levantó y sacó la bolsa de la alforja. Fue a pagar mostrando la bolsa que traía repleta de reales como presentación de su verdadera identidad de indiano con fortuna que volvía a casa, pero se encontró la mirada avara de su madre y la navaja cabritera de su padre insertada en sus costillas. No pudo pronunciar palabra pues una nueva estocada, esta vez en el pecho, silenció para siempre la voz del hijo que yacía a sus pies. Antes de que el vacío llegara a los ojos de aquel hombre, la señora quiso ver algo familiar en aquella mirada, pero su vista rápido se volvió a posar en la bolsa y una suerte de sonrisa se quiso formar en aquel rostro quemado por el sol.

Al amanecer se deshicieron del cadáver en un barranco que daba a un bosque cerrado donde, seguramente, las alimañas rápidamente harían desaparecer el rastro y el equipaje que no les pareció útil o valioso lo quemaron en la chimenea ennegrecida por el uso.

Todavía intentaban limpiar la sangre del suelo cuan. ¿Cuando llegó la hija llegó desde Soto con su marido? Salieron a su encuentro. Después de los abrazos y las caricias, les preguntó por un forastero que, seguramente, hubiera llegado la noche anterior. Ansiosa por desvelar el final de la historia, les describió al viajero, su yegua, las ropas y el sombrero que llevaba.

          ¿No lo habéis reconocido? – Les preguntó.

          No.- Contestaron al unísono y el temor sobrevino a sus rostros. ¿Quién era?

          ¿Era? ¿Ya se ha ido? Es mi hermano.

Un grito de madre rasgó el aire. Ambos asesinos se arrodillaron en el suelo con el rostro cubierto de lágrimas y le confesaron a su, ahora, única hija, su crimen.

Huyeron esa misma noche a lomos de la yegua de su hijo dejando una venta en llamas con la vergüenza y la culpa ardiendo como ardería siempre, mientras viviesen, el alma.

La hija de los venteros, volvió a teñir lana, olvidando para siempre sus apellidos y su origen. No volvió a ver la venta en la que se crió junto a su hermano asesinado por su propia sangre. Todavía hoy en día, en las faldas del Hoquín, unas ruinas invadidas por árboles y maleza, recuerdan la matanza de la Venta del Agua.

Preparando migas con un pastor

Le colgaba un cigarro de la boca, como si lo tuviera pegado al labio inferior. Encima de la mesa tenía una petaca de picadura de tabaco desparramado en la mesa. Parecía que dormitaba pero sólo tenía la mirada perdida, una boina raída por el uso descansaba sobre su cabeza tapando su frente. Hacía tiempo que había colgado las alforjas y había dejado el rebaño a la siguiente generación reservándose el placer de sacar a pasear cuatro cabras por las choperas cercanas al río para entretenerse.
Me acerqué con el cariño infantil que un niño profesa a quien le ha cuidado desde pequeño. Su octogenario cuerpo se giró para abrazarlo y subirlo sobre sus rodillas, y arroparlo con unos brazos sin fuerza.
Me quedé mirando la bandeja con pedazos de pan toscamente cortados.
– ¿Me ayudas?- Me animó
– Pues claro.- Contesté
– Vete partiendo el pan.

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Tomé un trozó de pan más duro que un ladrillo y fui cortándolo tratando de imitar sus movimientos con una cuchillo de mesa no muy afilado, en una época en la que los niños no estábamos tan sobreprotegidos. Él iba armado con una navaja sujeta por unas manos  callosas y arrugadas, muy arrugadas. Tanto, que los pliegues parecían cortes en la piel que brillaba de desgastada. Cortaba sujetando la barra en el pecho y haciendo movimientos certeros hacia él mismo. Si hay un gesto que caracteriza a alguien del campo, es la de utilizar una navaja dejando libre el pulgar para empujar la pieza hacia el filo de la navaja, ya sea embutido para el almuerzo, un pedazo de pan o una cuerda, saltándose cualquier norma de prevención de riesgos actuales.
Al acabar empapó las migas con agua con mesura, pero lo suficiente para ablandarlas. Mientras las dejaba reposar, levantándose con dificultad de la mesa, acerco una cabeza de  ajos, pimientos, chorizo, panceta, y los fue troceando bastamente, dejando los ajos enteros con piel y  colocando el resto  encima de un plato de duralex trasparente pero rayado por el uso.4

Colocó en la cocina de leña una perola con aceite de casa, con su peculiar y fuerte olor (las olivas se dejaban en cuartos amontonadas para que supuraran y se elaborara ese aceite con un sabor característico, que hoy en día se ha pedido), echó los ajos y la estancia se impregnó de un olor delicioso. Ya anochecía y la cena se preveía espectacular.3

Sacó los ajos con tiento antes de que se doraran en exceso, le tocaba el turno a la carne, no demasiado hecha para que no diera un sabor tostado en unas migas melosas y los pimientos. Una vez pochados todos los ingredientes, los retiró en incorporó a ese aceite pecaminoso las migas y empezó a moverlas como soltura como si las temblorosas manos hubieran encontrado vida otra vez. Una vez que estaban algo tostadas por el exterior y suaves por dentro, devolvió a la perola el resto de ingredientes que descansaban, aceitosos, en una bandeja al lado de la lumbre. 2

Cuando hubo terminado, coloreando con pimentón aquella mezcla, remató la faena friendo un par de huevos, recogidos ese mismo día del gallinero que tenían debajo de casa. Él lo regó con un vaso de vino y yo, a regañadientes, con un vaso de agua fresca.
Terminamos cada uno nuestro plato y dejamos la perola cerca del fuego para cuando viniera el resto de la familia. Él se lió otro cigarro de postre, yo me tomé un vaso de leche de las cabras que aquel señor, más que tranquilo, templado,  paseaba a diario.1

Mis padres nos encontraron dormitando en un butacón , yo encima de sus piernas, tapados con una manta. Nos dejaron tranquilos y se dirigieron a la cocina a ver qué olor era ése que les estaba haciendo la boca agua.

