Fumus Vendidi

Auge de las ferias medievales: trovadores y titiriteros, artesanos. Vendedores de humo

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En los últimos tiempos se han popularizado las ferias de época. Sobre todo las medievales. Cualquier monumento medianamente bien conservado, cuando no es todo un conjunto histórico, es la excusa para disfrazar todo un pueblo o ciudad en un escenario  de película histórica. Vaya por delante que asisto encantado a todas las ferias que puedo

La mayoría de los puestos que se apelotonan en los cascos antiguos o alrededor del monumento histórico de la zona suelen ser de venta. Ya sea de abalorios, artesanías de madera, juguetes tradicionales y productos típicos de la zona. Son los mismos puestos de otras fiestas populares cuyos propietarios han utilizado una indumentaria más propia de la época que la feria pretende recrear. Todo amenizado por cuentacuentos, luchas ficticias, compañías de teatro callejero, espectáculos de fuego, cetrería y titiriteros… Y con banderas y blasones que penden de los balcones para que todo luzca imponente.

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Pasear por estos decorados al aire libre totalmente edulcorados y limpios te intenta trasportar a otra época a la que estamos acostumbrados por la imaginería cinematográfica. Aunque  nada tiene que ver con los verdaderos mercados medievales sucios, insalubres y de escaso género. Incluso suelo mirar para otro lado cuando paso por los puestos que tengan a la vista algún tipo de anacronismo que rompa la estética ya de por si artificial de la fiesta.

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Al igual que hace un tiempo hablaba de los monasterios, la misma atracción  pesa sobre mi respecto a estas ferias.. Quizás porque otro de mis libros favoritos, El médico de Noah Gordon,  tiene como escenarios, en su primera parte, las ferias de una Inglaterra medieval. Trata de la vida de un aprendiz de cirujano barbero cuya vida va unida a su amo del que aprende  a tratar enfermedades, vender hidromiel y una panacea universal, y ofrece como gancho, un espectáculo de malabarismos para atraer a las personas que se acercan a la feria de la región. Siempre ganando lo suficiente para obtener provisiones para  pasar el invierno, época en la que prepararán los productos que venderán en la siguiente temporada, pero sin obtener demasiados ingresos para dejar esa  vida errante.

Han pasado varios siglos desde la época de la novela pero la vida de las personas que vagan de feria en feria no ha cambiado. Mientras recorro los puestos me los imagino en su taller u obrador en las frías mañanas de invierno preparando sus productos, como Barber en su cabaña, mientras alimenta el fuego y practica malabares con las pelotas, a la espera de la próxima primavera para seguir vendiendo humo.

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Los crímenes de la abadía

Desde pequeño tengo fascinación por los monasterios. Quizás por haber crecido leyendo El nombre de la Rosa. Siempre que emiten una película cuyo escenario es un monasterio siempre  me las arreglo para convencer a todo el mundo y poner ese canal (aunque la haya  visto varias veces. Si está aderezado con algún misterio o asesinato, mejor aún). Si cae en mis manos alguna novela de dudosa calidad literaria pero con una portada con monjes franciscanos o claustros sombríos, suelo posponer la novela con la que esté en ese momento para zambullirme en su lectura.

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Repasando fotos encontré las de hace algún tiempo de uno de los más impactantes que he podido visitar. Al pasar la enésima curva, su figura esbelta te golpea sin previo aviso. Parada obligada para fotografiar cómo emerge desde el mar el Mont St-Michel. Al pasar el puente que la une a tierra y adentrarse en sus empinadas cuestas, te adentras en otra época.

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Si consigues que la aglomeración de visitantes con sus cámaras no te distraiga y no te deslumbre  los carteles de venta de souvenirs, el escenario de las novelas que yacen en tu cabeza se hace realidad. Imaginarte que las tiendas son tabernas y los vendedores siguen siendo los mismos tras siglos de intentar vender al peregrino cerveza, vino o huesos de algún santo.

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Una vez que escalas las escalinatas y llegas a la abadía propiamente dicha, la grandiosidad de las salas totalmente vacías y despojadas de adorno alguno, sí que te transporta a la novela de Umberto Ecco. En cada estancia, a la que tienes que llegar por enrevesados pasajes, puedes imaginar a Fray Guillermo de Baskerville  y Adso de Melk atravesando pasillos en busca de alguna pista que le conduzca al libro prohibido.

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El claustro de StMichel es una maravilla  soportada por cruceros que dan lugar a nuevos espacios, también vacíos. Pero quizás la luminosidad de los claustros se aleja de la oscuridad que trasmiten esas novelas en abadías con pequeños vanos, y siempre busco la sombría frialdad de los muros desnudos y la humedad de sus oscuras salas, a menudo estratégicamente poco iluminadas para intimidar al turista.

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Atravesar la sala capitular a la espera de algún novicio, ir en busca del herbolario, personaje perpetuo en cada ficción de este género, visitar las cocinas, los huertos o los scriptorium son algunos ejercicios de imaginación que suelo realizar mientras, sentado, aspiro el olor a incienso de alguna de las salas todavía vivas.

Me ocurre en cada monasterio que visito: el cercano y precioso Monasterio de Yuso con sus códices emilianenses, en el claustro de Silos, en el pequeño y agazapado San Juan de la Peña, cuando me alejo , suelo girarme, como Christian Slater en la escena final de la película homónima, consciente de las notas, a modo de glosas, he tomado al margen para entender esa parte de la Historia.
 

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