He probado el resultado de otras recetas de migas, tantas como gente he conocido a lo largo de mi vida, algunos locos entrañables incluso las acompañan de chocolate, pero la que se me quedó grabada en el recetario de la memoria, y la que mi madre me refresca a menudo,  son las de mi bisabuelo, unas migas de auténtico pastor.

Los que se quedan

Recuerdo que cuando los domingos volvíamos a casa, cargábamos el coche con las verduras que en ese momento ofrecía la huerta, habitualmente de invierno pues las de verano las saboreábamos allí mismo. Un capazo con patatas, cebollas y ajos, conservas y unas botellas de vino recién rellenadas del garrafón que descansaba en la bodega completaban la carga. El olor a huerta, siendo niños, nos mareaba  mucho más que las curvas.

Al marchar, dos figuras ancianas nos despendían, quedándose como guardianes de la esencia de la que nos llevábamos un pedazo, seguros de que su vida seguiría tranquila, hasta la próxima visita.

Hoy son nuestros padres los que nos despiden en la puerta, habiéndonos llenado el maletero con los mismos productos que hace años recogían ellos. Y nuestras hijas quejándose como lo hacíamos nosotros por el olor a huerta que llevábamos a casa. Supongo que en unos años lo relacionarán con la familia, el origen, la tierra de donde vienen.

En cierta forma siento envidia de esa imagen del que despide, viéndose reflejada en el espejo retrovisor del que se va. Sabedores de la figura de anfitriones que representan. Diciendo aquello de tanta paz llevéis como dejáis. Y mientras el coche se aleja, el silencio vuelve a reinar en las calles vacías, que mañana es día de escuela, algún perro ladra a lo lejos, última mirada al cielo para saber si esa noche helará, antes de cerrar la puerta tras de sí con dos vueltas.

Paseando por la nieve

2 °C y el cielo despejado. A lo lejos, en el alto, una mancha blanca invita a una excursión. Botas de monte, pantalón impermeable, abrigo, guantes, braga para el cuello y gorro en la cabeza. Al salir nos cruzamos con un vecino con pantalón de pana y una cazadora fina y raída. Me avergüenzo de lo ridículo de mi atuendo.

Al bajar del coche una ligera brisa despeja mi rostro. Dejo a los niños intentando esculpir un muñeco de nieve. Ingrata tarea con la nieve en polvo, fina que no se consigue apelmazar.

Me alejo de las risas y los gritos para buscar el silencio. Y es lo que encuentro unos metros más adelante, solo roto por el sonido de la nieve aplastando de bajo mis botas. El blanco de la nieve contrasta con el azul del cielo limpio cual dibujo infantil. Ni siquiera se escuchan animales, aunque se encuentran cerca. Sus huellas siguen recientes en la nieve limpia y lisa. Es lo más cerca del personaje del rastreador de las producciones hollywoodienses en las que los cazadores seguían el rastro de sus víctimas a través de paisajes espectaculares.

No hace falta viajar tan lejos. Los antepasados del paisano con el que nos hemos cruzado, soportaban inviernos aislados, subiendo con algún animal de tiro a alimentar el ganado al alto o cuando pasar hacia el otro valle era un viaje largo y peligroso.

Las voces de mis hijas me devuelven al presente. Vuelvo la mirada y acelero el paso. Me froto las manos pensando en la chimenea encendida que nos espera en el pueblo. Me enfundo los guantes y recojo un montón de nieve. La trato de aplastar para formar una bola.Vuelvo a ser un niño por unos minutos mientras lanzo la bola mientras mis hijas gritan de alegría.

Elogio a la escritura

Acabo de leer una leyenda urbana acerca de como el gobierno de EEUU gastó millones de dólares en inventar un boli que escribiera sin gravedad. Al final terminaron llevando a las misiones espaciales simples lapiceros.

Es curioso como la tecnología que aparentemente nos tendría que ayudar a una mejor comunicación no ha podido sustituir, al menos hasta el momento, las sensaciones de la comunicación tradicional.

Sigamos con el ejemplo de la escritura. Ahora mismo estoy tecleando en una lisa y fría pantalla. No experimento ninguna sensación táctil excepto la vibración al pulsar las teclas. Al lado tengo un cuaderno de cuero, cuya textura y olor me reconforta, una pluma y un bolígrafo, ambos de calidad. Abro el cuaderno, la pluma se desliza por las hojas de gran gramaje, casi se percibe el relieve. La letra ordenada con la misma altura intentando imitar una caligrafía que ya no se usa, recuerdos de  una época en la que la escritura llevaba su tiempo, no había prisa y sí gusto por el trabajo bien hecho. 

Es por ello que me encanta entrar en cualquier papelería, muchas veces ubicadas dentro de librerías, donde me quedo absorto en los blocks de calidad, bolígrafos, lapiceros, cualquier material de escritura. En ocasiones cierro los ojos y llega hasta a mi el aroma a cuero y papel. 

Quizás los apuntes en clase, las prisas a la hora de tomar notas, los nuevos aparatos tecnológicos están haciendo que nuestra caligrafía haya empeorado en los últimos años. Sin embargo, nunca podrán acabar con el olor a tinta, el tacto del papel o la delicadeza al pasar las páginas de un cuaderno de notas.

¿Se acuerdan cuando se escribían cartas en vez de Whatsapps?